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Full text of "En un rincón del Tacuari: crónica campesina"

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Sdítcydal 

HUEVA AMERICA 












• / l/,-* /■ 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


EN UN RINCjDN 
DEL TACÜARI 

L \ \ I V\ N * 

|\ | 'CRONICA CAMPESINA) 



EDITORIAL NUEVA AMERICA 
MONTEVIDEO 




TEATRO SO LIS 

TEMPORADA OFICIAL DE 1938 

Compañía de Comedias Cómicas 
C AMIÑA-P ALITOS 

Hoy - Martes 24 de Mayo - Hoy 
A las 21 y 50 

Grandioso Acontecimiento 

l.o Sinfonía . 

2.o — ESTRENO de la última producción del cele¬ 
brado autor 

JUSTINO ZAVALA MUNIZ 

EN UN RINCON DEL 
TACUARI 

Crónica campesina en 3 tiempos. (Medio día, Noche, 
Amanecer). # 

REPARTO (Por orden de aparición) 

PAULA . Maruja Roig 

ELVIRA . Lola Alba 

SUSANA . Ana Jurado 

EL DESHECHO . Héctor Torres 

COMISARIO . Jfaime Walfich 

DON CANDIDO . Alfredo Camiñas 

ASISTENTE . Pablo Palitos 

Lugar de la acción: En un Rincón del Tacuarí, río 
de Cerro Largo. 

Decorados exprofesos pintados por ARIEL SEVE- 

RINO, sobre bocetos de CARMEN GARAYALDE 
DE MASSERA Y CARMELO DE ARZADUM 















#DEDICATORIA 


A mis compañeros, los escritores y 
artistas de América, cuya obra abrirá la 
mañana de este AMANECER 
de EL DESHECHO. 

EL AUTOR 

"CASA DE LAS CRONICAS ” en 

Bañado de Medina. 


VERANO DE 


1938 



LOS TRES TIEMPOS 


MEDIO DIA 

NOCHE 

AMANECER 


LOS HUMANOS 


DON CANDIDO 
EL DESHECHO 

ELVIRA . 

SUSANA . 

COMISARIO . . 
ASISTENTE . . 
PAULA . 


EL LUGAR 


■Como empieza la crómica campesina: En un Rincón del 


Tacuarí, río de Cerro Largo. 










EN UN RINCON DEL TACUARl 



MEDI 


O 


D 


I 


A 


Patio interior de una antigua casa campesina. Al fon¬ 
do, una elevada pared blanca, con friso gris aculado, coro¬ 
nada por el techo ondulado de rojizas tejas. Dos puertas 
practicables, pintadas de verde se abren en la pared 
hacia el patio, comunicando a éste con las que se suponen 
piezas dormitorios. 

A la derecha, separada por un espacio, otra pared cio- 
ya arquitectura repite idéntica a la primera; pero disminui¬ 
da en sus proporciones. De esta pared, la puerta más ale¬ 
jada comunica con el comedor; la más cercana, con la 
cocina. 

Hacia la izquierda se alcanza a ver, recuadrando el pa¬ 
tio, la parte abierta de un galpón cuyo techo de paja brava 
se sostiene allí en tres gruesos horcones. 

Bn el centro, un paraíso gigante refresca la desolada 
visión bajo la pesada luz de un medio día de Bnero. 

Bn las agrietadas paredes de la casa, como en los ges¬ 
tos y palabras de quienes la habitan, se advierte un largo 
cansancio que parece derramarse en la quemante luz que 
el sol voltea sobre la amplitud del patio, o venir de la en¬ 
sanchada soledad donde el silencio adquiere una sonoridad 


— 13 — 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


más alta que la más esforzada palabra de un hombre, y 
una gravedad más dramática que el más angustiado grito 
humano. 

En algún tieinpo, una alegre esperanza levantó la vi¬ 
veza de aquel techo rojizo sobre el verde del paisaje. Y. 
aquella casa fue, entre las inmensas distancias, un blanco 
pañuelo saludando a los viajeros del alejado y solitario ca¬ 
mino. Casa de ricos, ya que sólo ellos podrían construirlas 
así, amplias c iluminadas , en los campos de Cerro Largo. 

Ahora, todo el ambiente es como un gastado y entris¬ 
tecido recuerdo de aquel tieinpo. Así como la mata de achi¬ 
ras de un rojo desvanecido que se verá en cualquier rin¬ 
cón del patio. 

Aunque las paredes son blancas y pesadas; de un ver¬ 
de lujoso la copa del paraíso; altas o densas de emoción 
las voces humanas, hay, sin embargo, una angustiante sen¬ 
sación de irrealidad en las cosas y en los seres que están 
rodeando el patio, o andan sobre él. Como esas escondidas 
imágenes que la memoria conserva de los años infantiles, 
y que de pronto el recuerdo aviva con sus precisos e ilu¬ 
minados contornos, pero como llenas de flotantes sombras 
y silencios. Así están delante de nuestra conciencia, olvi¬ 
dada de sí misma en aquel tiempo , mostrándonos el brillo 
de los ojos,, pero sin la emoción de la mirada; el sonido 
de la voz, sin el espíritu de la palabra. Y ya no sabemos 
más, si son realidad de fantasmas con que nuestra virginal 
conciencia pobló el reducido mundo de nuestra infancia, 
o son fantasmas de la realidad con que el mundo comenzó 
d dramatizar de asombros a nuestra alma inocente• 






— 14 — 


EN UN RINCON DEL TACUARI 


ESCENA PRIMERA 

Por la puerta de la cocina asoma PAULA, 
trayendo en las manos una olla ventruda con 
la que se dirige hacia el banco de ceibo que 
se halla a la sombra del paraíso . Tiene sesen¬ 
ta y cinco años. Pero más que del tiempo , de 
miseria es su vejez . Apenas si los días han 
puesto ceniza en sus cabellos lacios y espe ‘ 
sos; tules de cerrazón en sus ojillos audaces , 
o temblor en su voz y en sus manos. La pesa¬ 
da lentitud con que anda; los sucios vestidos 
oscuros con que cubre el cuerpo alto y delga - 
do; la, ruda indiferencia del gesto; el tono 
llano con que unas palabras siguen a las otras, 
buscándose entre largos espacios de silencio, 
son vejez de un cansancio de ya no querer na¬ 
da i si no es estarse así, olvidada, del tiempo 
en que la risa llegaba a la boca sin que supiera 
por qué, o indiferente al tieynpo que ha de 
traer el día de mañana, tan vacío de esperan¬ 
za como el de hoy . 

Sentándose en el banco de ceibo , al tiempo 
que coloca Id olla en el suelo entre sus pies. 

PAULA. — ¡ Puf... qué calor.. . ! 

Comienza a desgranar los porotos que ha 
traído en la olla . 

•¡Quién aguanta este infierno de cocina...! 

Limpiándose los ojos con la punta del de¬ 
lantal . 

Va a concluir por dejarme ciega este humo. ¡Leña de 
vaca! Muy cuidao pa hablar... no se vayan a corrom¬ 
per las gurisas, con las malas palabras. Pa hablar y 
pa gastar. ¡Así reviente una! En tiempos de la fina¬ 
da no debió ser así. Bueno... aquellos eran, pa todo, 
otros tiempos. Dicen. Pero pasó lo que pasó, y áhi 
tiene. 


— 15 — 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Su atención silenciosa se concentra en el fa¬ 
tigoso trabajo de desgranar, encorvada sobre 
la olla, hundidas en ella las manos . 

Hasta el cuero de los dedos se cái a una en esta ta¬ 
rea, que duele hasta los huesos- 

Imitando, despectivamente, una voz de hom¬ 
bre . 

No hay tiempo, no hay tiempo pa trillar el poroto... 
¿Y por qué no conchava dos peones y lo hace en po¬ 
cos dias?... ¿Más, quién se lo dice? ¿Machos en es¬ 
ta casa? Rómpase una los dedos, quiébrese las cade¬ 
ras... ¿ Pero hombres aquí ?... Y todo ¿ pá qué ? 

Con soma . 

¡Hum... pájaros que no vuelen, no he conocido. Ni 
he óido que háigan. Golondrinas que en primavera 
anidan bajo nuestro techo; pero que otras primaveras 
llaman. Y se van... 

Por una de las puertas del fondo, aparece 
ELVIRA . Es alta; de pesadas formas. Aun¬ 
que su acento, como la fimncza de su actitud, 
dan la semación de un orgullo irreprimible 
hasta parecer agresivo, hay en ellos no obstan¬ 
te, la hendidura de un temblor que amenaza 
quebrarlos hasta el derrumbe. 

La vastedad de sus formas , la sostenida 
acritud de su voz y aún mismo el desaliño con 
que viste , ocultan la juventud de sus 25 años. 

Sin embargo, quien le mire sus ojos ver¬ 
des hallará en ellos, escondidos, transparen¬ 
tes sueños sin mancilla. 

ELVIRA. — Paula, ¿no ha venido Tata? 

PAULA. — 

Siil volverse para mirar a Elvira a la que, 
por otra parte, oculta el tronco del paraíso . 
Conmigo no va estar. 


— 16 — 


EN UN RINCON DEL TACÜAR! 


ELVIRA. — Podía haberlo visto. ¿Le tiene pronto el 
almuerzo ? 

PAULA. — Pa lo que cuesta recalentar un plato de po¬ 
rotos ... 

ELVIRA. — Nadie le pregunta lo que come. 

PAULA. — Seguro... ¡Como pa preguntar... si es de 
todos los dias! 

ELVIRA. — Eso no es cuenta suya. 

PAULA. — ¡Claro! 

ELVIRA. — 

Al tiempo de irse. 

Mejor sería que sujetase la lengua- Si no está confor¬ 
me, ¿por qué no se va? Nadie la ata. 

PAULA. — Ah, sí; eso es fácil de decir. ¿Por qué no se 
va? ¡Cómo si una estuviera aquí de paseo. A todos 
les sale muy fácil la cancioncita: ¿por qué no se va? 

Aunque ya Elvira no puede oiría ella con¬ 
tinúa hablándole como si dialogaran. 

¿Y vos? ¿Quien te ata? La otra se fue... Por lo me¬ 
nos la Coca... ¡Sujete esa lengua!.. Con callar la 
mía no paras a las de todo el pago. Por que no sentís 
correr al río, ya te creés que se Iha secao. Pero él sigue 
corriendo, y corriendo, quien sabe hasta donde y 
hasta cuando. 

SUSANA. — 

Por el espacio libre entre las dos construc¬ 
ciones de material, oye una voz candorosa. 
Suya es la voz. 

Doña Paula, ¿No ve venir a Tata? 

PAULA. — No, mi hija; pero puede venir costiando el 
camino. Desde áhi podés verlo. 

— 17 - 





JUSTINO Z AVALA MUNIZ 


SUSANA. — 

Apareciendo. No es menos pura que su voz , 
su presencia. Aunque apenas tiene 16 años , 
el campo ha puesto en sus piernas , en su tor¬ 
so , en las mejillas, la elástica fortaleza de los 
potros , las curvas de promesas pródigas de 
sus formas graciosas , y el fresco ardor del sol 
en los atardeceres del otoño. 

•¡ Pobre Tata... con estos soles, y todo los medio dias 
la misma vuelta en el campo, por toda la orilla del 
alambre... ¿Qué huella podrá encontrar? Y después, 
si la Coca se fue, así, es que no quería a su padre, y 
él no debiera sufrir por su ida, ¿verdad doña Paula? 
PAULA. — 

Sin levantar la vista de sus manos que con¬ 
tinúan el afanoso trabajo . 

No siempre sufrimos por la pérdida de los que nos 
quieren; más dolor nos causa perder aquellos que nos 
traicionan o nos mienten. Es bobo, pero es así. 
SUSANA. — ¿Pero y nosotras? ¿No le quedamos nos¬ 
otras? 

PAULA. — Lo mismo pienso, mi hijita. Pero yo que sé; 
la felicidad parece como algo liviano y claro, que ape¬ 
nas si sabemos sentirlo. Y en cambio, el dolor nos 
pesa en los hombros y en el pecho, hasta ahogarnos. 
Después... de jalo que busque; el sabrá por qué. 
SUSANA. — ¿Pero ya no le dijeron que la Coca se fué 
para el pueblo, y de allí se perdió? ¿Qué busca Tata, 
el pobre, aquí? 

PAULA. — Tal vez no sea a ella. 

SUSANA. — ¿Al que la llevó? 

PAULA. — Tampoco, eso ya no tiene arreglo_ 


— 18 


EN UN RINCON DEL TACUARI 


SUSANA- — ; Nadie llega a esta casa! 

PAULA. — De cierto; no llega casi hombre ninguno. 
Mas hay cosas que no precisan camino, ni las paran 
alambres. Trancarles las puertas o hacer de bombero 
en las cuchillas para mirarlas venir y defendernos, 
es al ñudo. Están como en el aire... o dentro de 
cada uno. 

SUSANA. — Doña Paula, ¿no habrá alguno echado una 
maldición a Tata? 

PAULA. — 

Sonriéndose . 

Mi hijita: ya no andan maldiciones por el mundo; y 
si andan, es en los cuentos. ¿Quién me maldijo a mí 
y al Deshecho, y al otro y al otro; a todos los des¬ 
graciaos que no tenemos nada en la tierra? ¿Y por 
qué? Pa mí que es el Destino. Y si hay alguno que 
un día dijo y lo hizo: todos éstos serán pa siempre 
bueyes y estos pocos, picanas que no les den descanso 
por nunca en la vida, entonces, si hay maldición, que 
el que eso hizo, ¡ Maldito sea! 

SUSANA- — 

Asombrada. .... 

¿Usted no cree en Dios ni en los santos, doña Paula? 
PAULA. — 

Riéndose ♦ al tiempo de levantarse y dirigir¬ 
se hacia la cocina conduciendo la olla 

Yo creo en mis manos, callosas de desgranar este po¬ 
roto maldito que comemos todos los días. 









JUSTINO Z A VA L A M U N I Z 
ESCENA SEGUNDA 


Por la esquin a adelantada del galpón, en¬ 
tra EL DESHECHO. Su nombre es OCTU- 
BRINO . Pero cuando los hombres le vieron , 
desde niño , por ios caminos y en los galpones 
del pago, vestido de remiendos , mísero el as¬ 
pecto de su cuerpo enflaquecido, torpe el andar, 
entristecida la mirada, olvidaron su nombre 
ante l a doloroso sugestiión de su imagen t p 
de cita hicieron su apodo. Y mientras en la 
lejana infancia se perdió el nombre de evoca¬ 
ción primaveral que su padre le pusiera, to¬ 
da la vida le siquió aquél con que los hombres 
le llamaron, unido a su imagen de miseria. 
Es pequeño y anguloso; todos sus gestos , sus 
palabras , son un ocultarse tenaz ante las aje- 
lias miradas. Más no de aquel que teme o se 
humilla; sino de quién vencido calla su que¬ 
ja y no acepta su derrota. Apenas si se abren 
sus labios cuando hablan, sus párpados citan¬ 
do miran, no los ojos, sino las manos de 
quien le habla. Toda su actitud, no obstan¬ 
te, es un tenaz escuchar y mirar. Aunque 
así parezca de vencido . de(¿de tan remotds 
años, se siente en su presencia, que un día po¬ 
drá hablar con altas voces , y levantar sus 
miradas hasta los ojos de los hombres. Trae 
sobre ¡os hombros una bolsa repleta de li¬ 
viana carqa, que va a dejar a un costado 
de la puerta de la cocina . 

SUSANA. — ¿Ya viene Tata? 

DESHECHO. — Lo dejé costiando el monte, a lo largo 
del río. Me dijo ■que fuera viniendo que él ya venía. 
SUSANA. — 

(Yéndose hacia el comedor. A Paula en la 
cocina.) 

Tata no demora; voy a aprontar la mesa. 
PAULA. — ¿Estás ahí, Deshecho? ¿Quérés comer ya? 

¡— 20 — 


EN UN RINCON DEL TACUARI 


DESHECHO. — 

(Mientras coge el banco de ceibo f y va a 
sentarse frente al primer horcón del rancho) 
Si me dan... 

(Coloca el sombrero junto a él en el suelo , 
se enjuga el sudor de l a frente con la man¬ 
ga del soco y comienza a liar un cigarro.) 

PAULA. — 

(Trayendo en una mano un plato hondo de 
lata , y en la otra los cubiertos y una galleta.) 
¿Ya viene el patrón? 

DESHECHO. — 

(Recogiendo de manos de Paula los objetos 
que ésta le alcanza y él coloca en el suelo , 
entre sus pies , disponiéndose a comer). 

Sí, ah i viene. 

PAULA. — ¿Qué cosa, no? 

DESHECHO. — ¿Cuala ? 

PAULA. — Digo... este Don Cándido 

DESHECHO. — 

(Sus respuestas tienen la misma lentitud 
del gesto con que va haciendo su almuerzo . 
Su voz es soi'da.) 

Ah, si. 

PAULA. — ¿Antes no era así? Vos lo conoces desde 
hace años. 

DESHECHO. — Hemos vivido toda una vida juntos. 
Fuimos hasta casi iguales en un tiempo. 

PAULA. — Yo lo conocí de mozo, cuando comenzó a 
trabajar. No sé, mismo, cómo un día en esta estan¬ 
cia, donde era como un esclavo, apareció señor de 
todo. 

DESHECHO. — I ,os dueños venían de un viejo caudillo 
de estas tierras. Mas éste empleó la vida en hacerse 


— 21 — 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


de casa, campo y hacienda, y los hijos de aquel en 
perderlas. Don Cándido trabajaba pa ellos y mien¬ 
tras se empobrecían, él se iba haciendo más fue; te 
cada día. 

PAULA. — Eran hombres guapos... dicen. 

DESHECHO. — Pa las guerras. Don Cándido, pal tra¬ 
bajo. Y como no hubo más guerra, valió más la gua¬ 
peza de Don Cándido. 

PAULA. — ¿Vos los conociste? 

DESHECHO. — Trabajé pa aquéllos, como pa éste. 

PAULA. — Sin cambiar. 

DESHECHO. — Ahí tiene; sin cambiar. 

PAULA. — ¿La estancia era la misma? 

DESHECHO. — No, no era la misma. Cuando él se hizo 
dueño, mudó todo. Ganado, cercos de alambre, casa, 
y hasta el costumbre en el trabajo. 

Edificó en otro lao y de las viejas construcciones 
no quedaron más que unos ombúes que el hacha de 
los rayos fué partiendo y pudriendo. 

PAULA. — ¡Se habrá trabajao en aquel tiempo! 

DESHECHO. — ¡Ah, si! 

(Con una pasajera e inusitada vivacidad.) 
¡Pero era lindo! Parecíamos iguales, él y nosotros. 
Todo era como cantando. Uno con él se entendía, 
como no lo hacía con los otros; aquellos apenas si 
nos hablaban. Y todo era un hablar siempre en gue¬ 
rras, y en peleas, ¡qué se yo! Con él hicimos su ca;a, 
guiamos sus carretas, domamos sus potros, tal como 
si fueran nuestros. Ya digo: éramos iguales. 



- 22 — 


o 


EN UN RINCON DEL TACUARI 


PAULA. — 'Entonces se comería algo más que poroto 
sancoohao. 

DESHECHO. — ¡Seguro! 

PAULA. — Yo ya conocí esta casa cuando estaba la 
finada. 

DESHECHO. — Entonces cambió todo. Uno ni se dió 
cuenta como pasó. Cuestión fué, que un día empezó 
aquí, el vos pa. allá, y yo pa acá. Ya no trabajó 
más con nosotros, y hubieron dos ollas distintas en 
la casa. 

PAULA. — Empezó la pobreza del hombre. 

DESHECHO. — Al revés. Empezó la nuestra; todo pa¬ 
recía que iba mejor... y nosotros pior. % 

(Con aire desconcertado.) 

Vaya a saber... Ya casi ni montaba su caballo, ni 
aró la tierra, ni monteó más con nosotros. Se puso 
desconocido. 

PAULA. — ¿De ahí sería que le vino ese costumbre de 
andar siempre tan callao? 

DESHECHO. — Se calló pa nosotros. Pero con la finada 
no era así. Iban y venían pal pueblo, pa la ciudad; 
por no sé cuantos laos anduvieron. 

PAULA. — Por que ella no era de aquí ¿No? 

DESHECHO. — Yo, mismo, ni sé de donde la trajo. De 
aquí no era. 

PAULA. — ¿Vos estabas aquí cuando sucedió el caso? 
DESHECHO. — 


(Con vivacidad.) 






JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


(Con un aire de disculpa.) 

Digo... cuando la cuestión de la muerte. 
DESHECHO. — 

(En su gesto y en el tono de lo voz se advier¬ 
te el disgusto que le produce el rumbo que el 
diálogo ha tomado.) 

Estaba, si. No hubo cuestión ninguna. Murió... y 

pronto. 

PAULA. — 

(Intentando alijerar con tina alegre voz el 
ambiente que sus últimas palabras han pro¬ 
ducido.) 

Claro! !... 

(Señalando hacia el espacio libre entre la pa¬ 
red del fondo y Pa boca del galpón) 

Mira quien viene llegando; la autoridá. 

DESHECHO. — ¿Los milicos? 

(Se pone de pié con una vivacidad que no al¬ 
canza a disimular) 

(L a voluntad ha vuelto a voltear los párpa¬ 
dos ¡j a i>oner en sus labios el viejo gesto 
de un cansancio indiferente) 
vienen a amolar... y a que hora! 

PAULA. — 


(Al tiempo que ambos van a cumplir lo que 
ella anuncia) 

Anda a recibirlos, mientras yo aviso que han llegao. 

(Consigo misma) 

¿Cómo habrán hecho para arrimarse, sin que Don 
Cándido los sintiese? 

(El patio queda unos breves instantes vacío, 
pues PAULA ha salido por una de las puer¬ 
tas del fondo, mientras al Deshecho ya se le 
oye gritar , más allá de las casas: DUEÑAS 
TARDES, ARRIMEN, DA.IENSEN!) 


— 24 — 


EN UN RINCON DEL TACUARI 


ESCENA TERCERA 


(Al tiempo que PAULA regresa siquiendo a 
ELVIRA y SUSANA , EL DESHECHO vie¬ 
ne acompañando al COMISARIO Este es un 
hombre de relativa juvntud; de movimientos 
y gestos pausados , y de ágil palabra. Aun¬ 
que ha nacido en el d ampo , su lenguaje y sus 
actitudes* tienen el acento con que unos años 
de vida pueblerina cambian la forma de la. 
expresión del hombre campesino , sin alterar 
la, esencia de su espíritu. Gusta hablar; sin 
intención ni concentrado propósito. Podría de 
cirse ♦ que lo hace sin voluntad , o aún contra¬ 
riándola. Es en él la fomna de su cordialidad , 
de su instinto social. Por ello no es su char¬ 
la un omedio de recíproca comunicación con 
los demás ni aún mismo el afán de lograr 
la adhesión del ajeno pensamiento Hablar 
es en él y canción en el payador , silbido en el 
cansancio del carrero . Algo asi la “patriada ” 
en el gaucho . Salud del alma; alegría de la 
fortaleza . 

COMISARIO. — 

(Al tiempo de saludar ♦ estrechando las ma¬ 
nos) 

Buenas tardes. Disculpen la hora. ¿Cómo están us¬ 
tedes? ¿Y Don Cándido? 

ELVIRA. — Buenas tardes. ¿Cómo está? 

SUSANA. — Permítame eí sombrero. 

PAULA. — ¿Cómo lo pasa? 

(El Deshecho se ha retirado , mientras tanto) 

ELVIRA. — ¿Gusta entrar? 

COMISARIO. — 

(Señalando la sombra del paraíso) 

Aquí 'parece que está mas fresco. Si no hay inconve¬ 
niente. . . es un momento, no nuis. 

— 25 — 








JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


ELVIRA. — Como usted quiera. ¿Gusta servirse de un 

mate? 

(A SUSANA) 

Trae silla para el señor. 

COMISARIO. — 

(A ELVIRA) 

Se lo voy a aceptar... si no es incómodo. 

PAULA. — 

(Yendo hacia la cocina) 

Incómodo ninguno... Se lo traigo en un momento. 
COMISARIO. — ¿Don Cándido anda bien? 

ELVIRA. — Bien, muchas gracias. No debe demorar. 
COMISARIO. — ¿Viajando? 

ELVIRA. — Dando una vuelta por el potrero. 

(SUSANA vuelve con las sillas que ofrece 
al huésped y su hermana, quienes se sientan 
• a la sombra del paraíso, mientras ella queda 

de pié, tímida y recatada, a espaldas de El¬ 
vira) 

ELVIRA. — Y usted, ¿recorriendo? 

COMISARIO. — Es verdad. Caminando un poco. 
ELVIRA. — El señor hace poco que es aquí autoridad. • 
Pero fue vecino nuestro... 

COMISARIO. — Dos 'meses escasos. 

(Sonriéndose) 

Volví a la querencia. Me había ido apenas mocito. 
ELVIRA. — Sí, yo no lo conocía. Como no salimos 

nunca... 

COMISARIO. — Estuve una vez aquí, en tiempos de la 
finada. Vi entonces a su hermana... 

ELVIRA. — 

(Interrumpiéndolo con brusquedad) 

Pero usted estuvo estudiando, ¿no e$ así? 


— 26 — 


EN UN RINCON DEL TACUARI 


COMISARIO. — 

(Con leve y viril melancolía) 

Sí, señorita. Pero eran demasiado pobres mis padres, 

y tuve que emplearme. Desde entonces ando adentro 
de estos trapos. 

ELVIRA. — 

(Pretendiendo halagarlo) 

Es una linda carrera! 

COMISARIO. — 

(Sonriendo sanamente) 

Ajusta demasiado este traje. Seria bueno para uno 
que naciese, por ejemplo, sin huesos. 

ELVIRA. — ¿Sin huesos? 

COMISARIO. — 

(Vuelve a sonreír) 

O sin cabeza. El kepi no deja que llegue a la frente, 
el aire fresco y libre. Termina por achatarla. 
ELVIRA. — 

( Riéndose ) 

Se lo puede sacar... cuando va solo por el camino. 
COMISARIO. — Imposible. El reglamento impone lle¬ 
varlo siempre sobre la cabeza.. Aparte de que el 
sol de estos campos abiertos ¡quema demasiado. 
PAULA. — 

(Trayendo el mate, que sirve al Comisa¬ 
rio, mientras entrega a SUSANA la caldera.) 

Sírvase. 

Hágase cargo usted mi hija, y obsequie al señor. 

(De nuevo al Comisario) 

Lo hacia por Montevideo. 

COMISARIO. — Volví casi enseguida que entregué al 
hombre. 


27 — 






JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


PAULA. — Sí, lo supimos por su asistente... 

COMISARIO. — 

(Con extra'ñeza) 

¿Mi asistente estuvo por aquí? 

ELVIRA. — 

(Que se ha cruzado una dura mirada con 
Paula, intentando desviar la atención del 
otro) 

¿Era la primera vez que iba? ¡Debe ser lindo! 
PAULA. — 

(Con una cortante insistencia) 

Cuando su asistente dijo... 

ELVIRA. — 

(Sin poder reprimir su impaciencia. Enérgi¬ 
ca) 

i Vaya a traer una silla a Susana! 

COMISARIO. — 

(Que ha advertido la sorda hostilidad con 
que se interrumpen las mujeres , quiere dis¬ 
traerlas con su palabra. A Elvira) 

La primera vez que iba. Es lindo que cansa; unas 
cosas no dan tiempo para ver bien a las otras 

ELVIRA. — 

(Mientras sigue con la mirada a Paula , que 
ha obedecido con gesto rencoroso) 

Dicen que es muy alegre. 

COMISARIO. — Yo no lo hallé. 

ELVIRA. — ;Tanta gente! 

COMISARIO. — Mas. es como si todos estuvieran solos; 
así andan por la calle. Claro... yo no sé... pero 
parece que todos tienen un apuro loco por llegar a 
algún lado que no está ,eii ninguna parte, y pasan 
jK>r entre las cosas, sin mirarlas, siquiera. 


— 28 — 


E N UN R I N CON D E L T A C U A R I 


ELVIRA. — ¡Me gustaría ver el mar! ¿Usted lo víó? 
Tata dice que es inmenso! Es como el bañado de 
Tacuari, y el del Talavera, y el de los Morales, el 
de los Lamas... todos juntos! Agua, agua y agua; 
más que de aquí al Cerro Largo! ; No me lo puedo 
imaginar! 

COMISARIO. — Así es. Cuando lo vi por primera vez. 
era tan grande, tan grande, que parece qu,e no po¬ 
dría ser de otro modo. ¿Aquello era el mar? Yo no 
lo entendía ni me gustaba... ¿Para qué voy a 
decir lo que no es? 

(ELVIRA y PAULA que llega a tiempo 
de oir las últimas palabras, comentan unᬠ
nimes y asombradas) 

ELVIRA. — Yo creí que era una cosa así, como el 
cam'po... 

PAULA. — ¿Y esa inmensidad que dicen que es, de 
miles de leguas? 

COMISARIO. — Será así. Uno lo sabe por que se lo 
dicen; pero allí no está. Desde la orilla, usted lo ve 
tan ancho como su vista. Y aunque él tuviera miles 
de leguas más que las que tiene, ¿sería más grande 
para usted por eso? Para mi, que no. Usted ve lo 
que ve, y nada más. ¿No es así? 

ELVIRA. — Así es. 

PAULA. — Así es. 

SUSANA. — 

(Cuyo tímido silencio se quiebra ante el 
afán de calvar de las palabras del Comisario , 
la imágen diversa y múltiple con que ella ha 
soñado al mar) 


29 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Tero debe ser entretenido mirar a las olas levantar¬ 
se, ir, venir... 

COMISARIO. — 

(Con una cálida exaltación que prende a 
sus palabras el espíritu suspenso de ingenua 
curiosidad de las mujeres campesinas) 

Será, si, señorita; será así... yo no digo que no. 

(Ahora ha encontrado su pensamiento, y 
sus palabras ya no vacilan) 

Para mi, ese era el aburrimiento. Usted ve venir 
de lejos una gran ola, saltando por arriba de las 
otras, atropellando a las dhiquitas que vienen como 
asustadas, disparándole o siguiéndola, y de pronto 
toda aquella fuerza, todo aquel empuje que parecía 
que nada iba a sofrenar, se muere en un quejido 
ronco en la mansedumbre de una playa de arena... 
Igual, completamente igual, a las chiquitas que le 
huían y las que van llegando atrás de ella, acompa¬ 
ñándola. Y esto no es un momento, ni una hora, ni 
un día; así es siempre, todos los días, y las noches, 
y añares! Ni un solo momento pueden dejar, a mi 
me pareció, de alzarse, y morir. No se bien de 
donde yo sacaba esta idea mirándolo: Pero el mar 
es una cosa, y las olas son otra. Por que uno ve... 

(Disculpándose de su incapacidad de ex¬ 
presión, con una sonrisa de burla de sus pro¬ 
pias ixilabras) 

que las olas están en el mar... pero no ve que el 
esté en las olas. ¿Saben? Yo no se bien como es; 
pero les voy a decir, más o menos: cuando yo era 
chico, vi morir a mi padre. Me quedó su recuerdo, 
con la cara empequeñecida, los labios abiertos, los 


30 



EN UN RINCON DEL TACUARI 


párpados cerrados. Desde .entonces, durante un 
tiempo, para mi la muerte, era aquella cara de mi 
padre. Hasta que una mañana, amaneció tendido 
un buey en la playa del corral. Fui a mirarlo y me 
quedé un gran rato observando sus grandes ojos 
abiertos, llenos de luz, y su pesada cabeza caída. 
Desde entonces, aquel buey muerto, me borró la 
idea que me había hecho de la muerte desde que 
vi la de mi padre. Y nunca más tuve idea de como 
será. Ahora veo a los muertos, pero no creo, como 
la primera vez, ver a la muerte. 

ELVIRA. — ¿Y no le dieron ganas de viajar en el mar? 

COMISARIO. — Ninguna. Yo que sé, — se van a reir 
ustedes — pero me pareció como si aquello tuviese 
un secreto arisco y huraño. El campo es así, tam¬ 
bién, de grande; pero uno ve que tiene como un 
entregamiento, ¿no es verdad? a la voluntad del 
hombre. 


ESCENA CUARTA 


(Citando todavía suena, clara , en el patio , 
la voz del Comisario huyen de sus labios las 
'miradas de las mujeres y se quedan, fijas y 
temerosas sobre el espacio libre entre la casa 
y el galpón) 

(Un silencio de esper a y angustiaha caí¬ 
do de pronto sobre las palabras del Comisa¬ 
rio, y se extiende en las miradas de las que ya 
están de pié, en actitud suspensa ♦ que la dis¬ 
persa y lenta fuga termina. No de otro modo 
huyen hacia las casas las gallinas, ensorde¬ 
ciendo su espanto * achicándose entre las od¬ 
ias matiegas, cuando las sorprenden los círcu - 


31 - 



1 u STINO Z A V A L A M UNIZ 


los de sombra de los caranchos, envolviéndo¬ 
las. 

(Puesto de pié * vuelto hacia el campo , el 
Comisario espera con un gesto que adelanta 
la qrave presencia que sus ojos miran. 

(ES DON CANDIDO que llega. 

(Alto, fornido, amplia la frente , como el 
lyecho bajo la camisa oscura. Desnudos hasta 
el codo, ¡os brazos potentes; una bomba¬ 
cha oriental, de verano, hace alargados plie¬ 
gues sobre sus piernas macizas y descansa en 
amplio ruedo sobre las botas camperas. 

(Tiene el largo cabello , como la barba, 
blancos; la mirada firme y lenta. El andar 
es pesado ; no de quien perdió agilidad, si no 
de aquel que avanza con voluntad segura. 

(Todo en él es una poderosa violencia con¬ 
tenida Como un caudillo. No obstante , la 
transparente fortaleza de alma que ilumina¬ 
ba los ojos de los viejos gurreros, se ha vuel¬ 
to en él , una sugestión de fuerza sombría y 
escondida más atrás de la mirada. 

(En la mano izquierda trae un pequeño 
manojo de lana, lavada por las ¡luidas en los 
alambrados. En la derecha, un rebenque de 
mango plateado. No importa que hable; su 
imagen será la del silencio 
COMISARIO. — 

(Adelantándose con forzada cordialidad) 

Buenas tardes, Don Cándido. 

(Extendiéndole la mano) 

¿Siempre trabajando? 

D. CANDIDO. — 

(Después de dar dos pasos en silencio, al 
estrechar la mano que el otro la alarga) 

Buen día, para mí. ¿Cómo va diendo? Sientesé. 

(Por la puerta de la cocina aparece Susa¬ 
na trayendo la caldera y el mate. Mientras 
el Comisario disimula el silencio, sentándose 
con exagerada lentitud y luego buscando en 


■dfcfr* 


32 


EN UN RINCON DEL TACUARI 


los bolsillos interiores de su chaquetilla lo ne¬ 
cesario para armar un cigarro , Don Cándido 
ha puesto sus ojos en la doncella que ya se 
acerca a él y le extiende el mate) 

SUSANA. — ¿Dejo aquí la caldera, Tata? 

D. CANDIDO. — Sí, deje. 

(Susana coloca jwito a los piés de su pa¬ 
dre la caldera , y se vuelve hacia el comedor , 
mientras aquél sigue con la mirada sus lige¬ 
ros pasos » al tiempo que comienza a sorber 
el mate) 

COMISARIO. — % 

(Ofreciéndole el tabaco) 

¿Gusta hacer uno? 

D. CANDIDO. — Gracias; no fumo. 

COMISARIO. — 

(Aludiendo al manojo de lana , que el otro 
ha depositado en el suelo, a sus piés) % 
Siempre han de quedar algunas lanitas prendidas 

en los alambres, ¿no es verdad? Por más que se 
cuide... 

D. CANDIDO. — No cuesta nada, bajarse y juntarlas. 
COMISARIO. — Los más, las dejan perder, o para nido 
de los venteveos. 

D. CANDIDO. — Son así; aprecian las cosas, sólo en 
grande. De estos puñaditos se hacen los montones. 
COMISARIO. — 

(Con forzada convicción) 

¡Claro! 

(El 'inate va de una a otra mano discul¬ 
pando silencios) 

SUSANA. — 

(Desde la puerta del comedor) 

¿Va a comer enseguida, Tata? 

D. CANDIDO. — No; vayan comiendo. 


— 33 — 



JUSTINO ZA V A L A M U N I Z 


SUSANA. — 

(A Panda, en la cocina) 

Sirva, Paula; menos para Tata. 

(Desde entonces en los precisos intet-valos, 
se verá a la sirvienta ir de la cocina al co¬ 
medor donde las hijas hacen su almuerzo fru¬ 
gal, que aquella sirve) 

COMISARIO. — Pues... yo había venido, Don Cándi¬ 
do, a traerle unas noticias. Como estuve por Monte¬ 
video... ¿me entiende? 

D. CANDIDO. — ¿Noticias de Montevideo? 
COMISARIO. — Si señor. De su hija Coca... 

I). CANDIDO. — 

( Rudo ) 

Para mí es como si estuviera muerta. 

COMISARIO. — 

(Esforzándose por mantener el diálogo allí, 

en aquel tema) 

La pobre es muy desgraciada! 

D. CANP1DO. — Más me hizo a mí. Haberla criado como 
la crié, siempre cuidándola, apartada de toda mala 
compaña, cercada por mi vista, como quien dice, 
para que un día... 

( Reaccionando ) 

No; dejelá, no me hable... 

(Pero un deseo más grande que su volun¬ 
tad, deja escapar las palabras que la frente 
quisiera ahogar) 

Rueño... ¿pero usted le habló? ¿Hila lo recono¬ 
ció? ¿Dónde estaba? 

COMISARIO. — 

(Vacilante) 

Si señor, hemos conversado. Una casualidad, nada 
más que una casualidad, hizo que me encontrara 







— 34 




E NI UN RINCON DEL T A C U A R I 


con día. ¿ Sabe, yo no la busqué; no señor. Esa* 
cosas... 

D. CANDIDO. — ¿Qué cosas? 

COMISARIO. — Sí. el lugar, la casa, la manera cómo 
vive aquella gente. Claro... uno es un hombre, ¿no 
es verdad?, y va por cualquier parte. ¿Qué se le 
va a pegar? Y bueno... 

D. CANDIDO. — 

(Con voz en La que se advierte una punzan¬ 
te angustia, quiere detener la verdad que el 
otro ya tiene en su pensamiento y va a aso¬ 
mar a sus labios) 

Si. sí, ya sé; ya sé. 

(Simulando uva convicción que le falta) 

Vive con uno. 

COMISARIO. — • 

(La sostenida rudeza que él cree advertir 
en Don Cándido, lo hace sordo a la angustia 
que sus pedabras levantan) 

No, no es eso. No vive con nadie. 

D. CANDIDO. — 

(Su pregunta es una temblorosa esperanza) 

¡ A>h! ¿Entonces no vive con nadie? ¡No ve. pues... 

sí, claro, a ella nunca le gustaron esas cosas... yo 
lo puedo decir. Dígame, ¿dónde la vió? 

COMISARIO. — Una, noche caí allá por una calle que 
corre cerca del mar. Oscura, apretada, jedionda. En¬ 
tre paredes negras, rayadas por la luz amarilla de 
los faroles, un bárbaro gentío de hombres que iban, 
que venían, apurados, despacio, hablando en voz 
baja, dando un grito de vez en cuando... Todos 
como buscando una salida que ninguno encontra¬ 
ba ; unos avergonzados de estar allí v de no irse, y 







JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


otros como acostumbrados, paseándose distraídos 
en conversar entre ellos. 

D. CANDIDO. — ¿Y por qué andan así? ¿Qué tábano 
los pica, para que se encierren de ese modo 

COMISARIO. — ¡Mujeres, Don Cándido; allí están 
las perdidas. En cada cuadra, de un lado y otro, 
cien puertas, con luz colorada, amarilla, que sé 
yo!... pero le digo la verdad: ahora que recuerdo 
aquello, me parece que había, más que todo, luces 
negras ¿Podrá ser? 

I). CANDIDO. — 

(Se sonríe y contesta , distraído) 

Las sombras del medio día son negras, y tienen luz. 

COMISARIO. — Algo así es allá. Y en cada puerta, 
basta que un hombre golpee con los didos en el vi¬ 
drio opaco, asoman mujeres rubias, morochas, 
grandes, delgadas, que gritan a un mismo tiempo 
entre risas o como llorando, cien cosas de esas que 
una sola hace subir el fuego a la cara. Y ellas las 
decían, las gritaban, con el gesto tranquilo, las mi¬ 
radas claras, las manos quietas. Como q.uien con¬ 
versa del tiempo o del trigo. 

D. CANDIDO. — Pero esas mujeres, ¿por qué están así? 

COMISARIO. — Para aquellos hombres, Don Cándido 
D. CANDIDO. — 

(Con disimulada inquietud.) 

¿Llamando a los hombres, las mujeres? 

COMISARIO. — ¿Quién lo hubiera creído? ¡Y están 
desnudas!... 

D. CANDIDO. — Desnudas, mismo? 






— 36 — 



E N UN RINCON DEL TACU A R I 


COMISARIO. — Sí... pero yo que sé... Será que uno 
no sal>e su historia, ni su nombre, ni sus sentimien 
tos. Qué sé yo... Pero 'parece, apesar de la clari¬ 
dad de sus desnudeces entre aquellas luces, que uno 
sólo abraza sombras de mujeres. En una de esas 
casas entré esa noche.- Me gustó la voz criolla de 
una de aquellas infelices... 

(Se detiene temeroso a observar a Don Cán¬ 
dido que ha permanecido » con la cabeza vol¬ 
teada sobre el mate, abstraído.) 

Yo no sé, Don Cándido... 

D. CANDIDO. — 

(Casi en un grito.) 

% 

¿Era mi hija? 

(Su angustia le hace echar el busto hacia el 
Comisario.) 

¡Si, cuénteme, cuénteme... ¿Qué 'he hecho, qué he 
hecho de mi hija? ¿De modo que es verdad que aque¬ 
llo que creí que no miraban más q,ue las aguas del 
rio, y los ojos de un padre, albora está allí, toda, toda 
desnuda asomándose a la calle donde pasan los hom¬ 
bres? ¿Cómo, cómo puede ser así? Si el viento le al¬ 
zaba el vestido hasta las rodillas aquí, en este patio, mis 
sienes temblaban. Para que nadie quisiera quitármela, 
compraba todos los asientos de la diligencia cuando 
viajaba con ella y sus hermanas; cerraba las ven¬ 
tanillas, como he cerrado mi casa... Y ahora, es¬ 
tá allí desnuda, asomada a la calle! 

COMISARIO. — Don Cándido... yo no hubiera que¬ 
rido decírselo. 


— 37 — 





J U s T 1 N O ZAVAL-A M U N I Z 


D. CANDIDO. — Dígame, dígame: ¿y ellos vienen a mi¬ 
rar a mi hija, y a tocarla, y todos, cualquiera puede... 

COMISARIO. — Sí, poder, pueden. Pero ya le digo; 
hay cientos de mujeres. Y después... nadie viene 
así, a su hija... 

(Intentando quebrar el angustiante diálogo.) 
Bueno, Don Cándido: sólo quería decirle que es- 

taría bien hacer algo para traerla, ¿no le parece? 

D. CANDIDO. — ¿Traerla? ¿Cómo va a volver? Y 
ahora, aunque volviese, ¿quien sería? No podría¬ 
mos vernos. Olvidó que era mi hija... 

COMISARIO. — No lo olvidó, ella me lo ha dicho. Por 
eso se .fue del pueblo. Por que los amigos suyos 
iban a visitarla, no i>or su cuerpo tan hermoso, si 
no por qué eHa era Fulana, la hija de Zutano. Me 
ha contado ella misma, la tremenda- humillación 
que sufrió cuando se dió cuenta de que lo que esos 
hambres buscaban, no era su juventud, si no su 
perdida honradez... Eran como caranchos que se 
complacían en sacarle al cadáver de un corderito 
los ojos; lo único que le queda como un apretado 
recuerdo del cielo en las pupilas. Ya vé. por eso se 
fue. Hay que disculparla. Allá no es nada más que 
una mujer. Quiero decir, el cuerpo de una mujer, 
que tiene un nombre cualquiera... ¿No es verdad? 
Es mejor que a-sí sea. 

D. CANDIDO. — 

(Un deseo más fuerte que el dolor, mueve sus 
preguntas.) 


— 38 — 


EN UN RINCON I> E L TACUAR1 


¿Pero usted estuvo con ella? ¿Se reconocieron, 
como fue? 

COMISARIO. — Si señor... 

(Queriendo evitar la respuesta.) 
mas no ocurrió nada. 

I). CANDIDO. — 

(Tenaz.) 

¿Nada? ¿Por qué, nada? 

COMISARIO. — Si señor; yo la reconocí enseguida. 
No la veia, usted sabe, desde q.ue éramos unos gu- 
rises. Disculpe Don Cándido: muchas veces tuve 
ganas de venírsela a pedir para novia. 

L). CANDIDO. — 

( Altanero.) 

Usted no era más que un peoncito. » 

(Se ha puesto de pie y pasea lentamente.) 
COMISARIO. — Es verdad, era sólo un peoncito... 

Mas, ya ve, no la hubiéramos perdido. 

(Con rencor.) 

Ahora, ya ve: usted, el patrón, y yo el peoncito, 
los dos la hemos perdido. Juntos pudimos salvaba. 
Habia algo que no podía ser para usted, y me lo 
negó. Así son las cosas. 

D. CANDIDO. — Eso no podía ser. 

COMISARIO. — Menos podía ser esto de ahora... y 
es. ¿No le parece? 

D. CANDIDO. — 

(Rudo) 

No me parece. Yo no sé dividir con nadie lo que 
sólo fue mío. 

COMISARIO. ¿Hasta lo que no debía ser sólo suyo? 
¿Y lo que perdió? 

; 






JUSTINO ZAVALA MUNIZ 



' 




D. CANDIDO. — 

(Con tono de altanero desafío.) 

¿Qué quiere usted alhora? 

COMISARIO. — Para mí, nada. Es por ella, que ven¬ 
go a pedirle. Ahora yo ya no deseo nada, pues mi 
deseo se deshizo en aquella calle, en aquella casa 
ahogada de luz amarilla y pegajosa. Mis viejos de¬ 
seos de niño, cuando en las mañanas al sentirla 
cantar en la orilla del rio yo llegaba agachándome 
entre los talas y los arrayanes a mirarle, unas veces ei 
cuerpo mismo, otras su imagen temblando y que¬ 
brándose en las aguas, aquello que había quedado 
como escondido en los años, la reconoció de pronto, 
al verla allí, entre tantas. Así la miraba de nuevo y 
la veía como entonces. Mujer y todo, mis ojos sólo 
le miraban las rodillas desnudas en la luz amari¬ 
lla, y todavía las veía como en la luz del río en las 
mañanas. 

D. CANDIDO. — Pero ella... 

(Sentándose de nuevo para estar más cerca de 
los labios del narrador.) 

¿Ella sabía quien era usted? 

COMISARIO. — Me había olvidado!.. Tantos hom¬ 
bres han pasado por sus ojos! 

D. CANDIDO. — 

(De nuevo anhelante.) 

¿Qué hicieron, entonces? 

COMISARIO. — Yo hablaba así, Don Cándido, con 
aquel niño deseo de antes. Pero ella me quebraba 
la voz, con palabras bárbaras y desnudas, que me 
perdían el recuerdo. Buscaba hacerme creer que su 


— 40 — 


EN UN RINCON DEL TACUARI 


alma estaba desnuda, como su cuerpo. Pero yo sen¬ 
tía huir su mirada; y sus palabras cada vez más 
brutales sonaban con rencor. 

D. CANDIDO. — ¿Hablaron de su casa, de nosotros? 

COMISARIO. — No, no quería. Era la loca, nada más 
que la loca, que estaba' allí conmigo, sin conocer¬ 
me y sin que la conociese. Hasta que por fin eno¬ 
jada, me sacudió los hombros y gritó: ¿No vinis¬ 
te a esto? ¿No ves que ya estoy desnuda, total¬ 
mente? ¿Qué esperas? 

D. CANDIDO. — Sí, pues ¿qué más quería usted? ¡La 
pobre tiene razón! ¿Qué quieren, todavía? 

COMISARIO. — i Yo que sé! Si ella no- fuera más que 
aquella mujer que estaba allí, tirada y desnuda, yo 
habría ido a eso, sí. O si todavía estuviese igual a 
aquella muchaohita que lavaba a la orilla del río, 
con las piernas al sol, no hubiera tenido que pre¬ 
guntarme nada. Pero la mujer, aquellas ‘palabras, 
y la muohachita escondida que yo estaba mirando... 
así, las dos juntas. .. ¡yo qué sé! 

D. CANDIDO. — 

(Intentando apartar con los manos la doloro - 
sa imagen que el relato trac a *us ojos.) 
¡Basta! ¡Basta, le he dicho! ¡No quiero saber más! 

Algo se me está rompiendo en pedazos, atrás de la 
frente. 

(Y los dos hombres callan ♦ escondiéndose las 
miradas , extenuados bajo el peso de aquellas 
imágenes . Parecen no verse , hasta olvidarse 
recíprocamente . Y volviendo cachi uno por el 
camino de los propios recuerdos , de nuevo se 
encuentran sus almas jadeantes , en la imagen 
de la desgraciada. Y toman a hablarse , /af¡- 


— 41 — 



JUSTINO Z AVALA MUNIZ 


godas las palabras, cansado el gesto, como si 
quisiesen acariciar tiernamente el lejano cuer¬ 
po herido que ahora parece cada uno sostener 
en sus manas.) 

¡Pobrecita! Era una mudhachita alegre y tímida, 
cuando todavía andaba en estos patios... No tenía 
boca para nada que me contrariase. ¿Qué cosa des¬ 
garraron en ella, tan hondo, para que sea así? 
COMISARIO. — Ahí está por que vine a pedirle por 
ella, Don Cándido. Créame; sigue siendo así. 

I). CANDIDO. — ¿Cómo va a ser, si usted mismo me 
ha dicho que ella le gritó: aqui estoy, totalmente 
desnuda ? 

COMISARIO. — Sí. me lo dijo gritándomelo contra la 
cara, como un desafío. Pero atrás de sus ojos yo 
veía asomar el llanto. Estaba desnuda, es verdad ; 
pero como cubierta con aquellas desnudeces. Igual 
con sus palabras. 

D. CANDIDO. — No, no puede ser... 

(Su voz tiembla.) 

Dígame: ¿No le habló de mí? 

(Las palabras salen, jadeantes, venciendo por 
fin la voluntad que hasta entonces las esta¬ 
ba callando.) 

Calumniará a su padre... me echará la culpa... 

(Con un sordo rencor que sorprende.) 

A usted se lo dijo... 

COMISARIO. — No señen. El mar sonaba en la pared 
de atrás de la casa como un viento en el monte. 

(Señalando hacia el campo.) 

¿Oye? Así como éste, ahora. Yo se lo dije y co¬ 
mencé a recordarle los años en que Jos dos éramos 
gurises. Así fuimos cayendo, poco a poco, en el re- 


— 42 — 


E N U N R I N C O X DEL T A C U A R I 


cuerdo de entonces, y las palabras de ella comenza¬ 
ron a dejar de ser brutales y se hicieron tímidas y 
avergonzadas como las nuestras en el campo. Se 
acordaba de sus juegos de chiquilina cuando se tiraba 
en el campo a imaginar que ella era también tierra cur¬ 
vada como una ladera; gramilla que el viento ro¬ 
zaba; nube caída en los horizontes lejanos: pájaro 
dormido un momento entre dos vuelos. Otras veces 
era un río, y de su pelo negro orillándole la cara, 
se alzaban flores azules de camalotes. Una tarde se 
quedó quieta, quieta, esperando a que vinieran a 
posarse y correr sobre su espalda los pájaros ne¬ 
gros como lo hacían sobre el lomo de las ovejas, 
comiendo distraídas. Ella creía que la vida era asi... 

D. CANDIDO. — ¿Quién la engañó para llevarla de 
esta casa? 

COMISARIO. — Yo creo que nadie. Parece, por lo que 
contaba, que fué cosa de estos juegos... Y se es¬ 
capó así, como buscándolos entre los hombres. 

(Pensativo) 

Ahí está su desgracia. 

(Interrwmpiéndose brusca mente.) 

Para el final, yo me fui poniendo el saco, sin mirad¬ 
la. Y ella recién entonces, sintió que estaba desnu¬ 
da, y se quedó arrolladita, como ta^xíndose. sin mi¬ 
rarme ni hablarme. ¡Da lástima Don Cándido! 

D. CANDIDO. — 

(Como 8i a sí mismo se hablara.) 

Pero esa casa, y ella desnuda, y todo lo que ya pa¬ 
só.. ¿Cómo traerla ahora .entre sus hermanas... 
y yo mismo?.. 


— 43 — 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


SUSANA. — 

(Desde la puerta del comedor.) 

Tata: es tarde, ya. 

D. CANDIDO. — Sí, tiene razón; ya es tarde. Sírvame, 
mi hija. Vamos, Comisario. 

COMISARIO. — 

(Al tiempo que ambos se levantan jxira diri¬ 
girse al comedor en que van a entrar.) 

Oradas, ya almorcé. Pero le 'hago compañía. 

D. CANDIDO. — Se me hizo muy tarde; es verdad. 

ESCENA QUINTA 


(Por la parte adelantada del galpón , llega el 
ASISTENTE. En las memos trae dos cojini¬ 
llos y el poncho patrio. Con grave lentitud 
tiende su improvisada centra, en la ancho som¬ 
bra que un horcón extiende bajo el techo de 
paja. Es un mozo de campo , cetrino , de ojos 
vivaces, labios sensuales , andar de forzado 
gravedad . Está convencido , con un pueril or¬ 
gullos que aquel uniforme pardo de lucien¬ 
tes botones en el pecho , es el signo de una di¬ 
fícil jerarquía social que todos en el campo 
acatan y admiran. De su voluntad depende la 
vida de los hombres, y el sufrimiento de las 
mujeres campesinas cuyas miradas anhelan¬ 
tes buscan el sabor de sus labios alzados bajo 
un bigotito que intenta ser ciudadano y audaz. 
No importa que su vida sea setvir a otro y 
dormir tirado sobre los cojinillos , en los gal¬ 
pones o bajo el ciclo abierto. El no siente su 
cierta servidxnnbre, distraído en vivir con ges¬ 
to altivo, su imaginada jerarquía. 

(Sentado ya sobre los extendidos cojinillos , 
apoyado un codo sobre el poncho que colocó a 
manera de almohada, y la espalda sostenién- 




EN UN RINCON DEL TACUARI 



dose en el horcón, mientras fitina distraído 
espanta las moscas, que lo cercan, con ademán 
imperioso y lento.) 

PAULA. — 

(Mientras pasa de la cocina al comedor, ocu¬ 
padas sus manos por una humilde fuente en 
que lleva el almuerzo de Don Cándido.) 
Buenas tardes, Asistente. ¿Tomó mate? 

ASISTENTE. — 

(Contesta con el aire del que condesciende en 
interesarse por quién tiene delante y es dema¬ 
siado humilde para que importen su palabra 
ni su vida.) 

Buenas. ¿Con quién voy a tomar? 

PAULA. — 

(Ya entrando en el comedor.) 

Vengo enseguida, entonces. 

(Y así lo cumple, al instante, viniendo a pa- * 
rarse como escondida, a la sombra del pa¬ 
raíso.) 

Este Deshecho se ha vuelto también un mísero; 
cuida lo ajeno como propio. ¿No le ofertó un mate? 
ASISTENTE. — Apenas lo vi cuando llegamos. Des¬ 
pués agarró a dormir a la sombra de los espinillos. 
PAULA. — No gusta de tratos con la autoridá... 
ASISTENTE. — Sí; tiene un silencio de retobao. Cues¬ 
tión será que no tenga algo en el buche. .. No me 
gustan los callaos; siempre andan como rumiando al¬ 
go que no puede decirse. 

PAULA. — Es el costumbre de esta casa. Aquí todo 
se tranca... hasta las 'bocas. ¿Quiere, entonces, un 
mate ? • 


(ADULADORA) 
Ya pasó la hora, ¿sabe?. 


Pero pa la autoridá. 



— 45 — 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 

ASISTENTE. — ¿También miden la yerba, aquí? 
PAULA. — La yerba, y todo. Pero una siempre halla 
el modo... ¿no le parece? Si no estos miseros la 
desloman trabajando, y la secan de miseria. 
ASISTENTE. — Si es así, no acepto su míate No es¬ 
toy acostumbrar» a comer ele favor. 

PAULA. — 

(Sin impresionarse por el orgullo del otro.) 
¿Qué vamos a hacer!... Quitárselo no podemos. 

Nos dan lo que quieren, y gracias. 

(Con una fingida curiosidad que oculta la 
burla.) 

¿Usté nunca fué pión? 

, ASISTENTE. — 

(Con imperturbable orgullo.) 

. Ahora soy autoridá... 

PAULA. — -¡Seguro... ya ni se acuerda... Cuando 
uno llega, así, a autoridá... 

ASISTENTE. — 

(La seguridad de su orgullo no siente el filo 
de las palabras que Paula líela de inocencia.) 

Claro. Cada uno llega a lo que puede. Cuestión de 

condiciones. 

PAU/LA. — Allií está la cosa; cada uno. 

(Riéndose intencionada.) 

Algunos llegan en la nochecita, esquivando los ca¬ 
minos y las porteras... 

ASISTENTE. — 

(Ha sentido recién lq hiriente intención de 

Paula.) 

¿ Cómo ? 

PAULA. — Digo, no más. 




— 46 — 




EN UN R T N C O N DEL T A CUAR I 


ASISTENTE. — 

(Con grosero desprecio.) 

Animal orejano ,por los caminos, está expuesto a 
que cualquiera le ponga la marca. 

PAULA. — ¡Quién sabe, si tan orejano. 

ASISTENTE. — No se le ve por ningún lao. 

PAULA. — A la luz del día, no. Pero cuando se hace 
la nodhe, clarito Se le ve la mancha de un rebenque. 
ASISTENTE. — Chismes, del pago. 

PAULA. — 

(Señalando en la dirección que indica..) 

¿Ve aquel clavo? Allí se cuelga la marca. En aque¬ 
lla otra puerta también estuvo. 

(Riéndose.) 

Pero ya se habrá borrao de los cuartos de aquella 
ternera, la marca de esta hacienda. Estarán plan¬ 
chaos de tantas que habrán recibido. 
ASISTENTE. — Esas son historias... 

PAULA. — ¿Historias? Créaselo. Cuentos, son; la pu¬ 
ra verdá. 

ASISTENTE. — ... Como lo de la finada. 

PAUE\. — Justo; igualito. Diga que una... ¿qué va 
a hacer? Se calla y pronto. Come el pan que le dan. 
con la boca cerrada. 

ESCENA SEXTA 

ELVIRA. — 

(Por la puerta del comedor asoma ELVIRA, 
trayendo en las manos la fuente que llevara 
Paula. En alta voz.) 

Paula... Paula... 

(Al sentir el llamado, la cocinera vuelve el 
gesto agrio hacia donde le hablan ♦ en tanto 


i 


— 47 — 




JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


el Asistente se acuesta perezoso, en actitud 
de dormir.) 

PAULA. — Estoy aquí, pues! ¿Qué hay? 

ELVIRA. — 

(Acercándose ) 

Se pone a charlar y olvida su tarea. 

(Enérgica.) 

Camine a llevarle la leche a Tata. 

PAULA. — 

(Insolente.) 

Nadie te va a comer lo que no apetece. No te eno¬ 
jes, pues. 

ELVIRA. — 

(Con desprecio.) 

¿Con esa boca? Se ha desdentado de mascar piedras 
en el camino. 

PAULA. — 

(En el mismo tono.) 

Pero nunca, dhe, hice cortar el árbol, pa recoger 
del suelo la fruta podrida. 

ELVIRA. — 

(Conteniendo apenas su violencia.) 

¡ Vieja!... 

PAULA. — 

(Sin intimidarse ante el gesto.) 

Mi hijita; tengo ojos, y veo; boca y hablo. La fi¬ 
nada ya no puede; pero yo... 

ASISTENTE. — 

(Incorporándose.) 

Bueno, bueno, mujeres: respeten la autorida. 
PAULA. — 

(Yéndose hacia la cocina, después de recog er 
la fuente que Elvira, en su ademán de ata¬ 
carla, había dejado en el suelo.) 


— 48 — 


EN; UN RINCON DEL TACUARI 


Todavía estás muy briosa. Yo quiero ver, cuando 
muchos recaos te hayan ceñido a los lomos, si salís 
tan ari&ca y voluntaria a andar los caminos. ¿Qué 
espuela te levantará entonces la cabeza? Ya me lo 
dirás. 

ELVIRA. — Para eso se pasó la vida revolcándose; 

para ensuciar ahora todo. 

ASISTENTE. — 

(Como quien puede hacerlo. Imperioso a El¬ 
vira.) 

¡ Le 'he dicho que respete! ¿No ve que la van a oir? 
ELVIRA. — 

(Sumisa. Protegiéndose de las posibles mira¬ 
das en la sombra del galpón.) 

Pero usted, también, oyendo a esa vieja... 

ASISTENTE..— 

(Despectivo.) 

Yo no la oía; hablaba sola. 

ELVIRA. — ¿Se van esta tarde? 

ASISTENTE. — Esa no es cuenta mía. 

ELVIRA. — Pero podría saber. .. A la tardecita, cuan¬ 
do Tata tome el mate, yo ten:go que ir al rio a bus¬ 
car la ropa... Será bien de tardecita. 
ASISTENTE. — Yo no soy risión de nadies... 
ELVIRA. — Pero si no es risión... 

ASISTENTE. — 

(Brutal.) 

Ni como sobras... 

ELVIRA. — 

(Con angustia.) 

¿Se lo dijo esa vieja? ; No la crea, por favor! ¿Có¬ 
mo ha de ser sobra, lo que nadie ha tocado? 


— 49 — 



JUSTINO Z A V A L A MUNIZ 


(Con desolada amargura.) 

¡Si usted supiese cómo soy desgraciada!... Si un 
día alcanzara a salir de estos patios, y pudiera es¬ 
tar al lado del hombre que una quiere, y mirarlo 
con los ojos bien abiertos... 

ASISTENTE. — No soy tizón de cocina, que me en¬ 
cienden o esconden abajo de las cenizas... 

ELVIRA. — ¿Quién lo esconde? Escondida estoy yo 
bajo las cenizas... 'por desgracia. Usted ha cami¬ 
nado mucho, sabe cómo es la tierra del otro lado 
del monte; conoce las cosas, el mundo... Yo estoy 
aquí encerrada, en este patio... Aunque no se vea 
nada en la oscuridad de la noche, usted sabe un 
. rumbo seguro para cruzarla, y amanecer en la ma¬ 
ñana clara... 

ASISTENTE. — 

(Vacilando.) 

¿Y cuando usté lo sepa como yo, quién le ata los 
pies? Conozco gente ansina: nunca encuentran que- 
rencia. Y después, ¿con qué vamos a vivir? 

ELVIRA. — Yo sé trabajar, conozco toda la lidia. 

ASISTENTE. — Trabajar como patrona... 

ELVIRA. — Hago lo mismo que una peona. 

ASISTENTE. — Hará; pero no es lo mismo. Trabajar 
mandando, no es lo mismo que trabajar mandao. 
Esa es la cosa. 

ELVIRA. — ¿Se precisa tanto? Tenemos lo de mama. 


EN UN RINC O N DEL T A C U A R I 
ESCENA SEPTIMA 


(Por la puerta del comedor salen DON CAN¬ 
DIDO, el COMISARIO , y SUSANA, diri¬ 
giéndose hacia el espacio entre el galpón y la 
casa. ) 

D. CANDIDO. — 

(0 por que oyó las últimas palabras de Elvi¬ 
ra, o sólo su voz en el galpón, llama enérgico) 
i Mi hija !. . . 

(Disimulando su violencia.) 

El Comisario se va. 

ELVIRA. — 

(Adelantándose hacia el grupo. Al Asistente 
a media voz.) 

¿Si? 

( A su padre ) 

Voy, Tata. 

ASISTENTE. — 

(Recogiendo su improvisada cama, y yéndose 
por la parte adelantada del galpón ) 

Vamos a ver... 

ELVIRA — 

(Al comisario.) 

¿Ya se mardha? 

COMISARIO — 

(Extendiéndole la mano.) 

Voy a caminar un poco. Hasta la vista. 

ELVIRA. — Buen viaje. 

COMISARIO. — 

(A Susana, despidiéndose.) 

Que lo pase bien. 

SUSANA. — Servir a usted. 

(Váse el Comisario, seguido de Don Cándido , 
Susana entra en una de las piezas del f rente. 
Elvira coge una escoba , y pretexta continuar 
barriendo el galpón.) 


■ÍL- 


51 




JUSTINO Z A V A L A M U NIZ 


PAULA. — 

(Asomando en la puerta de ¡o cocina. Hirien¬ 
te a Elvira.) 

¿Y ahora ? 

ELVIRA. — 

(Sin dejar de barrer, y apenas volviendo el 
rostro.) 

¡ Lechuza! 

PAULA. — Había una vez una moza. .. Así empezará 
la 'historia. 

ELVIRA. — Una vieja perdió el alma, de tanto andar¬ 
la cambiando... ¿No conoce ésa? 

PAULA. — Sí, ché... Pero la necesidad, no es gusto. 

(Las mujeres callan súbitamente. Una vuel¬ 
ve a la cocina; otra a barrer con afán. Don 
Cándido está de nuevo en el patio. Hosco el 
gestor duro el mirar, avanza con paso decidi¬ 
do hacia donde está Elvim que le espera, sin 
cesar de barrer, pero con la cabeza agobiada 
por la presencia que ella siente cada vez más 
cercana.) 

D. CANDIDO. — 

(Tomándola bruscamente de un brazo, hasta 
hacerla volverse hacia él. Con ronca voz apa¬ 
gada para que sólo ella le oiga.) 

¡Elvira! ¿Qué hacías aquí? 

ELVIRA, r- 

(También a media voz. — Conteniendo su an¬ 
gustia.) 

¡ Tata! 

I). CANDIDO. — ¿ 1 ambién vos? ¿Y así, con el prime¬ 
ro que llega, un arrastrado... un milico cualquie¬ 
ra? ¿No sentís asco? 

ELVIRA. — 

(Casi en el llanto.) 


— 52 — 


EN UN RINCON DEL TACUARI 


¡Tata... yo ya no sé lo que. es el asco! Tengo la 
boca como quemada de cenizas... 

D. CANDIDO. — 

(La coge, exaltado, con sus dos manos radas, 
y casi pegando sus ojos en los de ella, los la¬ 
bios en los labios.) 

¿Qué querés, qué buscás? ¡ Decime! ¿No sos aquí 
la dueña? ¿Quién te manda? ¿Qué te falta? ¿Y tu 
padre... no lo ves envejecer día a día, hasta que 
llegue la hora de la cercana muerte? ¿De dónde 
vienen estos remolinos que se alzan así de pronto 
en el aire quieto de este patio cerrado, y las en¬ 
vuelve en su rueda de viento v las levanta y las 
lleva por los caminos? ¿De qué tierra tan picada 
y liviana están hechas, para que así las sacuda, y 
giren, giren, giren, como en el borde de esos pozos 
levantados en el aire, y se vayan siguiéndolos, en¬ 
loquecidas, cuando todo en el camino y en el cam¬ 
po está quieto? ¿No ven, no ven, ¡decime!, que 
están vacíos ? ¿ De donde les nace esa maldición ? 
¿Quién.se los trae a esta casa a la que nadie llega? 

(Con angustia incontenible.) 

¿La huelen en el aire, sobre los trillos del campo? 

Decime!... 

ELVIRA. — 

(Agobiada bajo el fuego de la mirada de su 
padre, y el torrente de sus palabras.) 

¡Tata. .. Tata!... Yo no sé!.. . ¡ Déjeme, por fa¬ 
vor. ... yo no sé! Cuando yo era chiquilina y vivía 
mama... 

D. CANDIIX). — 

(Rudo.) 


53 — 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


¡ No nombres a tu madre ! 

ELVIRA. — ... jugábamos a ser felices, tiradas bajo 
los árl>oles con la Coca... 

D. CANDIDO. — 

(Con igual rudeza.) 

¡Te lie dicho que no las nombres! 

ELVIRA. — ... por los ojos nos pasaban las nubes, ¡tan 
livianas! que veíamos venir de los lejanos horizon¬ 
tes y se iban a otros cielos; por las manos abiertas 
sobre el río, las aguas, que nos mojaban y se iban 
Por debajo del pecho, nos resonaban los ruidos de 
los galopes sobre las laderas... Por las orejas y 
el pelo, la brisa sin peso... Nosotras estábamos 
quietas, calladas... Y así, nada más que con eso, 
éramos felices, pensando que nos íbamos en cada 
cosa que pasaba... Y ahora, ¡Tata!, ahora!... 

1). CANDIDO. — ¿Quién te priva, ahora, esas cosas? 

ELVIRA, — ¡No puedo... no puedo!... 

I). CANDIDO. — ¿Te prohíbo, acaso, esos juegos? Y 
ya una mujer, ¿para qué te han de servir? 

ELVIRA. — No, Tata. no. Usted no me priva. 
(Señalando las flores,) 

Pero esas cosas han quedado adentro, como esas 
achiras. Tata, sucias, descoloridas por la basura que 
Paula, distraída, les echa ¡Nadie les ve el color!... 
Pero si una lluvia las limpia, aparecen rojas, en¬ 
cendidas como un fuego . 

D. CANDIDO. — 

(La rudeza ha cedido a una terquedad cercana 
al mego. Sacudiendo a hija por los hom¬ 
bros.) 


54 — 


EN UN RINCON DEL TACUARI 


¡Pero tenelos, mujer, tenelos tranquila!.. ¡Pero 
aquí en casa... ¿no comprendes? 

ELVIRA. ¡No puedo, Tata!... No se enoje... nun¬ 
ca se lo he dicho... Usted quiere que hable; ... 
siempre dice lo mismo y le enoja mi silencio... Sí. 
yo sé: usted quisiera ver... como agarrar lo que 
pasa atrás de mis ojos cerrados. Ya sé. Tata... 
¡Pero no puedo! Ya ve; hace tiempo que no lloro, 
por que usted se enoja. Pero lo que usted quiere 
así, como tener entre las manos y apretar, se me 
escapa a mí misma. ¿Qué voy a hacer? Y usted su¬ 
fre y yo también. 

D. CANDIDO. — * 

(Soltándola. Con acento annistoso y dolorido.) 
Pero ahora'hemos hablado... ya sabemos... Vivi¬ 
remos aquí, o en otro lado, tranquilos y solos nos¬ 
otros los cinco. Tenemos un pasar, ¿para qué ne¬ 
cesitamos de nada, ni de nadie, de afuera? 

ELVIRA. — ¡ No hemos hablado... 

(Buscando la expresión.) 

¿Cómo le voy a decir? Aunque esté tirada, caída, 
apretada hasta ahogarme, con los párpados cerra¬ 
dos. .. sin que yo los llame, aquellos recuerdos vie¬ 
nen a ponerse atrás de mis ojos y brillan y los veo, 
más que a las cosas. Y me duelen en la frente, y en 
la garganta, y es como si me pinoharan en los la¬ 
bios hasta hacerme morder para no gritarlos. 

( Suplicante , extendidas hacia su padre las 

manos.) 

¡ Tata, déjeme!... 

D. CANDIDO. — 


55 — 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


(Ahora es éU quien implora.) 

¡Mi hija, Elvira... soy yo que no puedo!.. 

(Defendiéndose de Id desesperación, con la 
rudeza del acento.) 

Me mueve las manos, cierra mis brazos; une lleva 
la mirada, quema mi boca... ¡sin que yo quiera! 
Alzo la voluntad, y la voluntad cae, derrotada! Ar¬ 
bol sobre la altura, cuya copa sacuden sin parar los 
vientos. Ya es el pampero cargado de garúas, pun¬ 
tas de lanzas que dispersan a las tormentas y abren 
limpios cielos; o viento del norte, ardiente como 
un fuego que quema los pastos y voltea la cabeza 
de los ganados. Así estoy, alzado y doblado, sin 
quebrarme ni pararlos! 

(En una angustiosa pregunta.) 

¿Quién los sopla dentro de mí? ¿Qué freno les 

pondré? ¿De dónde sacaré fuerzas para domarlos? 

(Casi en un grito.) 

¡Elvira... tú. bija mia!.. 

ELVIRA. — 

(Quebrada de piedad y dolor.) 

¡No puedo. Tata... Cuando pasan sobre mi cuerpo, 

es como si una tropilla de potros cruzara sobre un 
campo de amapolas. Y así quedo, caída y deshecha, 
por sus cascos al galope! 

SUSANA. — 

(Asomando a la puerta de uno de los dornii- 
torios.) 

Tata. ¿No va a descansar, ahora? 

D. CANDIDO. — 

(Volviéndose hacia Susana.) 

Ya pasó la hora mi hijita, y otra vez perdí el sueño. 

TELON 


— 56 



NOCHE 


La misma escena del acto anterior. 

Han transcurrido unos años, que nadie 'ha conta¬ 
do. Para el extraño que llegara hasta .e,l patio, acaso fue¬ 
ran perceptibles en la cabeza más encanecida de Don 
Cándido, o en las formas ya en plenitud de Susana. Sin 
huellas, en cambio, en Paula o El Deshecho, ya que so¬ 
bre su miseria se ha detenido el tiempo; árboles abati¬ 
dos, morirán juntas las hojas y las ramas. 

Está cayendo la tardecita. El galpón, el paraíso, la 
pared de la derecha, echan sus sombras pesadas sobre 
el patio y cubren gran parte de la pared del frente. Des¬ 
de la lejana cuchilla detrás de la cual está muriendo 
entre nubes de sangre, el sol alcanza aún a apoyar un 
rayo de luz sobre la puerta del dormitorio de Don Cán¬ 
dido — la de la izquierda — después de cortar al patio, 
del frente al fondo, con una ancha diagonal luminosa a 
la que las sombras irán lentamente ahogando. 

Ya ha empezado la asombrada hora de! campo, en 
que las cosas parecen flotar, sin peso, entre la oscuri¬ 
dad que baja del cielo y el silencio que sube de la tierra. 


— 57 




JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


ESCENA PRIMERA 


(PAULA y SUSANA se ocupan en la lenta 
tarea de desgranar porotos; una lo hace sobre 
la olla que usara al mediodía* mientras la 
otra va recogiendo los granos en el hueco de 
sn delantal. Sentadas en pequeños bancos de 
ceibo, .una frente a la otra, orillan la franja 
de luz que corta el patio. Pero mientras los 
géneros oscuros de sus vestidos* casi hacen in¬ 
visibles los rasgos de PAULA, perdiéndola 
en las sombras, la luz llega y se exalta en los 
claros vestidos de SUSANA. Ahora se ve lle¬ 
gar ♦ desde el frente del patio , el rayo que ilu¬ 
mina su imagen. Pero durante todo el des¬ 
arrollo del acto, cuando ya las sombras se 
abatan sobre los demás seres y las cosas, so¬ 
bre ella estará cayendo siempre la claridad ♦ 
que parecerá como envolverla y alzarla en un 
intento de fuga de entre aquellos tenaces círcu¬ 
los de silencio y noche.) 

PAULA. — ! 

(Su voz tiene el pesado y sordo acento de la 

hora.) 

Cuando vivía la finada, era una fiesta la trilla de 
porotos. Una rueda de colores; caballos blancos, co¬ 
lorados, azulejos, negros, alazanes, sobre la era; y 
coro de palabras alegres, y de risas y canciones, so¬ 
bre los caballos en rueda. 

SUSANA. — 

(Sin levantar la cabeza, cuyos ojos siguen el 
afanoso andar de las manos.) 

Doña Paula: ¿por qué ustedes siempre señalan e! 
tiempo diciendo: cuando vivía la finada, después que 
murió... ? 

PAULA. — ¡ Pues mi hija, por que es así, no más. 






— 58 — 


EN UN RINCON DEL TACUARI 


SUSANA. — Sí, pero no veo por que han de decir siem¬ 
pre : antes de morir, después que murió... ¿Por 
qué señalan así. las cosas de la vida con 'a muerte.'' 
El pobre Tata sufre con ese recuerdo a cada paso. 
Parece como si los muertos anduvieran aquí más 
vivos que la vida, entre nosotros... 

PAULA. — Y algo de eso hay... 

SUSANA. — ¿Nos mirarán como cuando estaban en la 
tierra, o aunque nos vean, sus ojos ya no nos re¬ 
conocen ? 

PAULA. — ¡Vaya a saber una...! 

SUSANA. — Yo creo que ellos ya no sienten nuestros 
sufrimientos. Y si los sienten, no les importan. 
PAULA. — 

(Con el acento velado por la emoción de quién 
va a levantar las sombras de un secreto.) 

¿Usté se acuerda, mi hija, del día en que murió la 

finada ? 

SUSANA. — Yo sólo me acuerdo que la estaba mirando 
desde allí. 

(Señala la puerta del dormitorio de Don Cán¬ 
dido.) 

y la veía caída, extendida y quieta sobre la cama. 
Las vecinas lloraban con quejidos ahogados, y los 
hombres miraban fijos, con cara de enojo o se ha¬ 
blaban en voz baja como para no despertar a al¬ 
guien. ¿Sabe? Las vecinas y los hombres camina¬ 
ban y 'hablaban muy bajito, lo menos que 'podían, 
todos empeñados en hacer el silencio. Y aquella 
(pie ellos parecían no querer despertar, era la única 
que ya no jxxlría oir nada, por más ruido que hicie- 


— 59 — 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


sen. Los que iban llegando, se apeaban hablando en 
voz alta, como siempre. Pero mal miraban al patio 
era como si de golpe el silencio les tapara la boca 
con su mano. Entraban callados, y cuando miraban 
a mama, soltaban el llanto las vecinas y los hom¬ 
bres se tapaban los ojos con el pañuelo. Si salían 
otra vez al patio, o desde adentro ponían la vista 
en el campo, les volvían las palabras y se les cor¬ 
taban los llantos... ¡Y mama, quietita, como per¬ 
dida, llorasen ellos o estuvieran callados! ¿Por qué 
le apretaban alrededor las vecinas y los hombres, el 
silencio, o la cubrían de llantos, si ella seguía allí, 
quieta y como perdida de cuánto ellos hacían Doña 
Panda? Yo era muy chica; sería por eso que sentí 
como un enojo... 

(Rectificándose, temerosa.) 

¡no, no era enojo!, por aquella indiferencia de ma¬ 
ma, y ganas de pararme y gritar en el patio, cual¬ 
quier cosa, aunque fuera un canto! 

PAULA. — 

(Con sorda terquedad.) 

No, yo le preguntaba si vió cómo fue la muerte. 

SUSANA. — ¿La muerte? No, yo no supe nunca. 

PAULA. — ¿Don Cándido no lo dijo? 

SUSANA. — El no estaba. 

PAULA. — Sí, él se había ido. Ese día yo estaba ba¬ 
rriendo los patios de mi casa, a la orilla del alambre. 
De pronto vi alzarse una polvadera en el camino. 
Me quedé esperando, y vi asomar en la cuchilla a 
Don Cándido que iba de aquí al galope, con la tro- 


— 60 


K N UN RINCON DEL TACUARI 


pilla por delante. Todavía al j>asar nos saludamos: 
¡ Buen día, china! ¡ Buen viaje, Don Cándido! Y se 
perdió, envuelto en una nube de polvo en el camino. 
(PAUSA) 

Al anochecer, llegó El Deshecho a advertirme la 
muerte. 

SUSANA. — ¿Y El Deshecho no le dijo? 

PAULA. — Usté sabe como es él. Si el patrón se calla, 
él calla; si el otro frunce el ceño, él echa mano al 
puñal. ¿Quién le pregunta nada? 

SUSANA. — ¿Y a Tata? 

PAULA. — El vino esa noche, se acostó y no dijo nada. 
¿Quién le va a preguntar? ¡Yo que sé, mi hija... ! 
En este patio anda como volando un pájaro que 
se posa en los hombros, en la frente de los cristia¬ 
nos ... ¡qué sé yo... ! 

SUSANA. — 

( Entristecida.) 

Mama, muerta; des'pués la Coca que se huyó... 
ahora Elvira... ¡Y el pobre Tata cada vez más 
solo, sufriendo sin quejarse. Ya se le van cayendo 
los hombros, por el peso de tanta desgracia. 
PAULA. — 

(Con incontenible rencor.) 

Todavía está fuerte. 

(Maternal.) 

Usté sí, mi hijita, es débil. 

SUSANA. — 

(Con sorpresa.) 

¿Yo? 


— 61 — 



JUSTINO Z A V A L A MUNIZ 


PAULA. — Sí, usté... como esos macadiines que flo¬ 
recen en el patio después de l a lluvia, y las botas 
pisan y destrozan, sin .piedá... Se fué la Coca... se 
íué Elvira... ¿Cuándo descansaremos? 

SUSANA. — 

(Habla con la firmeza de su inocencia.) 
i Yo no, Doña Paula! 

PAULA. — 

(Con dolorida decisión.) 

Se acuerda desde cuándo no ve el rebenque de su 
Tata, colgado allí, en aquella puerta? 

SUSANA. — 

(Su voz tiene el leve temblor de quien pre¬ 
siente la cercanía de la desgracia.) 

Sí... desde que se fué Elvira... Pero eso... 

PAULA. — Eso... cuando vuelva a estar allí colgao... 

(Vacila. No se atreve a herir con el aviso tre¬ 
mendo , el alma inocente. Y sin embargo, ella 
sabe que así ocwnñrá.) 

i Qué tormenta tan pesada; el aire se pega a los pár¬ 
pados y los labios! 

(Su pensamiento es tan punzante, que vence 
la voluntad y asoma a los labios.) 

.. .Si una pudiera irse. 

SUSANA. — 

(Se pone de pié y vuelca los granos que ha 
reunido en su falda , sobre la olla de la peona. 
Su imagen está toda sobre la franja de luz.) 
¿Quién piensa en irse, Doña Paula? 

( Bromeando.) 

¡Ojalá usté acierte, y llueva; el agua lavará el color 
de las pobres achiras, y mañana serán rojas como 
un amanecer. 

(Disponiéndose a hacer lo que anuncia.) 

Voy a barrer estas cáscaras. 

- 62 - 



K N UN RINCON DEL T A C U A R I 


ESCENA SEGUNDA 


(Desde el campo viene DON CANDIDO . 
Aunque traiga otras ropas, éstas conservan 
el típico carácter de su modo de vestir. Su pa¬ 
so se ha hecho más lento. El rayo de luz vibra 
sobre su cabellera blanca * y en la ii bombas” 
de plata del rebenque que trae pendiendo de 
la muñeca. Acercándose a Susana, que en su 
tarea de barrer t ya ha llegado a un extremo 
del patio.) 

D. CANDIDO. — ¿Todavía trabajando, mi hija? Ya se 
va haciendo la noche; deje esa escoba. 

SUSANA. — 

(Detenida, con lúe manos apoyadas sobre el 
extremo de la escoba, y el mentón en ellas.) 
Son estas cascaritas no más. Tata 

D. CANDIDO. — » 

(Hasta que se indique, pascará, en semicírcu¬ 
los lentos y tenaces alrededor de su hija, 
mientras habla.) L 

No es nada; vaya, arréglese y descanse, que ya 

terminó el día. 

SUSANA. — 

(Riendo, inocente.) 

¡ Pero si estoy arreglada, Tata... ! ¿O es que espe¬ 
ra visita? 

D. CANDIDO. — 

(Sus palabras vacilan entre decir u ocultar 
lo que está pensando.) 

Sí, claro... no, no viene nadie... 

SUSANA. — En el campo la gente no se ve casi, ni se 
habla, ¿no es verdad? 

D. CANDIDO. — Es mejor que así sea. ¿Para qué? 


— 63 — 



JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


SUSANA. — Para conocerse, tener amistad, contarse 
las cosas... 

D. CANDIDO. — Para eso basta con las de uno mismo. 
SUSANA. — 

(Con voz de risa de mimo.) 

¡Pero yo soy una muchacha...! Me gustaría ver 
los caminos, otros parajes,... ¡Si viera, Tata, mu¬ 
chas veces me quedo imirando aquella cuchilla don¬ 
de entra el sol, o aquel cerro en 1 qué nace, o sigo con 
los ojos fijos las vueltas del Tacuarí... y me entran 
unas ganas tan grandes de saber qué hay más allá 
de lo que alcanza mi vista! 

D. CANDIDO. — 

(Mientras habla » su pesada imagen oscura va 
estrechando sus círculos hasta casi abrazar la 
iluminada de su hija. Con el brazo extendido, 
señalando los lugares que menciona.) 

¿Qué hay, qué hay? Nada de lo que usted cree, mi 
hijita. Si fuera un día y visitara todas esas casas, 
no tendria de que hablar con los que en ellas viven; 
usted iría a buscar una amistad alegre, y ellos no 
tienen tiempo para dársela. Aquel que vive allí, en 
aquella arboleda, dueño de tamaña estancia, es co¬ 
mo si si no la tuviese. ¿Usted cree que la quiere, como 
nosotros? Pone y saca novillos y ovejas de sus po¬ 
treros, como números que suma y resta, en un papel 
Y nada más. El dueño de aquella casa blanca, so¬ 
bre la cuchilla, tampoco quiere la tierra que tiene. 
Se pasa el día recorriendo los lindes de su alambra¬ 
do, mirando los campos del vecino y pensando ha- 

- 64 — 


EN, UN RINCON DEL TACUARI 


cerlos suyos. Parece, que campos fueran ésos, mien¬ 
tras son ajenos, y 116 los suyos. 

(Ahora ya se ha acercado por la espalda de 
Susana . hastá, apoyar un. brazo sobre uno de 
los hombros la muchacha.) 

¿Y los de allí? Buena gente, si; paisanos como 

noábtros. Pero ocupados en pleitiar con aquel que 

vivev allá arriba de aquella sierra, y los mira tirar 

cada uno por su lado, mientras él espera tranquilo 

a que se vayan cansando, jt entonces se echará sobre 

todos y les cercará con su alambre lo que ellos 

recibieron junto de su padre, y van a perder, cada 

uno a su tiempo. 

SUSANA — 

(Su voz tiene ion tímmo temblor, al sentir la 
cercanía de la barba de su padre , que ya se 
está extendiendo sobre su negra cabellera.) 

Pero '"todos aquellos ranchitos... 

D. CANDI DO. — En esos, no hay más que gestos 

agrios, palabras duras, y tristeza. Mire... 

(Sus dos brazos están haciendo un círado 
apretándose sobre los hombros de Susana. Su 
\\ . voz jadea anhelante.) 

' ¿Vé? Todos esos ranchos son un negro cinturón de 
miseria que las estancias llevan puesto siempre, en 
todos lados, cargados de llantos; como el estanciero 
lleva el cinto, cargado de plata... ¿qué le van a 
decir ni contar, los que viven ahí? I.a vuelven vieja 
en un día, con sus historias. 

SUSANA. — 

(Jadeante de temor ante el abruzo que ya s t t'n~ 
te ahogarla, y del resjieto que la impide atri¬ 
buir a su padre la cierta intención de aquel 


65 — 







J U S T I N O Z A Y A L A M UNIZ 


abraso. Intenta alejarse un paso, y hablar 
con despreocupada alegría.) 

En algún lado podría oir cantar a los payadores. 

13 . CANDIDO. — 

(Como si no hubiera entendido la tímida in¬ 
tención de fuga de sti hija , vuelve a acercár¬ 
sela.) 

Ya no hay payadores. 

SUSANA. — 

(Sus palabras como ligeras manos qu-e exten¬ 
diera deteniendo el terco paso de su padre que 
se acerca). 

¿ Por qué, Tata ? 

D. CANDIDO. — ¿Que van a cantar? 

SUSANA. — 

(Habla con la voz tal alta y alegre, corno 
su temor lo pennite) 

Yo soñé una vez que desde todos esos ranchitos, un 
dia se eirqiezó a oir una música oscura y tan baja, 
que apenas si llegaba a los patios. Nadie la había 
enseñado, y de ningún lado vino. Pero cada uno, 
sin saber que el otro también la sabía, la estaba 
cantado casi entre los labios. Era en un gran círcu¬ 
lo como los horizontes. Uno en su casa; otro en 
la huerta; otro en el camino; otro en el campo 
arreando las majadas... Todos cantaban la misma 
canción, y nadie entre ellos oía la del otro. Pero 
había un hombre, alto y fuerte como un caudillo, 
que tenía su casa en el medio de aquel círculo tan 
ancho de los ranchitos. El viento empezó a llevarle 
las voces apagadas que cada uno cantaba. Al 'prin¬ 
cipio, é! no entendía qué quería decir aquella can¬ 
ción, ni si era la misma la que le traía el pampero, 


— 66 — 



K N UN RING O N D E L T A C U A R I 


(j«e la que le llegaba en el viento del norte o del 
este... Vino una noche larga y tan quieta como 
la muerte. Pero el hombre pudo oir entonces las 
palabras claras, y sintió que era una misma canción 
la que estaba sonando desde todas partes, en el 
silencio.... Y a la mañana siguiente, se levantó \ • 
la cantó él, con una voz tan fuerte, que de todos los 
ranchos la oyeron. Y todos vieron que aquella era 
su canción, y cantaron con él... 

(Se ríe ingenuamente.) 

¿Ve, Tata? Yo creía que los payadores y los cau¬ 
dillos eran una misma cosa. 

D. CANDIDO. — 

(Que ha simulado escuchar a su hija, cuando 
en verdad sólo ha estado dentro de su pen- » 
setmicnto.) 

Los payadores eran sólo los que contaban las cosas. 
SUSANA. — Sí, ya sé. Pero en mi sueño, pasaba que 
todos los de los ranchitos montaban a caballo, y 
se iban cantando, atrás de la voz que había hallado 
las palabras de su canción. 

D. CANDIDO. — ¿Y? 

SUSANA. - ¿Y...? Yo no vi donde fueron! 

(Con acento triste.) / 

.. .Si no conozco más que este pago. Tata... ¿No 

es verdad? 

D. CANDIDO. — 

(Con rucia, impaciencia.) 

Bueno, bueno, déjesq de pensar lxibadas cf.ie iv> 

pasarán nunca. 

SUSANA. — 

(Con inocente terquedad.) 


— 67 — 




JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


¿Y si pasaran? 

I). CANDIDO. — 

(A medida que habla, su abrazo se hace más 
decidido , al tiempo que sus palabras salen , 
cortadas y jadeantes.) 

¿Vé aquel fogón ue se encendió allá?... ¿Y ahora 
aquel otro... ? 

SUSANA. — 

(Ella, como éU no mira ya el paisaje sino lo 
que está entre ambos ocurriendo . De tal mo¬ 
do , que las palabras sólo sirven para ahuyen¬ 
tar el silencio en el que suenan bajo las fren¬ 
tes los verdaderos y terribles pensamientos 
del instante.) 

Si... Tata... veo... 

D. CANDIDO. — ¿Ve bien aquella casita que apenas 
blanquea... ahora? 

SUSANA. — ... Si... 

D. CANDIDO. — ... Bueno... 

(Ija cabeza ya está casi sobre el cuello de 
su hija.) 

...Bueno... ahora... aquella casita, mírela... 
¿Siente? 

SUSANA. — 

(Después de un silencio de asombro , que se 
mudó en pavor.) 

¿Qué Tata? 

D. CANDIDO. — ... Digo... si siente... Susana... 
ahora... 

PAULA. — ; 

(Que ha estado contemplando la escena con 
el pretexto de desgranar porotos , se pone de 
j>ie y dice ♦ casi en un grito.) 

¡ Susana !... ¡ Ohiquilina... ! 

I). CANDIDO. — 

(Volviéndose violentamente , como quien des - 

— 68 — 









K N UN RINCON DEL T A C U A R I 

pieria de improviso. Rudo.) 

¿Eh? ¿Que haces ahí? 

PAULA. — 

(A Susana.) 

¿No va a regar sus achiras? 

(A Don Cándido.) . 

¿Que voy a hacer, si no trabajar? 

SUSANA. — Si, es verdad; gracias, Doña Paula. 

(Y entra en la casa , como una avecilla huyen¬ 
do. — Don Cándido vacila un instante y 
luego lentamente , váse detrás de Susana.) 

(La escena queda un instante vacía, pues 
Paula ha entrado a la cocina.) 

(Por la puerta por la cital han entrado en la, 
casa , vuelven a salir, Susana delante llevan- * 

do una jarra en la mano, Don Cándido de¬ 
trás. Ella es una ligera imagen blanca » de 
fugitivo paso. El, una lenta sombra que la 
sigue tenazmente. Se ocultan así, por uno 
de los espacios abiertos hacia el campo.) 

ESCENA TERCERA 

PAULA. — 

(Desde la cocina se alza un canto.) 

Tardecita de verano 

En la llanura 
Sombras acostándose 
En las laderas, 

Más lentas que los ganados, 

Rumiando los últimos 
Pastos de claridad 
Del día. 

— 69 — 





JUSTINO ZAVALA M U N I Z 


Del cielo está cayendo 
La oscuridad 
Hasta los brazos abiertos 
Del silencio. 

Pájaro de la noche es el lucero 
Posado en mis ojos. 

Cuando en mis pies, ¡ay!, se pierden 
Los caminos de la tierra. 

DESHECHO. — 

(Ha llegado, mientras tanto, y junto al tronco 
del paraíso se ha puesto a afilar el hacha 
que trajo sobre el hombro. — A Paula.—) 
¿No vió a Don Cándido? 

PAULA. — 

(Asomándose. —) 

¿Vos no lo viste? Salió atrás de Susana, como pal 

barril. ' 

DESHECHO. — Lo voy a esperar, entonces. 

PAULA. — Si... calculo <]ue no va a demorar. Susana 
ya vendrá a regar sus achiras. 

DESHECHO. — 

(Sin querer entender las ácimas palabras 
de Paula.) 

Va a volver a llover, y los yuyos terminarán por ma¬ 
tar el maicito del rastrojo. Pero con esto de trillar 
el poroto aladeándolo, y uno solo... Ya el año pa¬ 
sado ya vé cuanto se perdió... 

PAULA. — 

(Insistiendo en sus alusiones que El Deshecho 
vo escucha.) 

Perdido está él... y nosotros... todos. ¡Unas ga¬ 
nas de irme... hoy mismo... ! 


— 70 — 




EN UN RINCON DEL TACUARI 
DESHECHO. — 


(Ha sentido acercarse a Don Cándido y Su¬ 
sana . y les sale al encuentro.) 



Patrón, ¿cómo podíamos hacer con la carpida? 


D. CANDIDO. — 


(Se detiene un instante para responder, y 
luego vuelve a unirse a Susana, que ya riega 
sus flores. — A El Deshecho.) 


Haga como quiera. 


DESHECHO. — 


(Siguiendo al patrón en el afán de recibir 
una orden a la que pueda ceñirse.) 


Pero como está lo del poroto pa apalea^... 

D. CANDIDO. — Bueno, haga lo que quiera, le he dicho 
SUSANA. — 

(En alta voz a Paula que está en la cocina) 
¿ No vió el mate de Tata, Doña Paula ? 


PAULA. — 


(Como si no estuviera sino esperando cual¬ 
quier palalrra, para unirse al grupo.) 


¿Qué dijo, mi hija? 

SUSANA. — El mate, ¿dónde está? 

PAULA. — Ah. A'hí adentro, arriba de la mesa. ¿Quie¬ 


re fósforos? 

SUSANA. — 

(Dirigiéndose para entrar en la casa.) 
No, todavía se ve. 

(Entra.) 

DESHECHO. — 


(Interceptando con terquedad humilde, el ¡taso 
de Don Cándido que ya va tras de Susana.) 


¿Entonces cómo hacemos, patrón? 


D. CANDIDO. — 

(Con enojo apenas contenido.) 

¿ No le he dicho que haga lo que quiera ? 


— 71 — 


JUSTINO Z A V A L A MUN1Z 


PAULA. — 

(Atravesándose en el camino de Don Cándi¬ 
do ya junto a la puerta.) 

Mañana habría que mandar al boliche, patrón. Es¬ 
tamos sin sal y sin luz. 

!). CANDIDO. — 

(Intentando pasar sin detenerse.) 

Mande, pues. 

PAULA. — ¡ 

(Que a despecho de la intención, le cierra el 
paso.) 

¿Cuánto se trai, y con qué? 

SUSANA. — 

(Desde dentro.) 

¿Arriba de la mesa, dijo? 

• PAULA. — 

(Volviéndose para contestar.) 

Sí, pues; recostao al frutero. 

(Don Cándido aprovecha la distracción de la 
peana, y entra allí donde se oye la voz de su 
hija.) 

(A El Deshecho.) 

¡Todavía caminan los corderitos, y los caranchos 
ya los encierran en sus círculos negros, para arran¬ 
carles los ojos... ! ¡ Ah, si yo fuese hombre... ! 
DESHECHO. — Uno es un peón, en casa ajena. 
PAULA. — Pero uno vende el trabajo, y no el alma. 
DESHECHO. — Ocasiones, hasta el alma. ¿Dónde la 
lleva, si usté se muere de hambre? 

PAULA. — ¡A cualquier parte' 

DESHECHO. — Que puede ser la cárcel_ casi se¬ 

guro. .. 

(Como una ronda de fatalidad , vuelven al 
patio la imagen de claridad de Susana* y la 


— 72 — 



EN UN RINCON DEL TACUARI 




de Don Cáiidido, a la que el acentuado ano - ■ 

chccer ya ha convertido , como a los peones , 
casi en una sombra.) 

SUSANA. — ¿No me acorrípaña Doña Paula, a traer 
la ropa que se me olvidó tendida en el alambre? 

PAULA. — 

(Acompañando a la$ palabras con la acción) 

Si, cómo no? Vamos, mi hija. 

(Y ambas salen por el espacio abierto ha¬ 
cia la derecha). 

L). CANDIDO. — Vava. Deshecho, y ensílleme el tos- 
lado. 

DESHECHO. — ¿Va a salir? I 

D. CANDIDO. — Voy hasta aquí, no más, a repuntar 
la majada. No sea cosa que llueva... 0 

DESHECHO. — Las ovejas están ahí, en la ladera del * 

• • 

D. CANDIDO. — Siempre queda alguna cortada, y us¬ 
ted sabe con qué ligereza llega la creciente hasta 

DESHECHO. — - ■ 

(Saliendo por el frente del galpón) 

Si señor. 

ESCENA CUARTA 

(DON CANDIDO ha quedado solo , de pié 
junto a la puerta; a la orilla del rayo de 
luz que una nube lejana ha enrrojecido has - 
ta el incendio. De su mano derecha pende 
el rebenque , sobre cuya plata se i aviva y 
quiebra la lux. Todo lo demás son anchas 
sombras rodeándolo. Y un grave silencio de 
espera . El también parece aguardar algo que 
aunque ya está en su frente , no alcanza aún 
a ser decidida voluntad. 


— 73 — 




JUSTINO ZAVALA MUNIZ 



(¿Teme que lo acechen? Como si tal ocu¬ 
rriese, va con cautelosos jxisos hasta la boca 
del galpón en donde se ahondan las sombras. 
Y regresa con aire ya más tranquilo, cuan¬ 
do no ha hallado más que oscuridad y silen¬ 
cio. Pero las sombras vienen del campo, y es¬ 
tán en lodos los rincones del patio. Sólo hay 
luz en aquella franja , como un tajo, que se 
apoya en su puerta y se agudiza extraña¬ 
mente sobre un clavo que se adelanta del din¬ 
tel. Y DON CANDIDO va, con grave paso 
en el que se mezcla la actitud temerosa y la 
del desafío , escudriñando aquellas sombras 
todas . Así llega hasta el extremo mismo del 
patio, hacia el frente. Escucha. Acecha. Siem¬ 
pre silencio y oscuridad. 

(¿Por qué vacila? ¿Es que espera que al¬ 
guna forma humana, o voz, lo detenga? No. 
En él está una tremenda voluntad fatal. Pa¬ 
recería que le ha tomado de la mano; así la 
lleva extendida hacia adelante, por la orilla 
iluminada, y lo conduce con paso torpe luis- 
ta la puerta en donde brilla el clavo. 

(Ya está allí, y aún vacila o teme. Tal es 
su nervioso movimiento girando sobre sí mis- 
mo , para sondear con la mirada toda la es¬ 
cena. Nada. Sigue el silencio. 

(De espaldas al patio, toda la figura den¬ 
tro de la franja de luz , alza el brazo. Cuan¬ 
do lo abate, desde el clavo pende el reben¬ 
que, rígido y brillante. 

(Escucha aún. 

(La noche está apagando a aquella franja, 
y es así como , sólo se alcanza a ver, en una 
tremenda realidad, el rebenxjue sobre la puer¬ 
ta. DON CANDIDO ha tosido; voluntaria¬ 
mente. El silencio le devuelve los ecos. 

(Por el espacio de la izquierda, se va ha¬ 
cia el campo) 



E N UN RINCON DEL TACUAR-I 


ESCENA QUINTA 


SUSANA. — 

(Por el espacio de la derecha se oye llegar 
su voz de júbilo inocente) 

¿Entonces, Doña Paula, usted estaba allí? ¿Llegó 
todo vestido de blanco, bombachas, poncho, pañue¬ 
lo y sombrero? ¡Qué raro! ¿Y se sentó solito en 
un rincón? ¿Y cuando a las muchachas les pregun¬ 
taron, cuál era el más buen mozo del baile, todas 
respondieron: El que está todo de blanco, y es Cla¬ 
ro Lima! 

(Ríe. Se les ve entrar en el patio. Paida 
adelante, llevando ambas, ropas blancas en 
las manos. Hablan mientras se acercan.) 

¿Y los hombres que dijeron? 

PAULA. — No dijeron nada. 

SUSANA. — ¿Ellos también creían que era Garó Lima 
el mejor mozo del baile? 

PAULA. — Ellos sabían que era el más guapo. Pero 

cuando él salió, uno... 

(Las palabras se ahogaron en la gargan¬ 
ta; las manos se abatieron y dejaron caer, 
en un ruedo blanco > las ropas. Así queda, ri¬ 
gidez, indecisa, frente a la puerta en la que 
está mirando brillar el rebenque.) 

SUSANA. — 

(Sorprendida ante la actitud de lo otra.) 
¿Le pasa algo? ¿Le dió algún mal? 

(Se acerca a Paula con la tierna actitud 
de protegerla con su abrazo. Todavía está de 
espaldas a la puerta, e ignora por eso su des¬ 
gracia.) 

PAULA. — 

(Con un invencible desaliento) 

Nada... a mi, nada... 


l 


— 75 — 






JUSTINO ZAVALA M U N I Z 


SUSANA. — ¿Y entonces? 

(PAULA guarda silencio; pero sus ojos 
extienden tan rígida mirada , que hacen vol¬ 
ver a SUSANA y seguir su dirección. Aho¬ 
ra es ella quien voltea los brazo ts y deja caer 
las rojxis que traía.) 

¡Doña Paula... ¿Qué es, éso? 

PAULA. — ¡Mi hijita... yo quisiera no saberlo... 

Tu madre, la Coca, Elvira... 

SUSANA. — 

(Con los brazos en alto, corriendo por la 
franja de luz . hacia la puerta en donde el 
rebenque está brillando.) 

¡No. no... yo no, Doña Paula... ¡Tata, vo no... ! 
Mis manos le alcanzan como para arrancarlo y ti¬ 
rarlo en la oscuridad, que nunca más lo encuentre. 

(Cuando asi va a hacerlo, una doloroso 
certidumbre la paraliza y allí se queda , de 
espaldas, pareciendo ahora que sus brazos 
sólo se alzaron para el ruego.) 

¿Qué hago? No, no está aqui, no es ésto... ¡Tata, 

por mi madre que estuvo ahí, muerta en esa misma 

cama... ! 

(Volviéndose hacia quien habla) 

¡Doña Paula... ayúdeme... ! 

PAULA. — 

(Con la más tierna voz; los brazos exten¬ 
didos hacia la blanca imagen de Susana que, 
mientras hable , jxirecerá el vuelo de un pᬠ
jaro queriendo escapar de aquella prisión 
de sombras y luces enrojecidas.) 

¡Mi hijita, mi hijita! ¿Cómo he de ayudarte? ¡Ya 

está ahí... ya está ahí...! ¿Quién tiene fuerzas 

para sacarlo? El que puede, sólo lo hará cuando 

haya estrujado las achiras de tu inocencia! 


— 76 — 


EN UN RINCON DEL TACUARI 


SUSANA. — 

(Su voz estará gritando el llanto.) 

. . . ¡ Pero usted ha andado por el mundo, conoce los 
hombres, sus vidas... Usted sabe el modo de sal¬ 
varme... dígamelo...! 

PAULA. — Si... yo anduve... anduve entre ellos... 
¡y no aprendí más que derrotas! ¿Cómo te va a 
salvar, quien se perdió! 

SUSANA. — Pero ahora... Usted sabe, ahora... 
dígame... 

(Vuelve n alejarse, mesándose ¡a negra 
cabellera de tal modo que el blanco vestido 
que cubre sus brazos , forma una iluminada 
corona sobre su cabeza.) 

¡Ay... yo no podré... yo no podré... Mamá es¬ 
tará allí, quieta, extendida, fría como el filo de un 
cuchillo, entre ios dos...! ¡No... no...! ¡Yo no 
quiero, mama... ! 

(Con desesperada resolución.) 

¡Vámonos, Doña Paula! 

PAULA. — ¿A dónde, mi hija? 

(Desolada) 

En todas nuestras puertas, por lejos que nos váya- 
mos, una noche cuelgan un rebenque como ése! 
¡ He andado mucho... ! 

SUSANA. — ¡ Ay... ay de mi, que nadie me protege... ! 
PAULA. — 

(Intentando de nuevo abrazarla) 

No grite, mi hija... Escúcheme... voy a pensar... 
SUSANA. — 

(La figura blanca se abate sobre la man - 
cha obscura que ya es el cuerpo de Paula. 
Sin oir lo que ésta le dice.) 


— 77 — 





JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


Mañana vendrán las vecinas, y los hombres, y mi¬ 
rarán ahí adentro, y ya no llorarán como cuando 
era Mama, ni se taparán los ojos con los pañue¬ 
los... Dirán a los gritos las peores palabras, y 
escupirán el suelo con acó... ¡Y yo estaré igual 
que Mama, tendida y quieta, quieta... ¡Ay! 

(Liara. Una súbita esperanza la anima , y 
grita) 

¡Deshedho, Deshecho.. ! 

PAULA. — ¿Qué quiere? ¿Qué va hacer él? 
SUSANA. — 

(Siempre gritando) 

¡ Deshecho... Deshedho.. . ! 

DESHECHO. — 

(Apareciendo por la puerta del galpón) 

¿ Llamaban ? 

SUSANA. — 

(Corre hacia él% señalando el rebenque) 

¡Mire, mire, usted sabe lo que es éso... ! 
DESHECHO. — 

(Detenido en un extremo distante de uiurl 
en que se ha quedado Paula) ^ 

Sí, yo sé lo que es. Más que nadie... Pero no 
puedo hacer nada. 

SUSANA. — 

(Implorante) 

¡ Sálveme... usted es hombre... ! 

DESHECHO. — 

(Su impotencia vue 1 ve rencorosa su voz) 
Yo soy un peón. 

SUSANA. — 

(Tomándole de la mano y queriendo arras¬ 
trarle • consigo) 


— 78 — 




K N UN RINCON D E L T A C U A R \ 


Venga, entre los dos lo arrancaremos de ahí! Sí. 
entre usted y yo. 

DESHECHO. — 

(Resistiéndose ) 

Aunque desaparezca la seña, sigue, lo mismo, la 
volunta que la puso. 

SUSANA. — ¡Sálveme de la voluntad! 

DESHECHO. — ¿Con qué fuerzas, señorita? 

SUSANA. — ¡ Deshecho... Deshecho... no sea malo, 
ayúdeme...! ¿No ve que apenas soy más que 
una niña, infeliz de mí...! ¿No ve que soy ino¬ 
cente... y pura...? La mañana de mi vida, caída 
y quemada por la helada de un invierno. ¡ Ténga¬ 
me piedad, Deshecho! 

DESHECHO. — ¡Señorita, ¿no oye mi apodo? Me lo 
pusieron los hombres, cuando yo era todavía más 
niño que usté. ¿Fui malo, acaso, por que mi vida 
fué así, tan triste, que puso en los labios de los 
otros, para llamarme, este apodo más mío que mi 
nombre? ¿Qué culpa tenemos? 

SUSANA. — 

(Corriendo hacia Paula) 

¡Pídaselo usted...! ¡Dígale que yo no quiero...! 
¡Ay, un fuego me quemará los ojos, y el cuerpo 
todo...! ¿Quién abre los brazos para recibir su 
desdicha?... Y el frío de Mama tendida allí, don¬ 
de yo esté... ¡Ay, pídale que me lleve... Vámo¬ 
nos los tres! 

PAULA. — ¿A dónde hemos de ir, Susana, nosotros 
tres? Una oliina vieja, curtida de revolcaría en ios 





— 79 — 




JUSTINO Z A V A L A M U NIZ 


galpones... un indio sin fuerzas... y usted... la 
inocencia, pobrecita... Cómo nos valdremos? 
DESHECHO. — 

(Como un eco de las desoladas palabras 
que . acaban de oirse) 

Y después... ¿Quién creerá que de nosotros dos, 
lia podido nacer una cosa así, como usté? 

SUSANA. — ¿Y entonces..., entonces...? ¿Ningu¬ 
no puede salvar a mi inocencia? Y aunque yo no 
quiera, estaré desvalida, ¡ ay!... y sobre mi caerá 
el sacrificio... ! 

DESHECHO. — 

(Que ha oído acercarse los pasos) 

Ahi viene. 

(Se pierde en la sombra del galpón.) 

PAULA. — 

(Entrando en la cocina) 

Voy a encender el fuego, ya es la noche. 
SUSANA. — 

(Queda de pié, caído los brazos , abatida y 
sin palabras bajo el golpe de los pasos que 
ya se acercan lentamente.) 

I). CANDIDO. — 

(Entrando por el espacio de la izquierda). 

Susana... 

SUSANA. — 

(La voz la ha sacudido como un latigazo) 
(Casi llorando) 

• 

¡ Tata... ! 

D. CANDIDO. — 

(Mientras se acerca) 

Traiga el mate. 

SUSANA. — ¿Enciendo luz? 


80 — 


E N: ÚN' RINCON D E L T A C U A K I 

D. CANDIDO. — Ya pudo hacerlo, pues. 

SUSANA. — ...como usted dice que no se gaste... 
así... 

(Entra en la pieza de la izquierda desde 
la que bien pronto sale un rectángulo de luz 
que con el que Paula acaba de avivar desde 
la cocina, arrollan a las sombras del jjatio 
hasta dejarlas sólo en las orillas de las c<i- 
sas y bajo la copa del jxtaríso.) 

D. CANDIDO. — 

(Se ha sentado en el banco de ceibo, y mr 
ra al campo. En voz alta) 

Deshecho, suelte el caballo; no voy a salir. 

DESHECHO. — 

(Su voz , alejada) 

Eso estoy haciendo. 

(SUSANA atraviesa el patio y entra en la 
cocina de donde vuelve con el mate qu& ex¬ 
tiende a su padre. Mientras él sorbe lenta~ 
mente, fija en el suelo su mirada ♦ ella a su 
espalda se enjuga silenciosamente las lágri¬ 
mas.) 

SUSANA.— Tata... 

D. CANDIDO. — 

(Volviéndose a mirarla) 

¿ Oué hay ? 

SUSANA. — 

(Arrepentida de su primera voluntad) 

No... nada... 

(De nuevo vacilante) 

¿Sabe, Tata? Yo quisiera decirle... 

D. CANDIDO. — 

(Alcanzándole el mate). 

Cebe, que se va a enfriar. 

— 81 — 












JUSTINO Z AVALA MUNIZ 


SUSANA. — 

(SUSANA va y vuelve de la cocina, ocu¬ 
pada en cebar mate. DON CANDIDO espe¬ 
ra con los ojos puestos en el campo. 

(Al tiempo de alcanzarle el mate, sintien¬ 
do sobre su mano la opresión pronunciada de 
la de su padre , no puede ya contener el llan¬ 
to). 

Yo no pido nada, nada... Ni quiero irme, como la 
Coca... ni escaparme como Elvira... aquí, es¬ 
condida, Tata, me quedaré quictita siempre, ¿sa¬ 
be?... ¡ Pero eso no... ! 

D. CANDIDO. — ¡ Cállese, mi hija... la están oyen¬ 
do...! 

SUSANA. — 

(Intentando reprimir el llanto) 

Si. me callo, «me callo... Pero, ¿no es verdad que 

no? 

I). CANDIDO. — Vaya, no llore. 

(Silencio. El de uno, pareciendo que sorbe 
distraído el mate. El de ella, de angustiada 
esperanza) 

D. CANDIDO. — 

(Entregándole el mate) 

Vamos a dejar. Gracias. 

SUSANA. — ¿Ya? 

D. CANDIDO. — No tengo ganas. 

SUSANA. — ¿Está frió,... está feo? Lo arreglo en¬ 
seguida ... 

D. CANDIDO. — No, no tengo ganas. Deje. 

SUSANA. — ¿Tiendo la mesa? La cena no debe de¬ 
morar 

D. CANDIDO. — 

(Poniéndose de pie.) 

— PJ — 


EN UN El N C O N DEL T A C U A K 


Traiga un jarro de leohe para el cuarto. Con eso 
me basta. 

(SUSA A’yl va a hacer lo que le han dicho. 
Así se la ve entrar y salir de la cocina, par" 
dirigirse con un jarro hacia el dormitorio de 
DON CANDIDO, de donde vuelve presta¬ 
mente) 

SUSANA. — 

(Intentando cnizar hasta la cocina) 

Está pronto, Tata. 

D. CANDIDO. — 

(Que le ha interceptado el paso) 
j Y usted, mi hija? 

SUSANA. — 

(Su voz tiembla) 

No... me siento mal... ¿Sabe? Me siento en- % 
enferma. 

D. CANDIDO. — 

(Le coge las manos. Simulando sorpresa) 
¿Enferma? ¿Pero si hace un rato estaba tan bien? 

SUSANA. — 

(Queriendo desasirse, y señalando el reben¬ 
que) 

Si... enferma... desde que vi... 

(No puede contener el llanto) 

Parece que me voy a morir... me ahoga la ver¬ 
güenza... el horror me corre un frío por la es¬ 
palda y me crispa las manos... 

D. CANDIDO. — 

(Con enojo) 

¡ No quiere a su padre! 

SUSANA. — 

(Intentando convencerlo con expresión 

humillada de su ternura filial) 


— ai — 





JUSTINO Z A V A L A MUÑI Z 


¡No, Tata, no... Lo quiero, sí, mucho, muchísi¬ 
mo ... 

(Se arrodilla e intenta abrazar las -pier¬ 
nas de sti padre). 

¡Me moriré aquí, a su lado, cuidándolo... ¡Pero 
así no... ! 

(Casi en un grito) 

¡ No! 

D. CANDIDO. — 

(Levantándola con un ademán en que se 
mezclan la ternura y una impaciente rudeza) 

¡Levántese mi hija, no quiero verla así! ¿Quién 

le ha puesto esas cosas en la« cabeza, diaéndole 

que está mal... ? 

SUSANA. — Nadie, nadie me lo ha dicho... pero todo 
se derrumba dentro de mi, y es como si una nube 
negra me hubiese barrido del alma, todos los sue¬ 
ños con que yo hacia feliz mi soledad. ¿Cómo te¬ 
nerlos de nuevo? 

1). CANDIDO. — 

(Con creciente enojo) 

A un extraño, a un desconocido cualquiera... en 
tonces siempre tienen apuro. Fíjese en los anima¬ 
les del campo: ¿qué huellas del mal, hay en los 
tranquilos ojos del caballo? ¡ Y lo hacen...! Sólo 
por que alguno ha venido a decírselo, usted ahora 
piensa... 

SUSANA. — 

(Con desesperación) 

¡Yo no sé... no sé nada... sólo comprendo que 

va a caer sobre mí un f uego que quemará las cán- 




— 84 — 


EN UN RINCON DEL TACUAKI 


elidas mariposas de mi cuerpo! Será como usted 
dice... ¡Pero yo no puedo, Tata...! 

(Su pregunta es un ruego) 

¿Pueden los pajaritos del cielo dejar sus alas, y 
vivir en las cuevas de los zorros? ¿Los pescaditos 
del río, descansar donde duermen los lobos? 

D. CANDIDO. — 

(Tomándola de la mano, y arrastrándola ha¬ 
cia el cuarto. Aportas tiene que hacer es¬ 
fuerzo, pues Susana, vencida de desesperan¬ 
za, ha perdido toda voluntad de resistencia. 

Así entran en la pieza) 

¡ Venga! aquí hablaremos sin necesidad de que se 
enteren los peones. 

SUSANA. — * 

(Ya va a hundirse en el rectángulo de luz 
que la puerta recuadra cuando de súbito, se 
desprende de su ixtdre y con los brazos im¬ 
plorantes, grita hacia el patio.) 

¡Paula! ¡Deshecho... ! ¿Nadie me oye? ¡Matarán 
mi inocencia! ¿Qué desgracia más grande los con¬ 
moverá ? 

(Desde atrás de la puerta, el brazo de 
DON CANDIDO se extiende hasta que su 
muño ruda coge un hombro de SUSANA, y 
la obliga a entrar. SUSANA, todavía en el 
pequeño espacio que deja la puerta al irse 
cerrando.) 

¡Ay... ! Mi grito se ahoga, sin salir del patio... ! 
¿Donde están los que no me oyen? Mi boca grita 
el espanto de mi corazón...! ¡Oiganme! * 

(La puerta se ha cernido y en la oscu¬ 
ridad que apenas hiere el rectángulo de luz 
de la cocina, sólo el silencio ha contestado al 
grito de desolación) 


a* 


— 85 — 






JUSTINO Z A V A L A M U NIZ 


ESCENA SEPTIMA 


(Al cerrarse la luz del cuarto f de nuevo 
las sombras se alargaron cubriendo el patio. 
Y como si en ellos aquellas se hubieran cor - 
porizado y adquirido voz , desde el galpón y 
la cocina avanzan PAULA y DESHECHO 
hasta encontrarse y uno en cada orilla , junto 
a la puerta por donde sale el rectángulo de 
luz roja. 

(PAULA traerá en una mano la caldera 
y el mate; en la otra un pequeño baneo , que 
recostará a la pared. EL DESHECHO trac 
el cigarro encendido. Se hablan mientras sor¬ 
ben el mate teniendo entre ellos la luz.) 

PAULA. — 

(Mientras alcanza el mate a EL DESHE¬ 
CHO) 

¿Oiste ? 

(Se sientan) 

DESHECHO. — 

(Cogiendo el mate y sentándose) 

Oí. ¿Qué iba a hacer? 

PAULA. — ¡Pobrecita! 

DESHECHO. — Sólo loco... 

PAULA. — ¿Cuántas de estas cosas, estarán pasan¬ 
do?... Y vos mirás y oís caer la noche, y el 
silencio es tan grande, que parece que pudiera 
oírse hasta un suspiro. Mirá, en cambio, cuántos 
gritos estará ahorcando en sus ramas. 

DESHECHO. — Mismo. 

PAL LA. — Y bueno:.. Siquiera ella no tendrá hijos... 
DESHECHO. — Ya no tenía madre... 


- 86 — 





EN UN RINCON DEL TACUARI 


PAULA. — Una... que los tuvo y fué dejándolos por 
los galpones, a la orilla de los caminos... ¡ Duro es 
que le maten los sueños de una.. . pero los hijos... ! 
DESHECHO. — ¿Tuvo muchos? 

PAULA. — Yo no era más grande que Susana y, aun¬ 
que me ves y no creas, una buena moza como elía. 
¿Te acordás aquella estancia de azotea rosada, del 
otro lado del Infiernillo? 

DESHECHO. — ¿La de los'Qiiicos? 

PAULA. — Esa. Yo habla ido pa muchacha de aden¬ 
tro. El hijo ya era un -mozo. Bueno.... la 
cuestión fué que una noche lo vi entrar en mi 
cuarto, y me agarró así, como una cosa que estaba 
allí pa él. Te digo: en la oscuridad, yo me arrollaba* 
de vergüenza... pero en la frente me bailaba como 
una lucesita alegre de esperanza. ¿Alguna vez él 
me lo habría adivinao en la mirada? 

DESHECHO. — Hay hombres con olfato de perro. 

PAULA. — Si... me había agarrao con la brutalidad 
con que vos agarrás una cosa cualquiera, ya digo. 

¡ Pero olía como no huelen los hombres de los 
galpones! 

DESHECHO. — No conocen el sudor del trabajo. 

PAULA. — Eso es. Con que a la mañana siguiente, yo 
esperé verlo solo en los patios, llena de alegría y de 
miedo. ¡ Me iba a mirar con unos ojos parecidos a 
la voz de la noche!... Y me habló y me miró, pa 
pedirme el mate, como a una perra desconocida! 

(Con sorda rabia) 

Aquella era la realidad! 

— 87 — 












JUSTINO Z A V A L A MUNIZ 


DESHECHO. — Pues claro. 

PAULA. — ...Pero mal iba cayendo la nochecita, otra 
vez la esperanza me iponía aquella luz en la frente, 
y lo esperaba en mi catre, olvidada del día, y feliz. 

(PAUSA) 

Hasta que amaneció un día, que me sentí pesada... 

DESHECHO. — Estaba visto. 

PAULA. — ¡Qué vergüenza...! Me parecía que lo 
había traicionao... En mis entrañas de sirvienta, 
yo tenía un hijo de patrón; ¿comprendés? Mas, 
¿qué culpa era la mía? 

DESHECHO. — Seguro, que ninguna. 

PAULA. — Sí, seguro... Pero aquel, ¿iba a ser up 
•hijo de sirvienta o de dueño? ¿Podía ser de los 
dos? ¡Y era mío! ¿Y el padre?... Una noche, 
mientras les servía la cena, él y sus padres estaban 
mudos y preocupados. Me parecía que nie miraban 
ípor abajo de las pestañas; y un peso me ahogaba 
el corazón, mientras me temblaban las manos. 

DESHECHO. — ¿Se habían enterao? 

PAULA. — Yo recién lo supe a la otra mañana, cuando 
estando solas en las casas, la madre me tiró al 
patio mis ropitas, y me edhó al camino... Ya iba 
por el campo, y sus palabras bárbaras me seguían 
pegando en las espaldas, como piedras... 
¿Comprendés ? 

DESHECHO. — Siempre pasa así. Tenía que saberlo. 

PAULA. — No; eso hay que aprenderlo, siempre, una 
misma. Yo le había dao el alma, te lo garanto. Poi¬ 
que cuando una vive así, en la inocencia en que yo 


— 88 — 


r 


EN UN RINCON DEL TACUARI 

vivía hasta aquella noche, siente que en cada pcda- 
eito del cuerpo le está temblando de alegría y de 
miedo, el alma misma. Y él me agarró como q lien 
dice, pisoteando todo lo que yo me había figirao 
que fuese la vida en el momento en que se dá iodo 
lo que se tiene. ¡Tanto había pensao, sólita!: ¡qué 
alegría voy a sentir cuando entregue lo único y lo 
mejor que tengo... y la de él, cuando alargue los 
brazos, pa recibirme! 

(Con encono contra su pasajera emoción) 
Bueno; eso son bobadas. 

(PAUSA) 

Pero después, ¡las nochecitas que vi llegar, inquieta 
de esperanzas... y los días que pasé, humillada en 
la verdad de su trato! Y aún así pensaba que aqu - 
lio era el amor; una cosa ácida y dulce. Ahí teñe >. 

DESHECHO. — Y es, más o menos... Digo yo... 

PAULA. — Pero cuando me echaron, con el hijo de di 
en el vientre... ¿Cotnprendés bien, Deshecho? 

DESHECHO. — Yo conocí a mi madre muy de gurí • 
sito. Me acuerdo verla sentada en una piedra de ur 
camino; yo tirao a sus pies mirándola y ella con 
la calieza cáida sobre el pecho. Y todavía el cielo 
pesándole sobre la cabeza... Después... me dió. 

PAULA. — Así fueran los míos; también daos. 
DESHECHO. — 

(El fogón se ha ido cubriendo de ceniza, 
de tal modo, que apenas si ya proyecta luz 
sobre el patio) 

¿Tuvo otros, a más de aquél, entonces? 


— 89 — 






JUSTINO ZAVALA M U N I Z 


PAULA. — Sí, que se yo! Los hombres me agarraban, 
o yo misma me daba... ¿Sabes?, buscaba algo que 
había perdido en la estancia de los Qüicos... Pero 
era al ñudo. Yo me daba hasta como con rabia, y 
nunca más el alma se me asomaba a los pedacitos 
de mi cuerpo; quedaba como más atrás, escondida. 
Y vinieron los hijos... ¿Oué iba a hacer con ellos? 
Los entregué pa que sufriesen e¡n manos ajenas, 
por un pedazo de galleta, y una jerga en que 
tirarse. 

DESHECHO. — 

(Las últimas palabras han herido algo en su 
intimidad. Intentando desviar el diálogo) 

Va a salir la luna. 

. (Desde entonces, y a medida que las pala¬ 

bras vayan desnudando a quellas dos almas , 
sobre sus figuras de sombras se irá acen¬ 
tuando un rayo de luna, hasta volverlos una 
dolorida realidad.) 

PAULA. — ¿Sabés, Deshecho? Eso sí que es dolor. 
¡No poder tener un hijo entre los brazos... De¬ 
jarlo, quién sabe adonde! 

DESHECHO. — Uno piensa en la madre... ¿Por 
donde andará? 

PAULA. — Ver en otras estancias castigar a los guri- 
sitos, y el corazón se le encoge a una, pensando en 
los suyos. ¿También les pegarán así? Y es como si 
nos lastimasen el cuerpo, los golpes aquellos. 

DESHECHO. — Cuando a uno lo han cruzao de un 
rebencazo, sin que lo quiera le viene a la boca el 
grito ¡madre mía!... ¿Pero pa qué, si ella no oye? 


— 90 — 


1* N UN RINCON DEL TAC U A R I 


PAULA. — ¡ Lo que pasarán, en esas noches de invier¬ 
no, cuando llegan empapaos del campo, y no tienen 
un trapito pa cambiarse! Y a ocasiones una tiene 
una ropita caliente pa darles... ¿ Pero dónde están? 

DESHECHO. — Ya después que se es hombre, mismo 
hasta se olvidan los malos tratos que le han dao. 
Aquel gusto de sentir la libertá... Por que aunque 
sea en la miseria, ¿sabe?, la libertá es una cosa 
que hasta que uno no la tiene, no puede decir que 
es un hombre. 

PAULA. — Ah, claro. * 

DESHECHO. — Pues si; se olvida mío de aquellos 
tratos. Pero le queda siempre adentro, como un 
montón de besos que ocasiones hasta parecen abri¬ 
garlo, si señor. Y piensa el cristiano: ¿ Y nunca, 
nunca la podré encontrar pa dárselos? ¿Y ahora 
que estará viejita...? 

PAULA. — Cuando ellos recién empiezan a llamarnos, 
¡justo es cuando una los deja al costao del camino... ! 

(Con humilde gravedad) 

¡ Ahí está lo que una sabe, y no puede andar di¬ 
ciendo! 

DESHECHO. — 

(Como un eco) 

Ahí está... 

PAULA. — 

(Con acento conmovido) 

¿Vos Deshecho, aunque seas hombre y nunca la 
haigas visto, como la llamarías? 


— 91 — 






JUSTINO ZAVALA MUÑI Z 


DESHECHO. — 

(El escondido niño que hay en él, asoma 
a sus labios) 

Madre... ! 

PAULA. — 

(El más hondo atnor está en sus labios) 

¡ Hijo mío..,! 

(La puerta del cuarto se ha abierto violen¬ 
tamente, y en su claridad ha asomado DON 

CANDIDO.) 

D. CANDIDO. — 

(Gritando con enojo) 

¿Qué hacen ahí? 

DESHECHO. — 

(Por primera vez su voz es enérgica, aun¬ 
que contenida, ante el patrón) 

Prosiando un poco. ¿Tampoco esto, se puede? 

D.- CANDIDO. — 

(En el mismo taño de antes, y al tiempo 
de cerrar la puerta.) 

¡Apaguen ese lueguito... ¿Para cjue lo quieren? 
Y acuéstense a dormir. 







TELON 


M 


N E 


Sobre un ancho sendero que se abre paso desde el 
campo hasta el río, que se supone cercano, clarea una 
luz de luna llena que a izquierda y derecha da a los árboles 
del monte criollo, formas fantasmales. 

Ninguna mano de hombre alineó aquellos mim¬ 
bres, sauces, arrayanes y molles, que entre ellos luchan, % 
torciendo sus troncos, alzando sus ramas, en busca 
de la porción de luz y de lluvia que las altas copas de 
los que a su lado han crecido, intentan quitarles. Sólo 
aquel sendero descendiendo desde la elevada barranca 
que oculta al río extendido al fondo de la escena, re¬ 
cuerda el ya lejano paso del hombre. Lo abrieron .los 
monteadores sin aguardar la época propicia; y es así 
como, por la muerte dte los árboles que sus hachas 
troncharon, quedó la ancha huella de su paso que húme¬ 
das gramillas cubren apenas. 

Cuando los hombres llegaron hasta allí con sus 
hachas, sólo lo hicieron buscando los árboles más vigo¬ 
rosos, rectos y elevados, para abatirlos. Necesitaban 
horcones y cumbreras para sus techos, leña para el 
hogar. Por eso el camino que hicieron en el monte, ha* 

— 93 — 









JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


ce apretados circuios, se abre de pronto, otras veces se 
pierde, y por fin, se ve ensandharse sobre el lomo de ia 
barranca que cierra el ceñido paisaje, tan alto como las 
copas del primer plano. 

Las sombras que se alargan sobre el suelo, trepan 
por los troncos, anuncian una luna ya bajando por la 
curva de un cielo de donde su plena luz ahuyentó a las 

estrellas. 

La cercanía de la madrugada, 'asi como tanta cla¬ 
ridad lunar, lian alijerado el sueño de los pájaros y le- 
ventado imprecisos y múltiples rumores bajo las copas 
a las que la brisa del día |,ue va a llegar, mueve 

levemente. 


ESCRNA UNICA 


DESHECHO. — 

(Apareciendo con señales de evidente can¬ 
sancio. De una mano pende el rebenque. Bus¬ 
ca algo en que sentarse, un tronco seco, y 
al hallarlo se acomoda sobre él, mientras se 
quita el sombrero y enjuga el sudor de la 
frente.) 

¡ Aaali... ya no puedo más ! 

(Comienza a hacer un cigarro.) 

Pero a este hombre, ¿quién lo hace volver?... 

Venir a dar en ésto... 

(Enciende el cigarro. Aspira el humo y lo 
exhala lentamente, distraído en su pensa¬ 
miento). 

¡Con lo trabajador que era... y lo fuerte... ¡ Pero 

amigo, fué hacerse de plata, y el hombre comenzó 

a aflojar... Y le dió por estas cosas. 

— 94 — 




EN UN RINCON DEL TACUARI 


(Después de quedarse un instante en si¬ 
lencio, expresa la duda que no pudo resolver¬ 
se en su frente.) 

¿Fue por que dejó de arar la tierra y trabajar co¬ 
mo cualquier cristiano que le vino este vicio, o fue 
por que le vino que ya no trabajó más como un 
hombre ?... ¡ Vaya a saber! 

( Pausa) 

Pa mejor hasta se volvió un mísero. Y era un 
hombre de buena índole... ! 

D. CANDIDO. — 

(Su voz llamando) 

Deshecho... Deshecho ¿te has dormido? 
DESHECHO. — 

(Sin volver la cabeza) 

Estoy aquí. 

(Para sí misma) 

Bien podia dormirme un rato; ya llevamos dos días 
caminando al ñudo. 


D. CANDIDO. — 

(Asomando. Trac en la mano su reben¬ 
que de plata y sobre un hombro el poncho de 
verano. Ha perdido el aplomo con que se le 
viera en los patios de su casa. Pero apesar 
del cansancio que se advierte en toda su fi¬ 
gura, una volimtad ardiente, hasta lo febril, 
lo mantiene de pié y alerta. Dirigiéndose ha¬ 
cia donde está su peón.) 

¿No has visto nada? Yo he recorrido toda aquella 
parte del monte, y no hay ninguna huella. 

DESHECHO. — 

(No intenta disimular su desgano) 

No; no vi nada. 


— 95 — 





JUSTINO ZAVALA M U NIZ 


D. CANDIDO. — 

(Con la angustia en la voz y en los ojos) 
¿Vos crees que se (haya ahogado? 

(Señalando hacia donde corre el río) 

Ua laguna es muy honda y muy sucia. 

DESHECHO. — Yo digo que se ha huido... como las 
otras. 

D. CANDIDO. — 

(Implorando a la realidad que el otro ha 
expresado, para que no destruya así su es¬ 
peranza.) 

No... ésta no, Deshecho! Yo -la conozco bien; le 
he mirado adentro de los ojos; le he oído hasta los 
sueños... No, ésta no! Sé lo que te digo... Mirá: 
le he visto, he tenido su corazón como en la palma 
'de la mano. 

DESHECHO. — 

(Imperturbable ) 

¿Quién agarra la llama, y la guarda en la mano? 
Se le ve el resplandor, se le siente el calorcito; se 
alza del tronco; pero en el aire baila y se escapa. 
El agua moja, y se queda empapando las cosas; la 
llama quema, y sigue libre en el aire. 

I). CANDIDO. — 

(Con reproche) 

Vos no querés acompañarme a buscarla. 

DESHECHO. — 

(Se pone de pié lentamente) 

,Yo hago lo que usted manda. Pero creo lo que 
pienso. 



EN UN RINCON DEL TAC U A R I 


D. CANDIDO. — 

(Alejándose hacici el fondo. Gritando) 
¡Susana... Susana... ¿Donde está*? ¿No oís qu- 
te llamo? 

DESHECHO. — No grite Don Cándido. ¡Así es al 
nudo! Si se le escapa, ¿va a venir por que la llame 
a los gritos? 

D. CANDIDO. — 

(Sin hacer caso de lo que acaban de decirle) 
¡ Susana... hija mía... volvt*... ! ¡ Tené compasión 
'de este viejo. Aunque sea ahora, estos últimos días 
que me quedan sobre la tierra, que ( no me faltes 
vos! Perdí a tu madre, a tu hermana, a la otra... 
No te escapes vos también, Susana...! Si estás 
aquí, por mucho que te esconJ s te buscaré !a noche 
entera, y mañana y otro día... 

(Desde lejos &e oye un alargado silbido de 
llamad i. Volviendo hacia el Deshecho; anhe¬ 
lante.) 

¿Oíste? ¿De qué lado viene? 

DESHECHO. — 

(Escuchando hacia la distancia que señala) 
Parece que de la llanura. 

(De nuevo el silbido, más próximo y prolon¬ 
gado, repite sus ecos bajo las bóved s de los 
Arboles) 

D. CANDIDO. — 

¿Oís, oís? 

(De nuevo gritando) 

¡Susana... ¿Estás aquí? Decime, voy a buscarte... 


— 97 — 




JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


UNA VOZ. — 

(Desde la misma distancia , con igual acen 
to de dolorido cansancio con que sanaba el 
silbido.) 

Siga... siga... siiiga... 

D. CANDIDO. — 

(Detenido sobre el sendero) 

¿Qué es esto, Deshecho? ¿Vos lo oís? 
DESHECHO. — El puntero de una tropa que ha de ir 
por la llanura. Los hombres van aprovechando la 
fresca. ; 

D. CANDIDO. — 

(Sentándose en el tronco en que antes 
estuviera El Deshecho. Con gesto rendido 
de fatiga.) 

Si tuviéramos un mate... i Estoy muy cansado! 
DESHECHO. — Van dos días que no paramos. Los ca 
ballos ya no dan más. 

D. CANDIDO. — 

(Vencido por el desaliento.) 

Vos has visto: Les he dado todo cuanto podían pre¬ 
cisar; fui mezquino conmigo y con ustedes; con ellas 
nunca. Cerré mis porteras con candado, y viví como 
si no hubiese más mundo que el de nuestros patios. 
Ya no trabajé más, ni me importé de nada, por ro¬ 
dearlas y cuidarlas... Y •; ya ves¡ .. hasta ésta tan 
tímida, tan tierna, cuando creí que iba a ser mía par¿ 
siempre, ¡también escapa! ¿Qué cosa las llama así, 
para que me abandonen? 

DESHECHO. — 

(Con acento de piedad.) 

Y... Don Cándido... cosas, mismo. La idea, digo yo. 


— 98 — 


EN UN RINCON DEL TACUARI 


(Pausa) Una vez, de gurí, agarré un pajarito que re¬ 
cién empezaba a volar. Con que lo tuve unos cuantos 
días, alimentando, acariciando, haciéndole nidito en 
mis manos. Y aconteció que una mañana, cuando ya 
lo creía acostumbrao a aquella suave prisión que eran 
mis manos, viéndolo tan arrolladito y como sin fuer¬ 
zas, las abrí pa darle sol y acariciarlo.... Con que 
cuando acordé, alzó o! vuelo v se me perdió de vista, 
tan libre como el aire... 

(Con grato resignado.) 

Sí, no hay modo de guardar prisioneras ciertas cosas. 
La idea.... 

D. CANDIDO. — 

(Vuelve a ponerse de pie. Su gesto nd ~♦ 
quiere de nuevo la tensión de un acecho 
esperanzado y angustioso. Después de un 
instante. Con la más sorda, voz.) 

¿ Sentís? No te muevas... escucha. Se acerca! ¿No 

sentís sus pasos? 

(A medida que habla, su espíritu oscila¬ 
rá entre los términos de angustia de la es¬ 
peranza y el temor de equivocarse.) 

(Así va, pisando apenas, extendidos los 
brazos de uno a otro lado, según su oido 
enea percibir la dirección en que avanza el 
murmullo.) 

¿Habla con alguno? ¿Vos no oís, Deshecho? 
DESHECHO. — 

(Su voz tiene la firmeza de la realidad.) 
¿Quién se va a acercar, Don Cándido? 

D. CANDIDO. — 

(Con ira que tiembla en su apagada voz.) 

¡ No grites así, desgraciado! ¿Querés correrla? 


1 


— 99 — 



JUSTINO Z A V A L A MUNIZ 


DESHECHO. — 

(Sin intimidarse.) 

¿ Pero no ve que es el ruido del viento en los árboles? 
(Intentando convencerlo.) 

Vamos, dejesé de buscar al ñudo. Mire como se va 
la noche ; este es el viento de la luna que ya va a entrar. 

D. CANDIDO. — 

(S?i razón se extravía por instantes. Así 

grita.) 

¡ Susana... Susana... ¿no tne reconoces? Es mi voz 
que te llama! Aquí estamos, buscándote... 
DESHECHO. — Yo no, usté la busca; vo estoy, como 
siempre, en mi trabajo. 

D. CANDIDO. — 

(Volviéndose, colérico.) 

¡Vos no servís para nada, Desdehecho! 

DESHECHO. — No sirvo, pa esto. ¿Qué estamos ha¬ 
ciendo aquí? ¿Ha perdido la calreza. que ya ni reco¬ 
noce la voz del viento, la forma de lo? árboles, el can¬ 
to de los pájaros? ¡Siente un silbido en la noche, y 
ya se o'vidó que es un hombre que va cruzando en su 
trabajo? ¿Dónde está usté, don Cándido, que ya no 
enriende estas voces? ¿No nació entre ellas, dígame.. 
T>. CANDIDO. ¡Calíate, desgraciado! ¿Asi. cómo la 
vamos a hallar? La que hay es ue vos no queros se¬ 
guirme. . . . 

DESHEHO. -— ¿Pero no ve que estamos perdidos, que 
nos liemos extraviao dando vueltas en el mismo lu^ar? 
D. CANDIDO. _ 

(Otra vez la esperanza pavo angustia 
en su gesto y su voz. Extiende la mano he r- 
eia El Deshecho mandándole callar.) 






— 100 — 


EN UN RINCON DEL TACUARI 


A ver... ¿Sentís ahora? ¿No es un llanto?... 
DESHECHO. — Es la viudita, que canta. Ya viene ama¬ 
neciendo. . 

( Bondadoso.) 

Sígame; yo conozco el rumbo, soy baqueano. Cuando 
quiera abrirse el día, estaremos va en el camino. 

D. CANDIDO. — _ . 

(Con dolorido reproche) 

¿No vé, no ve? ¡Así me pagas. .. con esta ingratitud. 
¿Me dejás solo, entonces? 

(Con violento enojo.) 

•; Sos un descastado! 

DESHECHO. — 

(Enardecido por el insulto.) 

¡ Don Cándido! 

D. CANDIDO. (En el mismo tono.) 

No podes negar que no conociste a tu gente.. . 

DESHECHO. — 


(Ha olvidado que allí kan un patrón y 
un peón. Sólo siente al hombre que hay en 
él y en el otro.) 

¡Sí, llámele a mi madre, como quiera; la miseria, si 
gusta. Pero así mismo nos 'ha lastiimao el cuerpo, ma.> 
no manchao el alma. ¿Y usté? 

(Con asco.) 

¿No ha manoseao lo más débil y delicao que tenía? Y 
aura grita.... ¡ Susana, Susana! Le dió vida... la 
crió y cuando todos la veíamos tan linda, ¡ esto! 

D. CANDIDO. — ¡Todos son lo mismo! 

DESHECHO. — ¡Todos! Tenemos los mismos ojos, can¬ 
saos de mirar tanta injusticia y miseria; las mismas 
manos, duras del trabajo; los mismos pies, curtidos de 
pisar tanta tierra... 


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¡ti. 


■ 




ix 

IV 


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-• - 


1 


— 101 — 


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 


D. CANDIDO. — Y la misma ingratitud, por qué no 

decís? 

DESMECHO. — Y la misma boca callada, tantos años, 
pa no decir lo más fuerte que sentimos; por fidelidá 
de perro, no más. 

(Amenazante.) 

Si yo hablo...; 

D. CANDIDO. (Avanzando hacia él.) 

■¡Deshecho!... ¿Te olvidás quien soy' 

DESHECHO. — 

(Imperturbable.) 

Lo estoy viendo; un hombre como yo. De carne y 
güeso. 

D. CANDIDO. — 

(Reaccionando contra■ la injusticia de su 
propio enojo. Conciliador.) 

Bueno, indio; ¿vamos a pelearnos, ahora, nosotros? 
Cuando más amigos tenemos que ser. .. Si no nos 
valemos uno al otro, ¿quién nos va a ayudar? 
DESHECHO. — 

(Con el acento de su vieja amistad por 
D. Cándido.) 

Eso digo yo, pues. 

(Intentando convencerlo para que lo si~ 
ga.) 

Vamos, Don Cándido. El trigo está maduro, y será 
giieno cortarlo. Y sobre el rastrojo, mismo, se puede 
plantar algo aprovechando el buen tiempo. Sígame. 

D. CANDIDO. - (Con 

sorpresa) 

¿ No ves que soy tu patrón ? 

DESHECHO. — Pero yo soy el baqueano y conozco el 

rumbo. 




— 102 — 


EN UN RINCON DEL T A C U A R I 


I) CANDIDO. — Pero Deshecho: ¿a qué ese apuro? Yo 
soy el que manda; y si no te apuro.... 

DESHECHO. — Sí; pero yo soy el que siembra. Y la 
planta no nace cuando usté manda, sino a su tiempo. 
Después. . . tengo tierras nuevas que romper. 

(Señalando la copa de los árboles en las 
que se va haciendo un rojo resplandor.) 

Mire; ya está amaneciendo. ¿Vamos? 

D. CANDIDO. — 

(Con desolada amargura.) 
i Lo que hay, es que no querés seguir buscando! 
DESHECHO. — 

(Alejándose ya.) 

¿Qué hacemos aquí? 

D. CANDIDO. — Buscamos a Susana, Deshecho... 
DESHECHO. — ¿Pero no ve que es al ñudo? Si usté 
mismo la perdió, ¿cómo va a volver? Usté todavía es 
fuerte, patrón... rumbiemos pa nuestra tierra. 

D. CANDIDO. — ¡Te has empeñado en volver a la tie¬ 
rra. 

DESHECHO. — Pa empezar de nuevo. 

(Se detiene. Confía en que el recuerdo 
vencerá a la obstinada voluntad infeliz de 
Don Cándido.) 

Acuérdese!... antes vivíamos como cantando! Usté 
y yo casi iguales... 

D. CANDIDO. — 

(Al tiempo que el otro hablaba ♦ él se 
alejaba con pasos rápidos por la curva del 
senderOy y ya desde lo alto de la barranca ♦ 
extendiendo un brazo hacia el río» grita.) 

¡ Deshecho, Deshecho. .. vení, vamos juntos a bus¬ 
carla ! 


, > , 


— 103 — 



JUSTINO Z A V ALA M U N I Z 


(La alegría tiembla en su voz.) 

¡ M'irá, allá va... Le veo su vestido blanco, huyendo 

como garza por el pajonal. ¡Mi hija!... 

DESHECHO. — 

(Mirando en la dirección que el otro se¬ 
ñala.) 

¿ Pero no vé que es la cerrazón que el amanecer está 
tendiendo sobre la tierra? 

(Señalando en la dirección opuesta.) 

Mire allí; ya la luz se está abriendo sobre los campos. 

(Extrañado.) 

¿No ha visto pasar eso, siempre igual, toda la vida? 
D. CANDIDO. — 

(A punto de lanzarse desde la barranca 
rl río. En alto los- brazos, con una dramᬠ
tica alegría en la voz.) 

¡Susana.. . Susana! ¡ No dispares, yo seguiré buscán- 

. dote!... 

DESHECHO. — 

(Gritándole con piadosa angustia.) 

•; Mire a sus pies... pierde la tierra... e! río lo arras¬ 
trará ! 

D. CANDIDO. — 

(El mundo ya no tiene voz que él pueda 
o ir.) 

; Susana. Susana, huyes como una garza... ¡ tan blan¬ 
ca'... pero vo te alcanzaré. 

(El deshecho se miel ve de espaldas pa¬ 
ra no ver la desgracia de una caída que ya 
no puede evitar.) 

(Sobre el sendero; en los ojos del peón, 
se aviva la luz nuevxt del día anirnecíendo.) 

TELON 



104 — 












.\irsicA Dk la canción i>kl acto sk<;i \oo 






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sculpa de este 
P E N D I C E 


1:1 público de Montevideo conoció el gro¬ 
sero atentado que contra la dignidad y liber¬ 
tad del pensamiento, pretendió cometer el 
gobierno dictatorial de Gabriel Terra y con¬ 
tra “EN UN RINCON DEL TACU ARE’. 

Lo que acaso ignora, es el silencio gtic 
entonces biso la prensa capitalista, dictato¬ 
rial o no, de Montevideo, sobre este episo¬ 
dio del gobierno de tinos hombres que trai¬ 
cionaron a la República y sojuzgaron cutre 
nosotros a la Democracia. 

El autor de la obra, reaccionó como debía 
ante el gobierno; pero se encontró desvalido 
de toda solidaridad de los periodistas de las 
grandes empresas que dicen, como él, luchar 
entre nosotros por la libertad. 

No molestó su ánimo el grosero ataque 
enemigo, ni amenguó su ardiente esfuerzo 
de combatiente antifascista, la soledad cóm¬ 
plice en que le dejaron los amigos. 

Porgue para combatir a las fuerzas reac¬ 
cionarias y antihumanas que aquéllos repre¬ 
sentan, es que él escribe y vive. V porgue, ¡a 
ausencia de solidaridad en defensa del pue¬ 
blo, no duele a guien la padece, sino a qo En 
la niega. 





__ dejar historiado este aleccionador episo¬ 


dio. 



sufríante del pueblo y de lo más noble te 
su- cultura. l )c estas voces, son las que se re¬ 
cogen en este APEND1CH. Bien Amenta¬ 
mos no haber podido, por distracciones ele 
¡a lucha, haber recogido a todas las que en¬ 
tonces se oyeran desde las trasmisoras •tí 
radio, desde los pequeños periódicos del in¬ 
terior del país, y desde las revistas literarias. 

Desde estas tribunas desinteresadas de! 
pensamiento libre, el autor sintió llec/a r ¡e la 
autentica voz del pueblo. 

]’ ello bastará para su limpio orgullo Je 
luchador, si le hubiera faltado un solo ins¬ 
tante, la serena convicción de que no deben 
dolé ríe, ni le duelen, las heridas de un com¬ 
ba te por el buscado para el servicio de los 
oprimidos. 

Lo que de bueno y de malo entonce i 



registrado. 

Cuatro campesinos cayeron, una maña¬ 
na del verano a el 35, destrozados por la- 
metralla que sobre el campamento revoht 
ciona.no arrojaron aviones del gobierno de 
Terra. 

Lite a la ordla del río de florecidos-espi- 


DISCULPA 


DE ESTE APENDICE 





aillos sombreando los ¡/rondes lagunas ilu¬ 
minadas. 

Cuando se ha visto caer asi a los rom 
pesinos muertos tan traidoramente, y se les 
ve vivir bajo explotaciones tan míseras. 
¿cómo hemos de emplear la vida y el pensa¬ 
miento. cu cosa que nos distraiga de c<e 
dolor y del deber de redimirlos? 

Un destino ineludible, tiendc'Udes de ce¬ 
rrazón a los que quiere perder. Tal fue lo 
que pensó y piensa el autor de “EX UN 
RINCON DHL TACUARI”, de los que 
atacaron al pensamiento, con su hecho c su 
silencio. 

Mientras tanto, el AMANECER ya se 
abre sobre los campos de esta joven Améri¬ 
ca de nuestra esperanza. 

De su luz, vencedora, son las 't oces que 
en este A P EN DICE se leerán. 

LA DIRECCION 


ATENEO DE MONTEVIDEO 

La mes» directiva del Ateneo de Montevideo ha 
resuelto adherirse al homenaje de desagravio que le tri¬ 
buta la intelectualidad nacional al escritor .Justino Za- 
vala Muniz. expresándole su solidaridad frente a la in* 
consulta resolución que prohibió la representación de 
mi obra “En un Rincón del Tacuarí" y la alta estima en 
que tiene su persona y su obra. 

Firman: Drs- Eduardo Aeevedo. Luis Giordano. Artu¬ 
ro -f. Dubra. ; 

A I A P E — Periódico 


En el homenaje y desagravio «ju*• se realizó en el Ate¬ 
neo el lí‘ de .Junio, estuvieron presentes para asegurar al 
autor de “En un Rincón del Tacuarí’’ que la razón, la m«- 




— H» — 



DISCULPA DE ÉSTE U’EXUICE 


ral y la justicia están de su parte, el Ateneo de Momo- 
video, la ATAPE. Ja ETAP, la organización de Escrito¬ 
res del Interior, núcleos políticos y culturales de todas 
las tendencias. La poetisa Luisa Lulsi y la doctora Clo¬ 
tilde Luisi de Podcstá. representantes genuinas de una 
feminidad libre y esforzada, hablaron cm nombre de los 
organizadores del homenaje y de la AfAPE, respectiva¬ 
mente. Carlos Deleioppo y Julio E. Suarez hicieron pre¬ 
sente la adhesión de los Escritores del Interior, y do la 
ETAP. Se recibieron numerosos telegramas de los es¬ 
critores y amigos dispersos en la campaña: sería impo¬ 
sible reseñar aquí las adhesiones recibidas. Transcribi¬ 
mos algunos párrafos do las más ignificativas. Hombros 
cuyo esfuerzo en el arte nacional abarca casi una vida, 
como Emilio Frugoni. Montiel Ballesteros, Emilio Ori¬ 
be, Bernabé Michelena, Carlos Prevosti. Arzadum. testi¬ 
moniaron idéntica adhesión que los jóvenes escritores 
y plásticos, unidos por e| mismo espíritu de justicia y de 
amistad. Las palabras de Justino /avala .Muníz que ce¬ 
rraron c| acto, hicieron sensible la emoción del instan¬ 
te y la alta conciencia de que fueron cumplidas mena¬ 
je ras. 

ARZARELLO, SOFIA 

Siéndome Imposible asistir a esta fiesta de 'Oiidaridad. 
pido se me tenga presente. 

-No tuve oportunidad de ver en escena "En un Hin¬ 
cón del Tacuari”. a cuyo autor debemos férvida gratitud 
por su vida de luchador y por su perdurable poema “La 
Cruz de los Caminos". El derecho a la tierra, causa sa¬ 
grada de toda América, tiene en /avala Muníz a uno de 
sus más dignos poetas. 

Toda América no; que ahí está Méjico, donde Telé- 
maco ya ganó la batalla. Esa batalla que en la obra do 
Justino /avala Muníz vemos alumbrarse en potencia, 
aún. en sueños, que son actos. Batalla fallida, de los sue¬ 
ños de justicia en "La Cruz de los Caminos”. Pero Amé¬ 
rica los efectuará un día. victoriosamente. 

Entonces, de éste poema será el romanee épico don¬ 
de el hombro libre de la América, reconocerá el pasado 
tremendo: Cn la exactitud de los personajes, le será po¬ 
sible reconstruir a sus antepasados. In superviven***** *le 


DISCULPA DE ES JE APENDICE 

im cruento drama secular que siendo historia parecerá 
leyenda. Y todos querrán ser descendientes de Telémaco. 
venir de él como el hijo üe las venas del padre, porque no 
habrá herencia más honorable que la del blasón del pue¬ 
blo, tener aunque sea un dedo de su madera de mártir. 

AGRUPACION BATLLISTA AVANZAR 

Éste episodio, grotesco en su forma, pero brutal en 
su contenido, es una nueva etapa del retroceso civiliza¬ 
dor, — en cuanto niega libertades y amplia y reparadora 
.iusticia a las masas humanas, — que se opera acelerada¬ 
mente en el inundo. Como “En un Rincón del' Tacuarf* 
muestra al desnudo un cuadro brutal de la realidad so¬ 
cial, de miseria o impotencia, pero acusador, era preciso 
que las clases dominantes, cuyos vicios sobrepasan los 
más subidos tonos, sustrajeran del conocimiento público, 
calificando de pornográfica (que no es otro el sentido de 
la franja verde) lo que os una pura manifestación artísti¬ 
ca al servicio del pueblo. 

■i r - ‘ m 

BERTULLO JOSE L. 

Grito de Solidaridad a Justino Zavala Muniz. 

Desde aquí, nuestro grito de solidaridad, a Justino 
Zazala Muniz. Figura erguida de las letras americanas. 
Por el atropello,,que viene de donde tenía que venir. 

Su última obra, “En un Rincón del Tacuarf’, solo 
resistió dos representaciones. Una disposición con sus 
cuatro herraduras — al decir del camarada Figueredo — 
lqvantó cartelera verde, velando por la moral de "ellos”. 
No conocemos la obra, [pero nos basta su procedencia. 
Creada por un valor de acrisolada honradez. Puestas sus 
energías y creación, al servicio de los oprimidos. 

Nuestro grito, que no es solo. De todos los escritores 
y de los que sienten hermanados en la defena de la cid- 
tura. De todos los que luchan por días más claros para 
nuestro pueblo. Grito unánime, levantado junto a la car¬ 
telera verde. Grito que se extiende y se apodera de toda 
conciencia honrada, que sabe de la honradez de Zavahi 
Muniz, como hombre y como escritor. 









DISCULPA 1>L ESTE APENDICE 


Grito cilio a sanare y fuego marra la época y el tama¬ 
ño d© la pequeñez do los fascistas criollos. 

Verdad sangrante, sin falsos tapujos, ni hojas de pa¬ 
rra, tiene que ser ésta de '‘En un Hincón del TacnalT’, 
para haber desatado la ira de los mercachifles, al servicio 
de una inoral en decadencia. 

Solidaridad con Zavala Muniz, por su actitud valien¬ 
te. Este nuestro grito; estas, nuestras palabras de solida¬ 
ridad. frente al brutal atropello caído en una figura 
ejemplar y recia de la literatura contemporánea. 

DEL CHIOPPO ATAHUALPA 


Antes dijimos que el narrador se interfería con el 
autor teatral. Pero cuando sustraído al relato Zavala 
plftota un hecho en escena, lo hace con una gravedad 
dramática erizante, de intensa plasticidad, con esa fatali¬ 
dad aulladora e ineludible que se cernía sobre algunos 
personajes do la tragedia antigua. No podremos olvidar 
fácilmente el segundo acto, logrado, como antes dijimos, 
hasta el momento en rpie el viejo ('Andido arrastra im¬ 
placablemente a su última hija, en quien va a cumplirle, 
como en las otras hermanas, el destino fatal de su inmo¬ 
lación. Y esta inmolación brutal espantó a muchas gen* 
tes. gentes de esas que no toleran la infamia ni la injus¬ 
ticia sobre la escena, pero (pie permanecen indiferentes 
ante esa* misma* injusticias cuando las consagra la vida. 
Zavala Muniz. escritor honrado, no podía escamotear la 
verdad ni darle soluciones de falso pudor al asunto. Sus 
personajes al llegar a cierta altura, a medida que se in¬ 
tensificaba t»l “crescendo” de la acción, fueron perdiendo 
su apariencia específica de pobres seres, para estructu¬ 
rarse genéricamente en pueblos dominadores y bárbaros 
unos, y otros en pueblos acorralados por el crimen y la 
destrucción: ya Don Cándido no es Don ('Andido, sino la 
expresión brutal do los estados agresores cuyo pueblo es 
sojuzgado por la mano prepotente del amo y señor que 
Jo levanta en vilo para convertir en juguete de determi¬ 
nados Intereses, y del instinto jamás ahitado <le poseer 
para destruir. Ni la tierna muchacha, su hija, os ya su 




DISCULPA DE ESTE APENDICE 


hija sino aquellas tristes y heroicas colectividades, (“hiña. 
España, Etiopía inmoladas ante la conciencia de brazo- 
cruzados, en este caso el Deshecho y Paula, que ya no son 
Paula ni Deshecho sino aquellas graneles democracia- 
cuyo proceder dubitativo las convierte en cómplices de los 
verdugos. 

Pero ciertas personas no toleran que el teatro tenga 
una salida hacia la vida ni hacia, la verdad. Ellas son sor¬ 
das de alma para la injusticia y el crimen, ¿('óino va el 
teatro a recordarles eso que lograron olvidar en la reali¬ 
dad? Sin embargo no debieran desaprovechar esa única 
oportunidad que les ofrece el buen teatro de dignificarse 
sufriendo y de sentirse llamadas por la solidaridad- 

Hubo también quien halló inadecuada la calidad líri¬ 
ca con que Zavala hace hablar sus personajes. V bien; 
son esos mismos que cuando el autor le da la realidad del 
a unto, no la quieren aceptar, v cuando esa realidad es 
enaltecida por un tono de “arte mayor *, cuando por*me¬ 
dio de su arte el autor dota a los personajes de lo que la 
vida niega generalmente a ciertos seres: la calidad ex¬ 
presiva, entonces sí le exigen realidad. Es decir le exigen 
vulgaridad. Poique quienes así dicen yerran una vez más. 
Están condenados a que la realidad se les escape siempre: 
en esto caso la realidad estética latente en el fondo de 
toda alma. 


Y para culminar, la autoridad que discierne sobre la 
moral en el arte no sabemos con que ejecutoria, cruzó de 
verde esta obra. Ello hubiera bastado para que el espec¬ 
táculo hubiese obtenido grandes ganancias, beneficiándo¬ 
se el autor económicamente. Media ciudad se hubiera vol¬ 
cado para presenciar lo que de prohibido le adjudicaban 
n la pieza. Entonces Zavala Muniz, que con su obra había 
ya demostrado hasta dónde puede llegar la injusticia, re¬ 
tirándola del cartel demostró hasta dónde puede llegar 
la moral. 

Se ha pretendido detener la voz de un creador que nos 
retrotrae a la gran época de nuestro teatro, aquel de 
Sánchez que entrañaba una crítica de la injusticia social 
(breemos percibir en Zavala aquel sentido, la linea d<* 
aquella ilustre trayectoria, con las variantes que han su¬ 
frido los problemas tanto en lo social como en lo estético. 




— 113 




DISCULPA DE ESTE APENDICE 

• - 
T *-í; 

Lo injusto y desconsolador os que se haya pretendido 
desautoriza) - a un autor que intenta revitalizar nuestra 
producción escénica, dándonos un teatro que nos nos hur¬ 
ta la vida sino por el contrario nos la pone delante con 
todo su patetismo, como un llamado a las conciencias o 
como un espejo de angustia que refleja el drama de nues¬ 
tro tiempo. 

“Acción” 

/' ' ¿Tí 

Dante M. 

Tampoco es a usted » quién voy a exponer la belleza, 
la inquietud, el anhelo propulsor de su pensamiento ta-. 
jante y luminoso, de su valentía, tan infrecuente en la 
hora contemporánea del teatro, y que en ella se desborda 
con plenitud, y sin llegar a rozar el suelo, donde los pa¬ 
rias arrastran su miseria y el dolor de su injusticia, vuel¬ 
ve a las alturas trazando un arco de luz. No es a Ud.. le 
decía, a quien debo exponer el contenido que plantea ni 
las sugerencias que emanan de ella, ni serán mis palabras 
un motivo de halago para usted. Es afuera, frente a la 
incomprensión caprichosa o torpe, que, no gustándome 
como “La Cruz de los Caminos”, la defiendo más, mucho 
más, por su entereza, por su médula, que deja en el cora¬ 
zón un sabor do amargura, y un resplandor de protesta 
en el espíritu. 


EL PLATA 

El hondo drama que presenta Zavala Muniz. 

Es evidente el intento del señor Justino Zavala Mu¬ 
niz en su nueva comedia “En un Rincón del Taeuarí”, de 
utilizar sus personajes, extraídos allá de la lejanía de los 
campos, para planteamiento de un hondo problema social 
Aquellas figuras que se mueven en la escena y que se 
mantienen dentro de los limitados contornos que ofrece 
el patio de la vieja estancia, no se agitan para exhibirnos 
tan solo un episodio desgarrador, cruel v desagradable 
que tortura el espíritu, ni pava demostrarnos, por cierto, 
la posibilidad de la existencia de un caso íreudiano más. 
agravado por la enrarecida atmósfera donde se desarrolla 




DISCULPA DE ESTE APENDICE 


y por un sentido de la propiedad y de la posesión que se 
manifiesta en Don Candido. considerado con derecho a 
disponer de las cosas, de las vidas y hasta de las más ín- 
t luías* ilusiones que lo rodeai* en forma que no recono¬ 
ce cortapisa ni límite que no pueda sobrepasar. El autor 
lia aspirado a algo distinto: ha pretendido que sus figuras 
fueran adquiriendo, al través del desarrollo de su tragedia 
un carácter simbólico que las apartara de la realidad 
cruelmente objetiva que se presencia, para encaminarlas 
por el terreno de las sugestiones y alentarlas entonces 
con un soplo de protesta enérgica y de reivindicación ge¬ 
nerosa. He querido exhibir las injusticias de una sociedad, 
a su juicio, corrompida, que marcha, como el Don Cándi¬ 
do de “En un Rincón del Tacuarf* hacia el desmorona¬ 
miento a que lo conducen sus propias miserias. Tal es el 
pensamiento básico y fundamental de la tragedia qué 
acaba de estrenar el señor Justino Zavala Muniz, que tu¬ 
vo. para expandirse, que perder contacto con la realidad 
limitada que le ofreciera el marco estrecho del patib de 
la estancia donde actúan sus personajes. 

v. 

' M _ 


¿Logró el señor Zavala Muniz reflejar sobre su obra la 
total grandeza que se propusiera? Tal vez el acierto que¬ 
dó en parte frustrado o disminuido, por el tono de los 
medios de expresión adoptados en algunos pasajes y co¬ 
mo consecuencia también de una interpretación que le 
restó elementos para que su pensamiento surgiera con to¬ 
lla la claridad indispensable como para que el espectador 
captara integralmente la finalidad orientadora de la tra¬ 
gedia. Hay situaciones donde la potencialidad dramática, 
la hondura del significado del episodio que se presencia, 
excluyen la posibilidad adecuada de toda literatura que. 
a pesar de la belleza que encierre, atenúa, por lo que pue¬ 
da distraer, ei sentido de dolor, do desgarramiento, de 
sublevante desesperanza que acaba de provocarse. Domi¬ 
na tanto el pensamiento, es tan amplio el horizonte de 
sugerencias que se croa, que las palabras, por Helias que 
sean, incomodan... 

Y ese exceso de frases hermosas oscurecen en cierto 
modo el pensamiento que, cuando menos, se posterga a 


—(T 




~ — 115 — 






DISCULPA DE ESTE APENDICE 


un plano secundario. en instantes en que pata su claridad 
absoluta, para su percepción integral, sería menester li¬ 
berarlo de toda interferencia. 


Los personajes de Zavala Muniz en En un Hincón 
del Tacuarí" no tienen, en su mayoría, una luz exterior 
viva, pero sí. en cambio, lina vida interior que es la «pie 
resulta necesario desentrañar... 


“En un Hincón del Tacuarí” *v< i« obra de un escritor 
de pensamiento, rjue se lia visto obligado, al desarrollar¬ 
lo. a afrontar situaciones de una crudo rudeza, desacos¬ 
tumbrado dentro de i as expresiones del teatro contení* 
poráneo. v agotar a la vez bi amargura desgarradora de 
un drama, donde la- almas aparecen como pis iteadas en 
el sometimiento a un destino cruel e injusto. 

TOP. 


“EL BIEN PUBLICO” 

“En un Rincón del Tacuarí” — El estreno de anoche 

.Justino Zavala Muni/. volvió anoche a presentar una 
nueva muestra de esa su actividad literaria orientada 
bacía la escena, que comenzara con "La Cruz de los Cami¬ 
nos". 

Esta nueva producción. "En un Hincón del Tacuarí’’. 
vuelve a revelar en el intelectual compatriota una preocu¬ 
pación por exponer problemas que atañen fundamental¬ 
mente a nuestra campaña, desde un ángulo social. 

A primera vista parecería que "En el Hincón (leí 
Tacuarí” no tuviera este enfoque, puesto que el prota¬ 
gonista y quienes lo rodean actúan desde el principio 
hasta el fin en un piano determinado de la actividad 
del sexo. Pero y esto salva, en lo primordial la obra 
toda la acción que expone el pavoroso problema del 
incesto en nuestra campaña, posee, a nuestro entender» 
una clara y definida impronta de la inquietud por la 
triste situación de nuestro hombre de campo, de nuestra 
familia campesina. 


— 116 — 



DISCULPA l>K KSTK A PENI) K K 


K> csr el problema qm- lustino /avala Mimiz «I«• I>i«» 
abordar con su capacidad y con sus condiciones litera¬ 
rias. Kl del incesto que plantea en su obra, lio posee el 
alarmante rasgo de generalidad del otro. Tiene, en camba», 
la escabrosidad inherente al propio terna. Y si “Kn un 
Rincón del Taeuarí" no es solamente escabrosa sino 
algo más. «¡o debe, indudablemente a esa sana intención 
«¡ne ha guiado if! autor - copio así mismo al cuidado que 
ha tenido do ofrecer una escenificación, que no atentara 
contra la moral y el buen gusto artístico. Pero, a pesar 
de todo, no alcanza, como es natural a escapar de esa 
i-atura! y lógica escabrosidad.' 

Además, pudo /avala Muniz exponer en el desventu¬ 
rado padre esa morbosidad sexual repugnante, pero en¬ 
tonces no esa permanente exhibición del morbo, sino mez¬ 
clado eon una natural complejidad do factores psicoló¬ 
gicos alterados o no que por fuerza tiene todo ser 
miman o. Ks difícil imaginar, en efecto, on la realidad di¬ 
ta vida a un ser que únicamente sea eso: un incestuoso- 

Su rasgo patológico mezclase- necesariamente con 
otros. Y éstos a lo menos algunos, debieron hacerse pre¬ 
sente en la figura miserable de don Cándido. 

Paula, la desgraciada mujer de nuestra campaña, que 
de estancia en estancia va arrastrando su triste destino 
(por aquello que acabamos de decir, de la casi imposibi¬ 
lidad en que se baila nuestro paisano de organizar una 
familia), es. ella, si: la viviente realidad de la situación 
social que /avala Muniz pudo haber entilado con decisión. 

Kn tres actos se desenvuelve esa "crónica campesina . 
como la llama su autor. Kl primero, merecería más la ca¬ 
lificación de "prólogo” que de “acto”. Todos los persona¬ 
jes no hacen sino una cosa - contar. Cada uno le va expo¬ 
niendo al espectador todo lo que sabe del asunto. Y eso 
no es precisamente un acierto de técnica teatral- Kl se¬ 
gundo más vigoroso y con mejores valores, alcanza por 
inoment.es un hondo dramatismo, bien logrado merced no 
>ólo a la fuerza explosiva de Susana, personaje" acertada¬ 
mente logrado, sino también a la elocuente plasticidad de 
la escena, muy bien decorada y jugada en sus efectos lu¬ 
minosos. Kl último acto, breve debió vibrar más fuerte¬ 
mente. No fué así. sin embargo. 






mSCUl/PA DE ESTÉ Af’KNblC'J'. 


Eueera de algún valor simbólico, bien bailado, <*1 res¬ 
to es un tanto dóbil y carente del color que impone el mo¬ 
mento. 

EL DIARIO. Montevideo 

.Sólo con franja verde podrá representarse “En un Rincón 
del Tacuarí”. — Una disposición que sanciona la pro¬ 
ducción estrenada anoche en el Solís— 

En nuestra crónica teatral damos cuenta del estreno 
de la obra de Justino Zavala Muniz “En un Rincón del 
Tacuarí” estrenada anoche en el Teatro Solís. Como podrá 
apreciarse por dicho comentario, se trata de una obra que 
merece serias reservas por el espíritu que la ha inspirado 
y por la enfermiza y abyecta inspiración de su protago¬ 
nista. A 

La Intendencia Municipal en la tarde de hoy, coinci¬ 
diendo absolutamente con nuestro juicio, ha resuelto que 
dicha obra sólo podrá representarse con franja verde, es 
decir, advirtiendo que no se trata de un espectáculo re¬ 
comendable y del cual deben abtenerse de concurrir las 
señoras y señoritas en nombre de una moral elemental. 

El autor de la obra, ante esta sanción moral de las 
autoridades municipales, ha resuelto retirarla, represen¬ 
tándose esta noche por últimá vez. 

EL HERALDO 
La Franja Verde 

. El municipio de Montevideo ha calificado de pornogrᬠ
fica la última obra teatral de Zavala Muñí/. So conoce¬ 
mos “En un Hincón del Tacuarí” pero sabemos de la je¬ 
rarquía intelectual del insigne autor de “La Cruz de los 
Caminos" algo conocemos de la historia del arte, y, so¬ 
bretodo. no ignoramos los puntos que en la maL r?a cal/a 
la gente de Dagnino . . . 

Y de todo ello inferimos lo que va a divertir a la gen¬ 
te, en un porvenir cercano, esa hoja de parra que la pudi¬ 
bundez dagninista ha pretendido ponerle a la obra ríe 
nuestro insigne compatriota. 

EL PUEBLO de Santa Lucía 


Zavala Muniz habió con conceptos profundos, plenos di» 
belleza. V no era un vencido el que hablaba... 


— 118 







DISCULPA DE’ ESTE \ PENDICF 


Y dijó una amarga verdad; No le extrañaba lo* de la 
franja verde, porgue los citie la aplicaron han sido y vson 
sus enemigos. Le extraña el silencio, ei entregamiento de 
esa gran prensa frente al inicuo despojo de que Pabia >i- 
do víctima, nada más que porque era un hombre de la 
oposición. 

Se han callado las páginas políticas de la gran pren¬ 
sa y se lian callado también a excepción del crítico dé 
“II Día”, muchos críticos teatrales autores algunos 
también — que por un deber de solidaridad debieran de¬ 
tender, no a Zavala Muniz un Hombre que sabe defender¬ 
se solo, sino a su obra, a ese grito de rebeldía y de dolor 
de la hija mancillada, que hien puede ser, una nación o un 
continente, en vez de una mujer, y ahí está el verda¬ 
dero sentido social del drama como han sabido defen¬ 
derlo Basso Maglio, González Pacheco, Frugoni, Caporale 
Scelta y otros pocos artistas e intelectuales. 

EL DEBATE 

“En un Rincón de Tacuarí” de Zavala Muniz. anoche en 

Solí* 

‘ En un Rincón del Tacuarí”, de Justino Zavala Muniz, 
estrenada anoche en Solís ante una gran éspectativa, nos 
hizo recordar la “Anfissa" de And releí. En la obra de es¬ 
te famoso escritor ruso hay un personaje, el esposo de An- 
fissa, que es todo un pervertido: no respeta el parentes¬ 
co. Y en la nueva pieza del señor Zavala Muniz, al revés, 
iiay un padre degenerado que es el violador de sus pro¬ 
pias hijas. Sólo que mientras Andréief no hace alarde de 
presentarnos a su protagonista como un ser fatal, sino 
degenerado, el señor Zavala Muniz nos quiero exhibir a 
su don Cándido como un hombre desdichado sobre quien 
se ensaña la fatalidad. Y eso no puede ser. El protago¬ 
nista de “En un Rincón del Tacuarí” es, para nosotros, un 
ser repugnante, degenerado hasta la médula, digno de la 
cárcel o más digno de una clínica médica. 

Menos mal que al final, en el tercer acto, atenaceado 
por el remordimiento, se mata y se justicia por sí 
mismo. Se Ve que ei señor Zavala Muniz ha querido revi¬ 
vir la tragedia antigua con que los griegos clásicos ponían 
a la fatalidad como protagonista. Ese don Cándido no es 




LÍW \)E liSTK U ÜNDiCE 


oouio Kdlpo que, sin saberlo,' se une cua una mujer de sti 
propia sangre, no os como Fedra que ignorándolo, se tía a 
un ser que lleva >us mismas entrañas. No, el don Cándido, 
concientemenie y a sabiendas, marchita la inoeeneia de 
sus propias iiijas. tres nuevas “malqueridas". V don Cán¬ 
dido, al final del primer acto, igual que Edipo. maldice la 
fatalidad infame que posa sobre él . . . ¿Fatalidad? No. 
degeneración. Por eso “En un Hincón «leí T.tcuarí" re¬ 
solta obra un poco descarnada, de especial manera el fi¬ 
nal del segundo acto que es la exhibición velada de un 
estupro. El lenguaje de "En un Rincón del Taeuarl" es 
muy florido, a veces poético y siempre elegante, acusan¬ 
do la presencia do un escritor virtuoso, pero ese lenguaje 
no es natural a las escenas: dijé rase que es el lenguaje 
tímido del autor puesto en boca do personajes rústicos y 
en un ambiente campero inadecuado al tono elevado y 
literario de la obra. Pieza que pretende repetimos, sin 
conseguirlo, reunir la tragedia antigua resulta asaz con¬ 
versada. abusando las palabras y escaseando la acción, que 
;> veces es lenta. 


FRUGONI EMILIO 

Mayo 25 de iy.ií<. 

Sr. Justino Zavala Muniz 

Mi estimado amigo: 

Anocdie oí por radio pues no puedo concurrir desje 
hace tiempo a las funciones teatrales su formidable dra¬ 
ma.) Aún sin la colaboración de la impresión visual, sin 
tener el espíritu agrarrado por el marco - que cierra y 
abre perspectivas de los escenarios, sipo frente a frente 
con la sola y pura angustia do la palabra separada del 
gesto, como aquella llama suelta de que habla uno de sus 
personajes, la emoción honda y ruda de la tragedia anti¬ 
gua golpeó Jas sienes y me estrujó d corazón ¡Qué fuer¬ 
za elemental y caudalosa contiene ese conflicto de instin¬ 
tos y de almas que pudo no haber sido más que un repug¬ 
nante cuadro de miserias humanas y en cambio se vuelve 
en sus manos una llaga de luz que alumbra cavernas mo¬ 
rales y abismos sociales con relámpagos de poc<ía y estre¬ 
mecimientos de angustia! El episodio lamentable y real es 
allí tan solo el tronco rudo v retorcido de un enorme ár- 


— 120 — 


blSd'Li’A Dé ÉSTÉ .U’ÉX’DKi; 


l »< * i «le arte cuy a sombra abarca horizonte.'. pues el >rn(¡<in 
profundo del drama se extiende, desde e! rincón del Ta- 
euarí a todos los rincones del mundo, llevado por las alas 
del símbolo. 

Pero nada vale tanto en su obra como la sígniticación 
de desbarrada autenticidad humana que palpita en esos 
'eres lineales cogidos por el embate de dos corrientes: la 
cíe la barbarie, donde la naturaleza hace del hombro un 
bruto, y la de la civilización, que castiga y anonada a 
quienes se lanzan ciegos a la libertad de su< impulsos. 
Kn este trozo de nuestros campos Vd. lia resucitado el 
terror de la tragedia griega, con sus incestos fatales; 
pero con un sentido de crudeza, mejor, de crueldad con¬ 
temporánea ni que no es tampoco ajeno el imperio de la 
Fatalidad, latente en las olas oscuras del instinto y !a per¬ 
versión. 

Le agradezco, pues, ese sacudimiento espiritual que 
eleva nuestro teatro a alturas hasta hoy no tocadas. Y ¡ó 
felicito, naturalmente, sintiendo acrecido el sentimiento 
de admiración que ya me había inspirado toda -u obra de 
novelista y dramaturgo. Ks para mí una satisfacción muy 
grande y un deber al mismo tiempo, expresárselo a quién 
como Vd, está, por la pureza de su vida política y por las 
inquietudes de su conciencia de hombre público, tal alta¬ 
mente colocado en mi estima y tan cerca «le mi espíritu. 

(Quiero así mismo manifestarle que me lia sorprendido 
la (Jnterpertación «pie la compañía Carnuia-Palitos ha 
hecho de su drama. Va sabe Vd , que sólo lie podólo juz¬ 
garle en sus valores fonéticos, ¿ligárnoslo usi. .Acaso, 
tratándose de actores nacionales, e.-a <ea la minera de 
juzgarlos más peligrosa para ellos. Los lie hallado nota¬ 
bles. Cantiña, con su dicción cte vh.*jo paisano llena de na' 
turalidad y aplomo, comunicaba una impresión de vida 
real cuyo dramatismo era perfecto. Ks un amigo a quién 
sigo siempre con interés en sus andanzas artísticas y 
cuyos triunfos me hacen feliz. E' «le su creación *en el 
papel de don Cándido es «le las que no Ae discuten. Muy 
bien dichas, admirablemente dichas en algunos pasajes, 
las partes de las atrices. .Cómo narrar mejor el sueño «le 
Susana, cuya intención trascendente y cuya belleza for¬ 
mal me entusiasmaron? 


— 121 





DISCULPA J)J.; este APENDICE 


GONZALEZ PACHECO RODOLFO 
¡Ganaremos! 

Quizás convenga decir y, por lo pronto. m<> convie¬ 
ne a mí-.- a (pie he venido a Montevideo. Me sabría mal 
une creyeran que es por turismo. Por bolla quo sea vues¬ 
tra ciudad, la hora del mundo os tan gravo que distraer 
la mirada acariciando paisajes es inoonc.lencia o sarcas¬ 
mo* Y si lo. exterior lio puede ganar la vida do quien >a : 
ho que ello no es más que ün reflejo do lo Interior, su 
distensión o su voz. .tampoco puede ganármela un sen¬ 
timiento que, por muy noble que sea es, en estos momen¬ 
tos do tanto rencor y angustia, también un Jujo. Ha¬ 
blo de la amistad que me une a /avala Muñí/, escri¬ 
tor magnífico. Ni por recrearme afuera, ni i»or reman¬ 
sarme adentro, estoy aquí. Todo eso es bueno y sagrado: 
pero hay algo más urgente: la pelea» La batalla que. yo 
sabía que iba a ser, o a desatar, el estreno de su obra 
“En un Hincón del Tacuarí". 

• Estoy aquí por El Deshecho y j»or Paula. Elos son 
el /panorama del mundo. Ahora y antes; los amigos que 
yo vine a ver y a .oír. Es en sus corazones que yo que¬ 
ría remecerme, como una piedra en una honda: on si; 
humildad .que yo quería recostar, como en el padre y la 
madre, mi pensamiento cansado. De ellos quería extraer 
lo que he extraído: tuerza e impulso para volver otra 
vez fresco a la‘ vida, con más razón de pelear que siem¬ 
pre y que minea. 

Cnanto a la “franja verde”, yo lo sabía; sino en el 
concreto mismo do un ¿olor sobre un programa, en el 
disgusto que tenía que suscitar en los que Viven para 
ofender y humillar a las Paulas y Deshechos. Verdes, 
como aguas paradas, los Don Cándidos de aquí, iguales 
i los de allá y todas partes, tenían «pie removerse cu 
sus fondos, verdes sus bilis. Yo lo sabía. 

Es la contienda on que estamos' los que queremos 
que hablen la verdad y la justicia, y los que no - quieren 
que hablen, o hablen bajo una mordaza, v j 0 que pasó 
se sabe: el revelador de estos dos amigos nuestros no 
permitió que .<e ciñera a sus bocas la coyunda que ya 
les ciñe las almas. Y los sacó del escenario a la calle, 
de la ficción a la vida; del papel de intérpretes, que ha- 



122 






DISCULPA 1)K KS I IS APKMDICK 


( Jim sobre las tablas, a hombres'y mujeres que son alió¬ 
la (Mi nosotros. Si. No os literatura ni desproporción: 
o somos Deshecho y Paula, protestas (le carne y lujoso, 
o somos todos, aún los castos y las vírgenes, unos mons¬ 
truosos Don Cándido. Esta es la diyunt : vn o», que nos 
ha puesto Zavnla Muníz con su obra. 

Sé, o croo saber, algo también ele teatra lefias; poco 
■dentó que no es ahora el momento ele la contempla¬ 
ción o la exágosis. Como no es de la amistad o el pai¬ 
saje. ¿Quien se para a ver pañales, su riqueza o su mise¬ 
ria miando ríe o llora un niño...? Ve éste, o no ve na¬ 
da. Con las plantas en la tierra, pasa igual. Vemos su 
tronco o su copa, sus flores o sus espinas; su vida abier¬ 
ta o vibrante de poderío o de gracia. Es lo que yo he 
visto en “En un Hincón del Tacuarí’. Una verdad pode 
josa, al punto de hacer trivial toda otra meditación. 

Por otra parte, toda la grandeza es así: inhibitoria 
de pequeneces estéticas o sociales, moralistas o esco¬ 
lásticas. Todo eso es tiempo, ayer u hoy, y las creacio¬ 
nes verdaderas son espacio, el mundo y siempre. 

Obra grande. Es cuanto puedo decir del compañero 
Zavala .Muníz. Cuando nos (lió i» alegría do su lectura, 
pensamos: VCómo. . Y este hombre notad que no 
digo este escritor ni este amigo este hombre va a 
atropellar a los Don Cándidos do la otra banda, y noso¬ 
tros. viejos atropelladores, no hemos de ir a mirar y 
oír. si el caso llega, ponernos a su lado?. 

No podía ser. Y no filé. Podrán inhibirnos todo: pa¬ 
noramas y amistades, arte y amor; pero la contempla¬ 
ción o complicación, en las peleas por la justicia, nó! 

Y por eso y para eso, saltamos de orilla a orilla. Por 
El Deshecho y por Paula. Por su humildad ofendida y 
su redención, que nos angustia la sangre, como a los 
creyentes les angustia Dios. 

Lo demás, censura o franja, qué vale?... <on áme¬ 
los contra el sol, mordiscos al viento, línea en el aire, 
l.a vida, la luz, la corriente es (1o estos. Ganarán espa¬ 
cio y tiempo contra toda oposición oficiosa n oficial, 
contra todos los Don Cándidos. ¡Ganaremos?. 



% 





123 








mSCULl’A DE ESTE A l’KNI >!Ci'- 

GUIBOURG, EDMUNDO 

f 

Calle Corrientes — "Crítica Buenos Aires. 

Moral de arriba 

En Montevideo las autoriades pretendieron obligar 
a una compañía criolla a que anunciase como no con¬ 
veniente para menor»-* v para familias la obra que aca¬ 
baba de estrenar y el autor prefirió retirarla del car¬ 
ie!. no obstante la acogida calurosa que había recibido. 

El autor es Jtivtino Zavala Muniz. el nobilísimo dra- 
n aturgo de "La Cruz de los Caminos”, y a nadie podrá 
sorprender que un intelectual y un artista de su enver¬ 
gadura renuncie a un éxito antes de aparecer como 
quien lo buscase mediante recursos pornográficos. 


V da la circunstancia más que significativa que a Jus¬ 
tino Zavala Muniz -e le tiene, no sin razón, por un ene¬ 
migo del régimen reaccionario instalado en el país veci¬ 
no; enemigo peligroso como militante y como escritor, 
('leyóse naturalmente que tratando de vulnerar al escri¬ 
tor en su prestigio, se disminuía al enemigo; lo (pie no 
deja de ser torpe Ilusión frente a la solidez de la reputa¬ 
ción. Y se pensó sobre todo en dañarlo de cualquier ma¬ 
nera, aplicando una intolerancia más que arbitraria, que 
Ja simple fuerza autoriza, sin recapacitar, por cierto, en 
el acrecentamiento de popularidad que van a procurarle 
con el desmán. 

Zavala Muniz. en su calidad de poeta reclama el dere¬ 
cho a la libertad de expresión; las crudezas que puedan 
contenerse “En un Hincón del Tacuarf’ van en la cuenta 
de los privilegios naturales que. en este caso, vienen a 
chocar con una forzada pudibundez no ya al eterno tar- 
tuíismo de nuestras sociedades mojigatas, sino la fingida 
austeridad de gente de cuartel y comité, doblada de ce¬ 
ní 1 incomprensión. 

Es curioso verificar que en otro país, desde donde se 
ofrece al mundo el ejemplo del desconcepto do todo sen¬ 
tido de la libertad, el gobierno coloca en el index a un fa¬ 
moso dramaturgo. Se ni Benelli, mientras la prensa sumi¬ 
sa al régimen que no soporta oposición, solicita con sor- 


124 






DISCULPA DE ESTE APENDICE 


vil elocuencia que <*e investiguen a fondo las opiniones 
Políticas de ese autor, harto sospechoso de antifascismo y 
por lo tanto merecedor do la prisión o la deportación. 


Cuando la tiranía esgrime la moral, no ataca ni por 
asomo a los infames explotadores de la rrapnlosldnd; hie¬ 
la* a los artistas. 


Atengámonos a consignar opiniones de quienes han 
visto y oído “En nn Hincón del Tacuarí" y hablan le esa 
obra ron limpidez de criterio y ron autoridad moral. In¬ 
telectual y artística, si deseamos comprender en m mag¬ 
nitud el atropello de que acaba de ser víctima un escritor 
ruyps prestigios honran al Cruguay. 


Se sabe con qué decoro el dramaturgo de "La Cruz do 
los Caminos*’ se negó a aceptar la mancilla que contra su 
nueva obra quería imponer el gobierno, al obligar la fran¬ 
ja verde que significa allí que un espectáculo no es apto 
para familias. % 

La franja verde es un recurso que ciertas compañías 
usan y otras reclaman a veces para salvar sus finanzas 
mediante el incentivo do lo psicalíptlco. No ignorando la 
rectitud v la austeridad a toda prueba de un artista prís¬ 
tino como Justino Zavala Muni.z. el gobierno d“l Uruguay 
quiso aplicarle un sambenito difamatorio. ¿Cómo no se re¬ 
capacitó en (pie un escritor do esa calidad, que sabe vivir 
en la más severa pobreza, tío podía aceptar dinero de bo¬ 
letería que le llegase a título indigno? Zavala Muniz re¬ 
tiró de inmediato “En un Hincón del Tacuarí”; frustrando 
las renovadas esperanzas de los empresarios y la resonan¬ 
cia de su reacción frente al estúpido desmán bu cubierto 
de ridiculo a un gobierno de fuerza. Y se ha puesto en 
evidencia que por parte de éste sólo se trataba de enlo¬ 
dar a un temible enemigo de ¡a dictadura. 

El baldón se vuelve contra quienes pretendieron 
arrojarlo. 

4 GIORDANO, LUIS 4 

Quiero expresarles, por ésta, mi adhesión entusiasta a 
•ate homenaje o desagravio haciendo votos porque se fra- 


— 125 - 







DISCULPA DE ESTE APENDICE 


te de llevar a cabo un acto de gran extensión, en el que 
se signifique el valor artístico de “En un Rincón del Ta- 
cuarí" - a fin de determinar en el público un movimiento 
de interés sobre los verdaderos valores de esa obra. Obra 
que caída en un medio indiferente y hostil, falto de com¬ 
prensión y mojigato, ha tenido el alto destino de merecer 
ja condenación de la crítica hipócrita y farisaica. 

JESUALDO 


Algunos se asustan de que so maten en frío en algún 
punto de la tierra a determinadas personas. Pero no per¬ 
miten que se denuncie la muerte continua de! hombre 
mismo de cada uno. que se esté vaciando de lu/ a los ce¬ 
rebros. que se esté ahogando en la miseria humana dia¬ 
ria a todas las criaturas que al fin terminan siendo esos 
fantasmas, “sombras de mujeres”, “cuerpos do hombres”... 
que pretenden hasta manejar nuestros destinos. El dra¬ 
ma subsistirá, mientras la muerte del hombre se realice 
matando su espíritu, su esencia misma, su raíz misma. 
Portille este burguesismo, feudallsta, imperialismo, ab¬ 
sorción ismo. porque . ste Don Cándido, os y será mientras 
exista, el perfecto verdugo de la criatura humana. Porque 
el hipocritlsmo tiene en él su figura y transfigura. Por¬ 
que ese cinismo que nos taladra el alma y roe ia carne se 
mira en sus ojos, se oye en su voz. habla por sus palabras. 
.Porque esta Susana es la eterna criatura mancillada, la 
desnudez que la visten por hipocresía. la creación cuya 
lengua cortan, la achira que se vuelve seca y descolori¬ 
da por la basura que ¡e arrojan encima”, la margarita que 
se siembra para que la coma el cerdo. Es la gana de g’ ! 
tar y el grito mismo “Nadie me oye" - y la implacable 
sordera, la risa de la sordera implacable, ia mueca de la 
risa de la sordera implacable. 


No podía quedar impugno porque en el otro la.lo está 
el “Amanecer” de los Deshechos, ese en que el hombre 
asga los ojos de bruma que le crearon; en que carne y 
hueso están frente a frente, y los sentidos se hartaron, 
y la conciencia de los sentidos puros guía al Deshecho 
sobre simas de espanto y sabe ir ron pié de flor, portille 


126 — 





DISCULPA DE ESTE APENDICE 


e< el baqueano, y conoce el rumbo ¡el único que lo co¬ 
noce! — y apura su marcha ahora porque “es el que siem¬ 
bra y la planta no nace cuando manda el hombre, sino a 
mi tiempo”, y porque además “tiene tierras nuevas que 
romper”... Y como ha nacido a la luz tiene el paso segu- 
o. la mirada fija, la voz detonante. 

Porque ahora es como antes. El último que se ha 
vuelto primero. Y tiene la voz aquella que todo * liguen... 
Y eso es la muerte de estos bastos sentidos, la cuchilla 
-obre el cuello de Don Cándido, la segura figura dél tiem¬ 
po nuevo Porque su marcha es profecía y asombro de la 
hipocresía que' tiembla en cada ojo que baja el párpado, 
cansado, mordido, entonces. ¿Tenéis miedo de miraros en 
vuestros propios ojos, o es que nunca visteis la profunda 
maldad (pie en su fondo había? 

Y todavía la garza.. 

Trasmutación de la Inocencia perdida, que la oscura 
conciencia quiere salvar, tu garza, mi vuelo... la compa¬ 
sión dulce y celestial, último llamado a la conciencia des¬ 
truida. Pero para los Deshechos ya no hay simbojogta^ 
que valgan: ni la dol rebenque del señor feudal ni la de 
la garza del Rey Lear perdido entre el bosque, entre su 
propia conciencia, “bosque sin horas”... porqué aquella 
garza, que no podrá más nunca serlo, no es más que ce¬ 
rrazón. “la cerrazón que el amanecer está tendiendo sobre 
la tierra” y allí mismo “la luz se está abriendo sobre los 
campos”. 

Jesualdo. 


LUISI, LUISA 

Justino davala Muniz: los organizadores do este ho¬ 
menaje de afecto y desagravio, que es, al mismo tiempo, 
en su alta personalidad de escritor y de combatiente, una 
afirmación de solidaridad, y una reivindicación de toda 
la cultura agraviada en su obra, se sienten orgullosos de 
haber atado con el lazo espiritual de su prestigio y de su 
iHmibro, en torno a Yd. a este grupo numeroso de herma¬ 
nos en propósitos y en sentimientos. 

Desatontado inicuo contra esa viva protesta social, 
contra esa recia y formidable tragedia que os “En un 


— 127 — 



DISCULPA DE ESTE APENDICE 

Rincón del Tacuarí", liemos liecho esta intima y fruter¬ 
ía! comunión de hoy. 

Nos apretamos, molo cerrado y estremecido en torno 
a Y(L para testimoniarle nuestra solidaridad profunda, 
ya que el ultraje inferido a su obra, de la más pura esen¬ 
cia artística, se extiende a todos nosotros por igual de¬ 
fensores de idéntico espíritu ya qu * no con el mismo ta¬ 
lento. en una misma cruzada y en un mismo anhelo social. 


Drama sombrío míe aboga y oprime, que subleva y 
conmueve, horror de 'a tragedia (pie va entregando a 
la prostitución a las propias hijas indefensas mientras 
dtja en la oscuridad la muerte inexplicada de la espo- 
sa: pero también de honda poesía, de generosa intención, 
•le lírica rebeldía, de simbolismo y de ternura que le 
ilumina de una luz oculta y lo levanta a !a grandeza de 
la clásica tragedia de otros días. l T n soplo de fatalismo, 
hecho de ignorancia y prepotencia, acaso también de 
un gormen de locura, lo ernparenta al Kdtpo y a la 
Ledra humanizados en la viviente realidad de nuestros 
días. 


Era preciso aca'lar la voz valiente, destruir el testi¬ 
monio. suprimir <*u su espíritu, rebajándolo a la ca¬ 
tegoría inferior de la obra incoveniente el documento, 
como otrora la voz (pie desde “I.a Torre” desde “Germi¬ 
nal’’, desde “I.a Hete Húmame”, desde tantas otras, 
descubría llaga* y la atroz podredumbre de nuestra pre¬ 
sunta civilización. K1 método sigue siendo el mismo, con¬ 
tra el caducado naturalismo de Zola. (pie contra el liris¬ 
mo simbolista de Zavala Muniz. La franja verde, que hu¬ 
milla y (pie degrada la intención alta y pura, se coloca 
sobro "En un Rincón del Taeuarí”, como so colocó sobre 
’Naná”. 

Si los procesos literarios contra la moral 1 la moral 
burguesa de tapujos y de disimulos no hubieran de¬ 
mostrado, ya su contra producen^ a. Zavala Muniz se sen¬ 
taría hoy sobre el banquillo do los acusados como se 
sentó Flauhert para responder de los crímenes treiqfn- 
dos crímenes! de su desgraciada Emma Bovary. 

Los pioceso* por atentados contra la moralidad, no 
llegan en cambio, contra la ola de podredumbre con que 


— T2S — 






DISCULPA D.E ESTE APENDICE 


la pornografía sumerge y corrompe a la. juventud incau¬ 
ta. La franja verde. Jejos de ser para ella, afrenta y agra¬ 
vio. es aliciente comercial y propaganda eficacísima. Así 
combate la hipocresía burguesa, en la lisa literaria piu¬ 
la pureza de la juventud y la serena dignidad de la edad 
madura. 


No le fue impuesta la franja verde a “1.a ('itté Mor¬ 
ía" ni a la ".Mahiuerida". ni fueron llevados sus autores 
al banquillo de los acusados. Porque el Leonardo de la 
primera se viste con las lujosas galas de un corrompido 
y refinado fatalismo decadente, y se purifica con el he¬ 
roísmo de sacrificar al objeto mismo de sus criminales 
deseos; y la infeliz Malquerida os sólo una víctima oca¬ 
sional de un monstruo. Ni el italiano ni el español trans¬ 
gredieron ni por un momento, las reglas sacrosantas del 
juego burgués que todos jugamos, queriéndolo o no que¬ 
riéndolo, en esta civilización de hipocresía y de conve¬ 
niencia: juego en el (pie todo se tolera y se disculpa con 
‘■onrisa de indulgencia o mueca de admiración, salvo una* 
cosa, levantarse indignados contra (-1 juego y negarle a 
continuar en él. 

Zavala Muniz tu» respetó el tácito contrato. Su voz es 
voz de acusación y de condena: de piedad y de ternura; 
do fustigación y esperanza. Las mismas sombras del dra¬ 
ma. el mismo horror casi fatalista que lo domina todo, 
deja percibir claramente un posible amanecer, una lum¬ 
bre futura. La piedad del autor no ha podido soportar 
hasta el fin el propio horror de su drama, y piadosamen¬ 
te, con una piedad más humana que D’Annunzio. sacri¬ 
fica al victimarlo sumergiéndolo primero en el crepúscu¬ 
lo de una senil locura, para terminar con el suicidio, la 
expiación de sus tremendas culpas. 

Como la voz de Zavala Muniz se agranda con las re¬ 
sonancias de una vida de lucha sin tregua, de sacrificio 
diario, de entereza inquebrantable, esa voz adquiere tonos 
ligantes que desbordan lo¡* ámbitos y martillean en ellos 
su incitación al combate. 

En esta hora de las palabras sin sentido, de las pa¬ 
labras prostituidas, de la confusión deliberada, la única 
verdad reside en los hechos. Y sus palabras. Zavala Muniz. 
-us palabras de “En un Rincón del Tacuarf”, sus pala 











DISCULPA DE ESTE APENDICE 


bras de “La Cruz de ios Caminos’’, ,suá palabras de la 
“Crónica de un Crimen” y dé la “Crónica de la Reja ”, sus 
palabras do “La Revolución do Enero”, sus palabras arro¬ 
jadas al viento y recogidas y guardadas por millares de 
corazones, de sus encendidas arengas políticas y sociales, 
más que la significación Intelectual do lo que expresan, 
más que la belleza lírica de que se hallan impregnadas, 
llevan consigo el contenido que les viene de una xistencia 
que se vierto por ellas desde el fondo vital de los hechos. 
Porque sus palabras. Zavala Muníz, lejos de ser la brillan¬ 
te vestidura que recubrí* una vida superficial y egoísta. 
.'Olí la enredadera magnífica, apretada contra su torso 
palpitante, de flores resplandecientes, que sorbe para 
ellas, la sangre de sus venas y la vibrante palpitación 
de su carne que les comunica el color, el perfume, y ese 
sutil tejido inimitable de lo vivo humano, de lo verda¬ 
deramente, y puramente, y. amorosamente humano. 

Así se cumple en Vd. Zavala Muniz. el destino del 
¿scritor social por excelencia, el que prepara por su obra, 
como el maestro de todos ellos. Padre de la revolución d<* 
octubre, el advenimiento de la Ciudad Futura porque su 
corazón v • ti n pluma *stón al servicio del pueblo: no en 
deliberada y artificiosa e ineficaz propaganda disfrazada 
do literatura, pero en la trabada o íntima conección de 
una fuerza emocional sacudida de indignación y de ter¬ 
nura. y de un talento que la fecunda y la depura hasta 
transformarla en seres vivos que combatirán por el y 
más allá de él t*l combato de la justicia y del amor. 

“En un Rincón del Tacuarí” con la misma va¬ 
lentía y la misma belleza lírica de "La Cruz de 
los Caminos”, pero con una fuerza trágica mayor, vie¬ 
ne a unirse, joven de todas las juveniles energías de su 
potencialidad fervorosa, al ejercito literario de combate, 
que va engrosando sus filas con todos los sufrimientos y 
indas las rebeldías. 


LUISI CLOTILDE en Representación de la A I. A. P. E. 

Traigo en esta hora verdadera y cordial, la voz amiga 
de la A. 1. A. P. £., voz que cobra su más cálido acento 
para alentar la obra valerosa de Zavala Mnniz: voz que 


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DISCULPA 1>K HSTK APENDICE 

se suma, con toda sn clava energía, a las que protestaron 
(liando un artero propósito quiso cohibir la libertad |c*l 
escritor, acotándola con una desdichada franja verde. 


Zavala Muniz ha ido a buscar en la verdad viviente 
del terruño ese amarga tesoro do realidad que hace Ja 
carne de sus personajes y la vestidura de sus escenarios. 
No hay en la austeridad de esa obra sitio tiara el fácil y 
amable colorido, ni para el manido pintoresquismo del 
cromo gauchesco. Ese áspero monte, áspero y verdadero, 
podría nunca vestirse de mustias florecidas de trapo. 

Con una amarga arcilla están amasados estos perso¬ 
najes; con una arcilla que se lia endurecido luego, y tem¬ 
plado y encendido al fuego de un generoso corazón- 

Así pudieron vivir con tan ardiente vida estos que 
esconden en su peche los impulsos de remoto animal, per¬ 
dido y solitario. Hombres devorados por la llanura; mu¬ 
jeres tronchadas en agraz y dispersadas al viento como 
pálidas briznas: grises sombras, desjugadas de todo zumo 
vital, quebradas para siempre en su humana «ustanci^ 

Pero, pese al implacable rigor (te su realidad. ( sas fi¬ 
guras pueden abandonar la concreta envoltura que las 
cubre, pueden abandonar su carne verdadera y pere¬ 
cedera tiara adquirir la vastedad y la imtente radia¬ 
ción de los símbolos. Y ásl adquieren también su más 
amplio y profundo sentido ose patrón de autoridad bár¬ 
bara y esos servidores, pasivos -y contemplativos, que sólo 
saben mirar y comentar en voz queda. 

El drama de Zavala Muniz se ubica, por designio del 
escritor, en un sitio preciso y conocido; arraiga -illi su 
valor emocional y hace de la obra algo nuestro, algo que 
pos conmueve entrañablemente por su proximidad y nos 
ata con su apretado parentesco. Pero no pierde su uni¬ 
versalidad por eso. La voz que recogiese del suelo mismo 
este dramático suceso, pudiera ser la voz del anónimo na¬ 
rrador popular; pudiera *er la voz sin patria, sin íisono- 
noinía. sin idioma, de cualquier hombre de la tierra. 

Así el teatro» sin romper los lazos que lo unen a un 
preciso lugar, sin desarraigar del terruño, y manteniendo 
vivo ese calor de realidad que hace «lo él el arte de las 
multitudes puede vincularse a la humanidad toda y al¬ 
canzar en tal forma su más profunda significación. 


—• 131 - 





DISCUUW DE ESTE APENDICE 

LAUREIRO ALEJANDRO 

Justino Zavala Muniz <*j. no sólo un gran escritor <l<‘ 
este país, os uno «lo los más vigorosos talentos «le la 
América actual, una conciencia erguida, una vida 
ejemplar. Su obra desborda el mareo uMcional* es co¬ 
nocida y admirada <*n el extranjero; es una pren¬ 
da. sabrosa de nuestro poder creador «le la une po; 
demos envanecernos: a justo título. La afrenta d«‘ 
que lia sido objeto “En un Rincón del Taeuarí”. trabaja, 
por una parto, contra quienes la hacen, por otra, en favor 
«leí respeto y consideración unánimes que mohece a 
público culto el magnifico poeta de las •'('rúnicas” y de 
"La Cruz «le los Caminos". A nosotros esta oportunidad nos 
os grata, pues nos brinda la ocasión de hacer presente 
nuestro fervor, nuestra aduiirachui, nuestro afecto ant<* 
una obra y una vida en la que se compendian y hacen 
canto la* substancias más ricas y profundas «pie nos lian 
hecho soñar «ni esta hora turbulenta. Quién, como Justino 
/avala .Muniz. lia sabido rodear su nombre «le resplando¬ 
res tan nobles, no puede ser alcanzado por la sanción mo¬ 
ral de una intendencia de Alberto Zan%i; en cambio, píle¬ 
le y debe recibir el homenaje de los que. viniendo a. la 
zaga de la generación que él encarna encuentran en su 
persona y en su labor una limpia y emocionante ejempla- 
rhiud. 


El profeta Jeremías exclama en una de sus lamen¬ 
taciones: “Yo soy el hombro que lia visto aflicción en la va 
a de su enojo’’. , Qué cerca de su espíritu. Justino /avala 
Aluniz. de su espíritu y de su lenguaje, este versículo! 
•Aflicción en la vara del enojo! La exalta«la virilidad del 
«jiu* se enoja puede ser. en efecto, como una vara, una 
vara de fuego, rodeada por una nube la nube de la aflic¬ 
ción. Celebremos como conviene el divino poder de te- 
eibir «ni el alma un grande y aselador enojo, nosotios. que 
por privilegio o desdicha, vivimos en años de cillera y de 
fuego. Rodeudos. batidos, asaltados por hechos misera¬ 
bles. ensordecidos por el rumor de un mundo cuyas bases 
ya son pasto de la noche, el báculo «le nuestra angustia 
no puedi' ser sino la vara del enojo, el fiel «le la cólera, 
corregido, en nuestros adentros, por una nube triste. Oo- 


- W - 



bISCl’LPA DL-: KSTl'. Al'liXDK I'. 


mo una nube la aflicción rodea la vara del enojo y trans¬ 
porta sus rigores al seno (|¡‘ la tristeza. Esto es el privi¬ 
legio d(‘l hombre interno, la historia del hombre creador. 

Qué os lo más grande del hombre ruso?, Preguntaba 
Dostoiewski. y respondía: su capacidad para sufrir por el 
mundo. Los hombres «pie tienen fuerza viril suficiente 
para enojarse y ternura bastante como para sufrir por el 
mundo, son los «pie sienten pasar la aflicción por la vara 
del enojo, ruidos a usted. Justino Zavala Mi miz. cono- 
remos hoy la gracia ante la miseria del hecho presente, 
de acompañarle en el alto enójo afligido que se acuerda 
a la tristeza toda del inunde cpie vivimos y a la henchida 
esperanza que nos subyuga. 


Los mercaderes han usado su nombre y la fuerza «le 
su espíritu, mientras él. en cierto modo, convenía a sus 
empresas. Hoy le temen, porque su llama les devora el 
rostro, y lo entregan al pillaje do los fariseos, ¿romo hjé- 
blur de esa aparento indiferencia, de esa cobarde mudez, 
ante la ofensa que se hace en su obra a la libertad y a 
la dignidad del espíritu? El culpable silencio les clava la 
lengua, y no hay sino dejarla podrir. 

l’sted, en el desierto absoluto de la escena nacional, 
reanuda la gran tradición del teatro social «pie .Sánchez 
y Herrera jalonaron entre nos«>tros de manera inolvida¬ 
ble. Kilo respondieron con sinceridad a los imperativos de 
una época sedienta de palabras auténticas; y su obra per¬ 
dura por la fuerza d<* esa sinceridad, como perdurará “La 
Cruz de los Caminos’* y "En un Hincón «leí Tacuarf*. co¬ 
no habrá de perdurar todo lo que nazca asentado así en 
la verdad profunda del anhelo popular. Nuestra misión, o 
mejor, la deuda que debemos enjugar sin tardanza, es bu¬ 
co r comprender al pueblo, único juez eterno y valedero, 
qué grandes voces son éstas de su destino y en «|im ; plano 
profundo trabajan por su libertad, y su justicia. 


l.os magníficos recursos espirituales que usted goza 
no puede sino acrecerse con la prueba de dolor a «pie lian 
«pierido someterle mil circunstancias en «*st«»s años acia¬ 
gos. Créame que los que seguimos con firme e?-pira liza su 
trayectoria entre nosotros, no dejamos de sentir la viva 
emoción del instante. Es verdad, los farsantes han de- 












disculpa dk hstr aplndíck 


sortaclo la mesa que usted ocupa; la soledad ha traído 
cada nombre a su sitio, cada ser a su verdad: pero alió¬ 
la que le vemos así. tan alto y tan firme, no ses grato 
exclamar corno "El Deshecho” frente a “Don Cándido*: 
“Ya está amaneciendo sobro estos campos*’, o como en la 
canción de los camelleros tártaros que nos es querida: 
Si esta noche es una noche del destino, bendición sobre 
eila hasta la aparición de la aurora”. 

LA VOZ DEL CERRO 

‘“En un Rincón del Tacuarí”, de Justino Zavala Muniz 
Oon motivo de su Estreno las Autoridades cometieron 
un atentado 

Por iioy bástanos decir, que ei autor de las "«Crónicas” 
ha trasplantado de la dolorosa y miserable realidad so¬ 
cial, a la escena teatral, un tremendo drama de ubica¬ 
ción universal, en el tiempo y en el espacio. 

Poro Zavala Muniz no so propuso sólo teatralizar el 
drama humano real y ciento sino adaptarlo al mo¬ 
mento que vive la humanidad, creando símbolos que im¬ 
portan implacables y tremendas acusaciones. Lo s privi¬ 
legiados y los opresores, muestran sus crímenes a tra¬ 
vés de sus pasiones humanas desenfrenadas y primitivas. 
Los débiles y los oprimidos, desfilan por la escena tal co¬ 
mo son en la vida real; suplicantes o impotentes. 

Una lux de esperanza en la liberación de todos los 
oprimidos, coloca Zavala Muniz en medio del drama, sur¬ 
giendo del sueño de lino de los personajes. 

Tal es en pocas palabras, la obra de Zavala 

Nuestro propósito al escribir esta nota, es ei de de¬ 
nunciar el atentado a la cultura y al pensamiento co¬ 
metido por la intendencia de Montevideo, al imponer la 
franja verde en los anuncios de las representaciones de 
la obra, lo que no fué admitido por el compañero Zavala 
Muniz retirándola del cartel. 

La franja verde, significa para la opinión pública, 
aún cuando no lo diga la ley. que la obra tiene un carác¬ 
ter pornográfico. En con este sentido, por lo demás, que 
se ha venido aplicando tal disposición, no sólo a deter¬ 
minadas obras teatrales, sino a determinadas salas de 
espectáculos, de dudoso género y de pésimo gusto. 


134 


DISCULPA DE ESTE APENDICE 




Pretender equiparar 1» obra de Zavala Muniz, roa 
< esa clase do espectáculos, aún aceptando (pie tal no es 
e] sentido de la ley, sino el producto de la Interpretación 
popular, cuya confusión se alimenta de tales medidas, 
importa, sin reservas, un atentado a la cultura, 

' . ** . 

"LA MAnANA” - * 

Vina pieza cruda y violenta es "En un Rincón del Tacuari” 

l n estreno de cierta significación fué ofrecido anoche 
en el Solís por la compañía Camina-Pal i tos, con la obra 
en tres actos de Justino Zavala Yluniz: "En un Rincón • 
del Tacuari”. Dentro de la temporada de este modesto 
conjunto que actúa en ol viejo coliseo, la obra citada vie¬ 
ne a poner una nota de* excepcional calidad, por cuanto 
las piezas ofrecidas hasta Ja fecha carecen de los más ele¬ 
mentales valores hasta como para justificar la permanen¬ 
cia de un elenco de tal naturaleza en una sala de entogo- * 
ría como la del Solís. 

Antecedentes auspiciosos tiene el señor Zavala Mu- 
niz en Ja literatura vernácula, a la que ha levantado del 
nivel común con libros sólidos y hermosos. Y en el teatro, 
logró estrenar hace unos años "La Cruz de los Caminos”, 0 . \\ 
pieza escénica que no pudo apartarse de Ja influencia del 
novelador que hay en el celebrado escritor de las ‘Cróni¬ 
cas 0 . 

Reincide a llora el señor Zava la Muniz en su aspecto de 
autor dramático, presentándonos una pieza de naturaleza 
campera, como la primera, ya citada, y reincide también 
en el procedimiento empleado en aquella de hacer novela, 
de hacer relato de lo que debe ser acción. En lo que no 
i oincide os en el tono, pues si en “La Cruz de los Cáramos” 
pudo apreciarse al escritor galano i¿ue llegaba al teatro 
en forma asaz convencional, si se quiere, pero con un ideal 
claro de establecer un*símbolo netamente gaucho, en ia 
obra conocida anoche toma al prototipo de nuestra raza 
para presentárnoslo envilecido por pasiones ^ que la 
verdad — no le hemos conocida nunca ni nadie se ha atre¬ 
vido a darles expresión escénica. 

El tema podría relatarse en esta forma: Había una 
vez un gaucho viejo que sentía tal amor bastardo por sus 
hijos, q^e comenzaba celándolas y terminaba por poseer- 


135 







lUSCUUÚ L)K ÉSTE AlT.XlHUi 




las. Asi al comenzar la acción se da a entender de. la imí- 
tía de la mayor, horrorizada, sin duda, por el incesto, y 
que vive, en esos momentos en un prostíbulo montevidea¬ 
no, (pie baten en su parte de atrás las oías del río. Taim 
bién se habla de la muerte misteriosa de la madre, aun¬ 
que sin concretar nada sobre ella. En la segunda etapa» 
so repite el acto repugnante con la otra bija. <pie tam¬ 
bién huye, y en la tercera, es la menor, una adolescente, 
casi niña, que se escapa así mismo de las garras del padre 
después de perder su pureza. V he ahí la obra: tres inces¬ 
tos y la muerte del protagonista, alucinado por su propia 
tragedia, como balance. 

Hay en la obra de Zavaia Muniz algo así como aquel 
“phatos” griego (pie movía las tragedias de los poetas 
clásicos. La fatalidad juega, en efecto, papel preponderan¬ 
te en <d tema, en su protagonista y este e« ( »1 momento en 
i pie tendríamos que reconocer el advenimiento de una jiro 
duceión que honrarla la escena nacional, si el autor hu¬ 
biese tocado otro asunto menos crudo, menos violento, o 
si a pesar de ello, hubiese proporcionado a las figuras una 
• <uinanidad más elevada y noble que la miserable que ¡es 
lia dado, siguiendo - el mismo lo ha dicho al ser reque¬ 
rido anoche por el público los dictados de su concien¬ 
cia. Derecho tiene el autor de labrarse su camino esté¬ 
tico y de seguirlo. Nosotros seguimos pensando (pie una 
(•bra de arte debe exaltar siempre los aspectos nobles do 
la vida y si alguna vez muestra las llagas debe ser con la 
honrada finalidad de atenuarlas, de remediarlas o corre¬ 
girlas. 

lia compañía “Camina-Palitos" "jugó" a "En un Kin 
(ón del Tacuarí” con demasiada lentitud. Es así que la 
pieza resultó pesada por momentos, pese al dialogado vi¬ 
brante* y pleno de imágenes poéticas logradas. 

MASSIOTTI SILVEIRA CARLOS 

Renuncia presentada al Comité Ejecutivo Nacional del 

Partido Batllista. 

Tal es lo (pie ocurre al exponento con referencia a ia 
conclusión a que ha arribado ese Comité Ejecutivo, con 
respecto a las incidencias planteadas por la representa- 


136 


DISCULPA DE ESTE APENDICE 


v ¡ón en la sala del Teatro Salís de la obra de Zavala Mu- 
niz. omínente y conspicuo correligionario. 

Zavala Muniz, roeio luchador, orador de jerarquía, es 
uno de ios políticos má é s representatitvo? de nuestro Par¬ 
tido. 

y cuando a un hombre de esta envergadura moral e 
intelectual, que ha honrado a la ciudadanía libre dándose 
por entero a un ideal, creyendo así cumplir con su supre¬ 
mo deber, se ve trabado en su acción cultural por el ré¬ 
gimen político, que lia sustituido la fuerza al derecho-- 
nuestra autoridad ejecntica * que Zavala Muniz integra 
y prestigia resuelve que no es de su incumbencia el 
asunto planteado en -u seno por carecer de aspecto polí¬ 
tico. 

m 


En mi sentir, se ha incurrido en manifiesta falta de 
solidaridad política. 

Y es sinceramente angustiado que consigno los concep¬ 
tos que anteceden y, para poner de relieve mi discrepan¬ 
cia con la resolución comentada, presento renuncia índe- % 
dfriable ele miembro de esa aha autoridad partidaria. 

Sé que nada significa para la inarcha de ese Comité 
Ejecutivo mi voluntaria eliminación; pero también se que 
en el caso concreto fie mi actitud, gano mucho on t anqui- 
lidad de conciencia. 

MUNDO URUGUAYO — Montevideo 

“En un Rincón del Tacuarí” constituye.la nota tea¬ 
tral de la semana pasada y la incidencia a que dió lu¬ 
gar su extreno, forman junto con los grandes valores de 
la pieza, largo eco alrededor de esta producción del au¬ 
tor de “La Cruz de los Caminos”. 

Un teatro totalmente lleno formó marco a la inter¬ 
pretación primera y cerró el ciclo momentáneo de sus 
presentaciones en nuestro principal teatro. Y Justino 
Zavala Muniz, al final del es]>eetáculo, tuvo que decir, 
en medio de cálidos aplausos, las palabras necesarias y 
hondas, que fluían del acontecimiento. 

El símbolo. 

Justino Zavala Muniz creó un drama de cruda evi¬ 
dencia y de sugestiones hondísimas. No miren — con os- 



DISCULPA DE ESTE APENDICE 


pavientos de horror y quizás con culpable curiosidad — 
Ja anécdota visible, quienes ponen ol grito en el cielo 
clamando por la inmoralidad del tema. El crimen de Don 
Cándido el dolor y la vergüenza de sus hijas, el encana* 
llamiento cómplice de los servidores sin son vértices del 
(Irania, son, mucho más que motivos escénicos, gritos de 
rebelión y de alerta. Ya en “La Cruz de los Caminos” Za- 
vala Muniz nos había dado la verdad y la fuerza de sus 
símbolos. Ya había enfocado los motivos étnicos, los dra¬ 
mas de !a tierra y del hombre. Entonces la tierra y el 
hombre formaban un conglomerado inseparable v redi¬ 
mible. Ahora la tierra y el hombre son entidades distin¬ 
tas. entidades que casi se rechazan. En este drama la tie¬ 
rra se venga del crimen humano con su aridez, con su 
extensión — aquellas casas iluminadas detrás de las cua¬ 
les se oye el mar con su acecho de la. alucinación sui¬ 
cida de Don Cándido. Castigo cósmico para tanta mise¬ 
ria, para tanto barro humano, cast go solemne y miste¬ 
rioso de toda la barbarie dictatorial del sujeto omnímo¬ 
do, (pie cuelga su rebenque en el marco de la puerta, co¬ 
mo signo inconcebible. 

Zavala Muniz ha abordado desdi el sector limitado 
de un campo nuestro — un asunto de trascendencia mo¬ 
ral ilimitada. Una clase entera oscura burguesía y 
viciosa cae en la fustigación del artista, (pie vió con sus 
ojos agudos y su espíritu ansioso de verdades nuevas, ca¬ 
si siempre amargas, la dramática realidad de ciertos 
rincones indígenas, de ciertos temperamentos abusivos 
y degradados. Y por encima de todo esto, el grito pene¬ 
trante. altísimo, lacerante, de la pureza, de la inocen¬ 
cia. de la bondad, sacrificadas por el zarpazo brutal de la 
fuerza, símbolo de otras fuerzas más extendidas, fuer¬ 
zas que cubren los horizontes y los entenebrecen, fuer¬ 
zas que acechan y aniquilan lo mejor de la humanidad, 
lo má* tierno, lo más gracioso, lo más débil. 

Teatralidad 

•Solicitado desde la zona más pura do su conciencia 
artística. Zavala Muniz dió forma teatral a su idea, a su 
inquietud, a su dolor, poniendo todo esto por encima de 
lo intrínsicamento escénico. Y así. mientras la linea es¬ 
piritual de su creación es recta y luminosa, tensa y vi¬ 
brante, sin desmayo, en la proseeusión de un fin. sin 


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DISCULPA DE ESTE APENDICE 


loiicesiones de clase alguna a las convenciones tibias, 
ai gusto tímido, en la composición teatral, muestra des¬ 
niveles, a través de los cuales el autor de “En un Rincón 
del Taeuarí” aparece más como un luchador generoso 
y apasionado, dueño de las imágenes y de la Pelleja del 
concepto, dueño del asunto y de sus proyecciones so¬ 
ciales, que como un hombre que encara preferentemente 
la teatralidad del problema. Así es que algunas escenas 
pecan por demasiado largas o demasiado lentas, pese a 
que el dialógo es enjundioso y las imágenes llena- de 
colorido y sugestión. 


“A veces lo verdaderamente teatral es no seguir al 
teatro”. En ese a.spcto, Zavala -Mumiz va altivamente, 
briosamente, por su camino. Su teatro es suyo. V frente 
a ese mérito trascendental, casi estaríamos tentados a 
borrar todo reparo. 

Julio Caporale Scelta 
« 

PETIT MUÑOZ. EUGENIO 


...Pero el atentad^ subleva más enérgicamente nues¬ 
tro espíritu, inquietando gravemente nuestra conciencia 
social además de nuestra conciencia estética, cuando ha 
recaído, como en esto caso, contra quien enciende sus 
fuegos de. creador para iluminar, con el ímpetu de ace¬ 
lerar el ritmo inevitable de la redención, los rincones de 
nuestras estructuras más escondidas, todavía bárbaras y 
atávicas, porque así. en su miseria, las mantiene la opre¬ 
sión de la injusticia y la incultura todavía dominantes: 
sin que los dómines de la mojigatería y el oscurantismo 
tengan derecho a establecer dísting >s ni eclosiones sobre 
la pertinencia de los símbolos que el artista haya esco¬ 
gido. dentro del plasma inagotable de nuestra realidad, 
para infundir la fuetiza de la vida, a sus construcciones 
dramáticas y humanas. 

PARTIDO COMUNISTA DEL URUGUAY 

El Comité Nacional de] Partido Comunista, reunido 
en la noche de ayer en sesión plenaria. me ha encargado 





DISCULPA DE ESTE APENDICE 


testimoniarle al escritor honesto., al demócrata conse¬ 
cuente, víctima hoy de la venganza innoble de los ele¬ 
mentos al servicio de la reacción, su más amplia solida¬ 
ridad frente al incalificable atentado. 

PAULA D. 


E precizo que se tome alentó, depois de vel-a, para 
se comprender que toda ela ó urn só bloco, formado por 
multas cenas que se unem e juxtapoem móstrando-nos 
todo *0 problema da* opresao softida pelo cumpohez. E a 
defensa de todo um povo. contra o seu bárbaro opres¬ 
or feudal. O rebenque pendurado a porta da vítíma da 
rnaior das infamias, pertenece ao mesmo homem que pro- 
íbe até iuesmo a conversacao de Paula e Deshecho. E es¬ 
te homem £ fazendeiro como aqueles outros que possui- 
ram e escorracaram a Paula, paes de tantos outros Des¬ 
hechos. r 

Como é grande a figura desse peao. Percebe a podri- 
dao da classe que o domina e ve sa bondade, ainda curva 
a cerviz ao jugo ainde grita o patrao, pretegendo-ó. 

SUERO PABLO 

Crónicas de Media Noche. Con Justino Zavala Muniz. 

Desde hace unos días se encuentra en Buenos Aires 
Justino Zavala Muniz, que fuera revelado a nuestra ciu¬ 
dad con su obra La Cruz de los Caminos, bello y hondo 
drama campesino en cuyos ámbitos se siente vibrar a ve¬ 
ces el soplo de la vieja tragedia, obra en la cual se herma¬ 
nan símbolo y realidad con vigor maestro y que ha colo¬ 
cado a su autor a la cabeza de los autores poplatcnses. 
Justino Zavala Muniz es una figura que acusa ya recios e 
inconfundibles perfiles en la literatura de Hispano Amé¬ 
rica, Tres recios libros antes de su incorporación al 
teatro le bastaron para ello. Crónica de Muniz, Crónica 
de un Crimen y Crónica de la Reja. En el penúltimo hay 
páginas de espanto. Para ello no iia necesitado Zavala 
poner alas a su imaginación ni inspirarse *>n literaturas 
ajenas. Zavala pinta la vida de su pueblo y sus gentes de 


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DISCULPA DE ESTE APENDICE 


. ampo. V do esta pintura viviente surgen de pronto tre¬ 
mendos problemas. No de otro modo ocurría con Gorki- 
£1 mismo Tolstoi no necesitaba enredarse en el doctrina- 
rlsjno de la última parte de su obra para plantear pro¬ 
blemas. Alguien ha señalado a Zavala influencias de Dos- 
toyeswki. Al hacerlo se ha cometido un error. Si algo no 
tiene procedencias literarias es la obra de Zavala Muniz. 
El que ha señalado esa influencia, ha confundido una sen- 
sación con una Influencia. 

Leyendo Crónica de un Crimen se piensa en Crimen y 
Castigo, del gran ruso que era para Nietzsche el más 
grande psicólogo del siglo. Se asocia una sensación a otra, 
eso es todo. Porque el libro de Zavala está tramado tam¬ 
bién con elementos psicológicos profundos y vitales. Pero 
sin que uno y otro libro tengan semejanza alguna. 

Zavala Muniz trae al teatro esa misma densidad hu¬ 
mana y además el poder de convertir en símbolo las imᬠ
genes reales, rasgo común a los grandes autores. Su vida, 
por la noble Inquietud que la estremece, puede comparaic 
se a la de Andrés Malraux. Periodista, legislador, jefe de 
partido, Zavala Muniz ha conocido la guerra y el desce¬ 
rro. Su obra de caudillo del pueblo le ha ganado la po¬ 
pularidad tanto como su obra literaria. Recientemente 
estrenó en Montevideo un drama titulado En Un Rincón 
del Tacuarí. No sabiendo como combatirlo, las autorida¬ 
des quisieron etiquetar su piezu con la franja verde que 
tienen obligación de ostentar los espectáculos pornogrᬠ
ficos. Zavala Muniz retiró su obra de los carteles, cuando 
dejarla con ese membrete hubiera equivalido a llenarse 
de oro. Tal vez esperaron eso sus perseguidores. Zavala 
sobrelleva con hermosa dignidad la pobreza a que lo con¬ 
dena la naturaleza de su obra y su condición de hombre 
de lucha. 

Cada día me siento más inclinado a hacer del teatro 
la forma definitiva de expresión de mi literatura me 
decía anoche, durante una prolongada charla. Cada día 
siento más activa mi palabra y la necesidad de comuni¬ 
carla directamente al pueblo. No es, no, que quiera hacer 
del teatro .tribuna de ideas, suprimiéndole su carácter de 
obra de arte. Pero del teatro que yo siento fluyen necesa¬ 
riamente ideas que tienen por causa y por d««tino la 
colectividad. Mi pueblo. 


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DISCULPA DE ESTE APENDICE 


La noche lia dejado ya los corredores tenebrosos para 
dar paso a un alba neblinosa, y sigo pendiente de la char¬ 
la sugestiva y recia de Zavala Muniz. 

Zavala Muniz va a ser objeto en estos días en Monte¬ 
video de una gran manifestación de desagravio en la que 
toman parte por igual los escritores más prestigiosos del 
Uruguay y el pueblo que lo ha señalado ya como a uno 
de sus más ardientes defensores. Yo quiero unir con es¬ 
tas sencillas palabras mi nombre a este justo homenaje al 
escritor y al hombre de lucha. 

“Noticias Gráficas” - Buenos Aires. 

3COSERIA CYRO 

Justino Zavala Muniz nos muestra de nuevo su gana 
de escritor hombre, profundamente sugestivo, trabajado 
por nobles inquietudes, en la producción dramática es¬ 
trenada anoche en Solís por la Compañía ('amina Pali- 
• tos. En un Rincón del Tacuarí es. como lo fuera ya la 
Cruz de los Caminos, su primera creación escénica. obra 
de vigoroso aliento, de gran vuelo, que nos pone en pre¬ 
sencia de complejos problemas y a ia vez nos sacude'con 
la emoción intensa, escalofriante de la gran tragedia. Un 
drama sombrío, surge ya desde las primeras escenas so¬ 
brias, escuetas que se desarrollan en una atmósfera de 
ruda hosquedad en diálogos cortantes. <ecos, en un cons¬ 
tante crescendo de tensión dramática. Su asunto agrio, 
brutal, desagradable, ha sido abordado con tal altura, tan 
noble y valientemente, sin rehuir las más ardua< situa¬ 
ciones, que la belleza y la emoción se imponen en todo 
momento alejando cualquier otro sentimiento que no 
<ean el de la angustia, el dolor o la indignación ante el 
crimen y la injusticia. Porque si presenta En un Rincón 
del Tacuarí un caso psicológico, un problema do índole 
moral profundamente interesante, complejo, determinado 
probablemente por oscuras influencias ancestrales, hay 
también en el mismo drama, latente en todas sus esce¬ 
nas, acusándose a cada instante en determinados parla¬ 
mentos, como- en frecuentes sugerencias simbólicas el 
problema social. Con el drama individual nos da Zavala 
Muniz así el drama o la tragedia de toda la sociedad. Sus 


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DISCULPA DE ESTE APENDICE 


personajes, <eres reales de una profunda y reeia huma¬ 
nidad. tomados en su simple rusticidad de la vida campe¬ 
sina. sin perder su condición de tales, van adquiriendo re¬ 
lieve de símbolos y la acción deja de ser anecdótica para 
revestir proyecciones de universalidad. No se asiste a la 
tragedia sin percibir claramente esa intención del autor. 
/.No se advierte acaso cómo en la figura de Cándido man¬ 
cillando la pureza de su hija., nos da Zavala Muniz su vi¬ 
sión de una sociedad corrompida matando los sueños de 
sus hijos, mancillando Jos ideales de la juventud? ¿No 
«íay en aquel rebenque colgado a la puerta de la pieza 
donde se ha de cometer la infamia, algo así como un sím¬ 
bolo del poder omnímodo de ciertos conductores de pue¬ 
blos capaces de todos los crímenes, contra los que nada 
pueden los débiles, los indefensos? ¿No hay así mismo to¬ 
do un símbolo en la i scena final en que ese viejo Cándi¬ 
do desoyendo Jas voces del Deshecho, otro personaje re¬ 
presentativo. ^e despeña ciego desde lo alto del barranco 
a dónde lo conduce su insaciada inclinación infame. Mu-» 
chas y muy hondas y muy bellas sugerencias semejantes 
surgen de cada escena de En Un Rincón del Taeuarf; pe¬ 
lo ahora sólo podemos dar idea de la envergadura dra¬ 
mática y la sustancia social de la obra estrenda anoche 
en So lis, en la que el escritor rico de imágenes y el mili¬ 
tante que hay en Zavala Muniz do desmorecen al drama¬ 
turgo. dando por el contrario calidad y enjundia poco co¬ 
mún a su obra. 


“EL DIA” - Montevideo. 


SOCIEDAD GENERAL DE AUTORES DE LA 
ARGENTINA 

Sr. Justino Zavala Muniz. 

La Junta Directiva de Argentóles, consecuente con el 
criterio que ha sido norma de la institución en la defen¬ 
sa del derecho del escritor teatral a emitir libremente 
sus ideaos en la creación escénica, hace llegar su ad-hesién 
al colega que ha sabido dictar una lección de ótica profe¬ 
sional con su actitud. Salúdanlo eordialmente. 


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DISCULPA DE ESTE APENDICE 


VITUREIRA CIPRIANO J. 

A Justino Zavala Muniz. 


¿Quién en este país, tan pequeño, tan triste y tan va¬ 
nidoso. puede animarse a creer — ya que no a sancionar 
— que Justino Zavala Muniz es capaz do escribir una obra 
de carácter inconveniente o libre? ¿Quién en esta aldea, 
es capaz de ignorar lo que significa Ud. en el plano de 
nuestras letras? En el ambiente asaz reducido de nues¬ 
tro acervo artístico y literario, puede admitirse como in¬ 
dubitable verdad que Ud. es uno de sus puntales máxi¬ 
mos; por su obra fecunda y altamente inspirada, desde 
la primera “Crónica de Muniz”. .hasta la que fuera objeto 
hace unos días del atentado que rechazamos. Y quién co¬ 
mo tal le viera y le juzgara, no podría suponerle capaz de 
, erigirse en bufón o en cómico de la. sociedad, adulándole 
sus instintos. 

Esto en primer lugar: desconsideración y desconoci¬ 
miento para con Ud., que se ha señalado siempre como 
un espíritu severo, si se quiere extremadamente severo, 
con una voz acusadora y una tranquila conciencia, en to¬ 
da su producción y más aún. en su vida. 

Pero no sólo desconocimiento del autor que ya es 
mucho para un censor público, tratándose de su figura 
literaria. Sino desconocimiento de lo elemental estético. 
Porque aquí de lo principal - su obra ha sido desco¬ 
nocida. incomprendida en su totalidad. En ningún instan¬ 
te yo lo proclamo sin apasionamientos ni en el se¬ 
gundo acto donde las escenas más crudas son también 
las más dramáticas, donde realmente maravilla la reali¬ 
zación escénica de un problema tan doloroso, sorteando 
lo asqueante de la moral pública a la vez que los hechos 
primarios de la infamia, sorteándolos como un consuma¬ 
do dramaturgo, en ningún momento, repito, puede decir¬ 
se que hay una visión sexual, una escena que lastíme el 
falso pudor virginal que. entre paréntesis, va nadlp posee 
en este mundo, para felicidad del mismo. Cuando ello aso¬ 
ma. cuando un ademán se dibuja, está ultimado -- ésta 
es la expresión — ultimado ese hecho por tanta protes- 


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DISCULPA DE ESTE APENDICE 


ta. por tantas voces de tragedia, por tanta soicdad y si¬ 
lencio descendiendo para aplastar ya que no al culpable, 
a la culpa misma, que nos quedamos sumidos en ese gran 
sentido de la fatalidad del hombre unido en los hechos, 
que es todo el elón de sus novelas y de sus escenas ante¬ 
riores y presentes. 


; Escabroso! Oorki. viendo la miseria del vencido, todo- 
pensamiento y piojos, nos hizo amar como nadie estas fi¬ 
guras y de ellas, más tarde, sacó la seguridad moral en 
• *I porvenir de la humanidad. En esa misma intención es- 
lá envuelta su obra. 

Lo que sucede, estimado luchador amigo, es que vivi¬ 
mos en un ambiente disminuido, rebajado hasta tal pun¬ 
to, (pío se extrañaría al Quijote en escena con sus estu¬ 
pendas palabrotas aún dichas con grandeza; o la "Divina 
Comedia”, a sus visiones del pecado, tan éticas que crea¬ 
ron el paraíso impoluto; o, permítame sonreír un poco, a 
cierto viejo y antiguo que usted conoce y que los paisa¬ 
nos griegos llamaron Sófocles, quien nos legó sus más * 
grandes tragedias a través de un personaje que era pa¬ 
rricida. Incestuoso y otras pequeñas cosas más entre 
ellas el reinado personaje a quien los dioses (¿será ne¬ 
cesario aclarar que significan los dioses?) la suprema 
justicia, la mas alta moral, salvan al fin de culpa y pena, 
haciéndole adorar poi los pueblos y consagrando su tum¬ 
ba como ámbito de felicidad para las regiones que la cir¬ 
cundan. Si M Edipo Rey” y "Edipo en Coloría”, se repre¬ 
sentaran en nuestros escenarios, con ser obras veneradas 
en todos los tiempos, enseñadas en todas las aulas, ado¬ 
radas por* todos los hombres cultos y además bien nac¡-. 
dos. quizá fuera necesario en nuestro ambiente, nimbar 
de verde los programas, las escaleras del teatro y hasta 
imprimir un delicioso esmeralda sobre la sección anun¬ 
cios teatrales de los diarios a*az prudentes 1 


Si apesar de ver en el objeto de su obra, en el mode¬ 
lo, por así decir, en lo pintado o relatado o sucedido, un 
hecho sexual oscuro, atávico, freudiano, feudal un hecho 
infamemente cierto; si apesar de ver ese pretexto u oca¬ 
sión de un sentido más hondo, hubieran los censores en¬ 
frentado una obra de arte y no una copia, una obra de*. 


' V', 


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DISCULPA DE ESTE APENDICE 


espíritu y no la realidad, una visión y no una miseria, se 
hubieran sentido envueltos en una especie de terror, do 
angustia irresponsable, do bajeza solidaria y estremecida. 
Como lo sentimos nosotros el arte, en profundidad y en 
elevación, de tal manera, que en ocasiones como ésta nos 
avergüenza, nos lmce más morales, nos impulsa hacia los 
grandes remedios o las grandes esperanzas y no como a 
cierto público cómodo y en muchos aspectos culpable, 
que queda envuelto en una vergüenza definitiva. Y pre¬ 
tende ocultar la sensación. 


Leída en “El Espectador” el ?8 de mayo. 




O B 11 AS DEL A U 


T O 11 


. A 



Ü7 signo de ios caballos es tu ley 
y rl tambor de siis cascos levanta las cadenas de tus manos. 

Á. L. 


CRONICA DE MUÑI/. (Agotada) 

CRONICA DE UN CRIMEN (Agotada) 

CRONICA DE LA REJA (Agotada) 

LA CRUZ DE LOS CAMINOS (Teatro) (Agotada) 

LA REVOLUCION DE ENERO 
EN UN RINCON DEL TACUARI (Teatro) 


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